mercredi 24 avril 2013

Las cosas no andan muy bien en la Colonia

DANS UNE GRANDE COLONIE GRECQUE, 200 AVANT JÉSUS-CHRIST

Que les choses marchent assez mal dans la colonie, nul n'en doute. Et bien que nous continuions incontestablement à  progresser petit à petit, il faudrait peut-être (certains le pensent) faire venir un administrateur capable de réformes.

L'ennui, la difficulté, c'est que ces gens-là  font des histoires à propos de tout. (Ah ! Comme on voudrait pouvoir toujours se passer d'eux !)  Ils s'informent de chaque détail, même du moindre ; ils l'examinent, et tout de suite ils proposent des transformations radicales, et prétendent les réaliser sans retard.

De plus, ils sont portés à conseiller des sacrifices : « Abandonnez ces territoires, disent-ils, votre pouvoir y est mal assuré. Leur possession nuit à la colonie. Renoncez à ce revenu, et à cet autre, qui en découle, et à ce troisième, qui en est la conséquence directe. Ils sont considérables, mais qu'y faire ? Ils vous créent des responsabilités néfastes ».

Et plus ils avancent dans leur enquête, plus ils découvrent de dépenses à retrancher. Mais ce sont là des réformes peu commodes à accomplir.

Et quand enfin ils ont fini leur travail, après avoir tout apuré et tout revu avec le plus grand soin, ils s'en vont, empochant leur juste salaire. Et il faut voir ce qui reste après cette intervention chirurgicale si bien faite !

Ne nous pressons pas : l'heure n'en est peut-être pas venue, et les mesures prématurées sont toujours dangereuses. Notre colonie n'est certes point parfaite, mais où trouver une institution humaine sans défaut ? Enfin, nous continuons incontestablement à progresser petit à petit.

[Constantin Cavafy. Traduction de Marguerite Yourcenar et Constantin Dimaras].

 C

En una gran colonia griega, 200 a. C.

De que las cosas no andan muy bien en la Colonia
no cabe la menor duda,
y aunque vamos tirando más o menos,
tal vez llegó, según opinan no pocos, el momento
de traer a un Reformador político.

Pero el inconveniente y el fastidio
está en que hacen toda una historia
con cualquier cosa, esos Reformadores.
(¡Qué bendición sería
que nadie los necesitara!) Por nada,
por un detalle, preguntan e investigan,
y enseguida se les ocurren reformas radicales,
con la pretensión de que se ejecuten sin demora.

Sienten también cierta inclinación por los sacrificios.
«Renunciad a esa posesión vuestra;
su ocupación es precaria;
esa clase de posesiones, justamente, perjudica a las colonias.
Renunciad a este ingreso,
y a ese otro que es un anejo
y a ese tercero: como consecuencia natural.
Son substanciales, pero ¿qué remedio?
Os crean una responsabilidad funesta.»

Y a medida que adelantan en su crítica,
encuentran más y más cosas superfluas, y tratan de acabar con ellas,
cosas que, de todas maneras, no se eliminan fácilmente.

Y cuando, Dios mediante, han acabado la tarea
y, habiéndolo revisado y cercenado todo hasta el menor detalle,
se van, cobrándose también su justo salario,
hay que ver lo que aún queda,
después de tan maravillosa operación quirúrgica.

Tal vez no haya llegado todavía el momento.
No nos apresuremos; la prisa es cosa peligrosa.
Las medidas prematuras pueden traer pesar.
Tiene muchos absurdos, seguramente y por desgracia, la Colonia.
Pero ¿hay algo humano sin defectos?
Y después de todo, ya veis, vamos tirando.

[Constantino Cavafis. Traducción de J. Ferraté].

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vendredi 3 juin 2011

Un día en Amsterdam

La campiña amberina está pajiza de sol pero las torres de vidrio de los anillos de Utrecht y de Amsterdam reflejan charcos y vacas como siempre. Hay mucha gente en la ciudad porque es día de asueto y las policías jovencísimas no dan abasto para orientar a los visitantes, ocupadas como están controlando la identidad de los músicos rumanos que brindan un repertorio hollywoodense al personal repartido por las terrazas, ahíto de sol y de fermento.

De regreso, al crepúsculo, el paisaje brabanzón me parece por primera vez digno de verse, con sus primeros relieves tomando forma tras tanta planicie. Ya era hora, después de tantos años y de haber plantado un par de guindos. Como dice Cornelio, es una pena que Dios no se haya limitado a pintar paisajes.

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Rembrandt, Vista de Amsterdam

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vendredi 16 janvier 2009

Cornelius Berg

Le he oído decir a mi tío Pepe que él no lee libros de mujeres que no tengan nombre de flor, como Marguerite. Puede sonar a boutade machistoide pero, conociéndolo, apuesto a que se trata de un sincero homenaje a su admirada Yourcenar.

Me he acordado de esto porque llevaba algún tiempo con ganas de releer las Nouvelles orientales. Las leí cuando joven y mucho me impresionaron. Tanto, que me apresuré a regalarle el libro a un amigo (me parece que fue Sarte quien dijo que un libro leído es un cadáver que hay que arrojar cuanto antes por la ventana). Recuerdo haber leído las Nouvelles cuando se veía venir la guerra de los Balcanes, en cuya ocurrencia yo no creía, y tuve que cambiar en seguida de opinión.

El caso es que fui a la librería ayer y salí de allí con mi ejemplar. Como corresponde, comencé a leerlo por la última de la serie, La tristeza de Cornelius Berg, nouvelle que no tiene nada de oriental. Berg es un viejo pintor holandés, contemporáneo de Rembrandt, está de regreso en Amsterdam desde Italia, donde le tomó el gusto al vino, pinta poco y cada vez peor y cuando le piden que cuente sus aventuras por los países polvorientos de sol, Berg tiene que rendirse a la evidencia de que éstos son menos precisos en su memoria de lo que eran en sus proyectos antes de conocerlos.

Después de pasar la jornada pintando, Berg se dirige por la tarde al jardín de un viejo conserje que cultiva en Haarlem tulipanes (uno de esos veteranos que se recluyen en sus jardines a perseguir caracoles, como dice Roberto Merino). A la vista de un magnífico ejemplar de tulipán, cuyos colores hacen pensar en un iris, el viejo conserje dice que Dios es el pintor del universo. Sí, responde Berg, pasando revista a todo lo que ha visto y vivido, Dios es el pintor del universo. Es una pena que no se haya limitado a pintar paisajes.

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Óleo de pintor desconocido

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