mardi 13 janvier 2015

Verdaderamente

La diferencia entre un mentirando y un mentiroso es que este último sólo miente de vez en cuando, mientras que el mentirando está siempre mintiendo. Una vez que se conoció la gran mentira de Enric Marco, esto es pretender haber sobrevivido al campo de concentración nazi de Flossenburg y haberse convertido por esa vía en el mascarón de proa de las asociaciones españolas de víctimas del nazismo, quedaba por dilucidar si sólo mintió en ese extremo, o si durante toda su vida no hizo más que mentir.

El Impostor, el libro que Javier Cercas consagra a Marco, lo sitúa en la categoría de los mentirosos totales, de los que se hacen con un lugar en el mundo, un lugar ciertamente mayor del que les corresponde, a punta de embustes gordos. Embustes apuntalados, eso sí, con medias verdades que les sirven de entramado, de sostén. Marco estuvo en Alemania durante la Guerra, pero no en tanto que resistente, sino como trabajador mecánico voluntario en los astilleros de guerra de Kiel, y estuvo luego detenido en una cárcel común, pero nunca pisó un campo de concentración. Se informó sobre ellos, sí, y construyó sobre esa base un relato en torno al cual reordenó su vida y constituyó un personaje bien recibido en muchos lugares. Un personaje que, ostensiblemente, estaba encantado de conocerse.

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Es un acierto del libro de Cercas mostrar hasta qué punto Marco produjo un tipo de kitsch que la sociedad española quiso ver y oír -consumir- durante un periodo que se puede situar entre la caída del muro y la crisis financiera. Cuando la película de Roberto Begnini La Vida es bella conmovía a las audiencias, Marco envió una carta a La Vanguardia, como solía hacer, pletórica de autoflores: «Debo convenir que en mi caso logré sobrevivir gracias a la conciencia de que la vida es esencial, independientemente de su circunstancia, de que la vida hay que soñarla bella y que había que saltar, volar sobre los alambres y las barreras cuando no existía opción de evasión real».

En su abundante produccion de discursos, cartas y otros mensajes, la palabra que más usa Marco, su muletilla favorita, es verdaderamente. «Verdaderamente esto, verdaderamente lo otro, verdaderamente lo de mas allá». Con certeza señala Cercas que «igual que el énfasis en la valentía delata al cobarde, el énfasis en la verdad delata al mentiroso. Verdaderamente, todo énfasis es una forma de ocultacion, o de engaño. Una forma de narcisismo. Una forma de kitsch».

Y acierta doblemente, además por la concisión de ese capítulo. No siempre es el caso. A mí, lector, se me hizo larga la lectura de un capítulo o dos; de uno, seguro, aquel en el que el autor, Cercas, dialoga supuestamente con el personaje Marco. En otros, Cercas consigue, en cambio, formular buenas síntesis sobre cuestiones como memoria e historia, o ficción y verdad (Quijote y Quijano).

En tanto que lector, también, y esto escapa ya al libro en sí, se da la circunstancia que leí paralelamente este Impostor y el relato que hace Primo Levi de su estadía en Auschwitz, Si esto es un hombre. Hay lecturas paralelas de las que los libros salen favorecidos; en este caso, el empaque moral de Levi es tal que la mermelada traficada por Marco queda a la altura del unto.

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dimanche 17 août 2014

Gerona, 1978

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-¿Me guardarías un secreto?

-Si no eres capaz de guardarlo tú, ¿por qué voy a guardarlo yo?

El inspector Cuenca recuerda este diálogo de novela en Las leyes de la frontera, de Javier Cercas, una historia de charnegos que va del tardofranquismo al presente, con la verdad escurridiza como vértice: ¿Quién entregó al Zarco, un delincuente juvenil en la Gerona de 1978? ¿El Gafitas, su compinche, reconvertido luego en exitoso picapleitos? ¿O Tere, novia o hermana del Zarco?

Un relato sobre la base de tres puntos de vista orquestados por el narrador, que dosifica el suspenso, no rehúye los golpes de efecto y cuenta una verdad que no se puede decir sólo con la verdad, según el propio autor.

Tal vez sólo quepa reprochar a Cercas que aparezca en la foto de la contratapa tan enfoscado que casi se asemeja a Arcadi Espada.

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