El sexo de los ángeles
Ernest Pignon-Ernest estuvo en Chile en 1981, donde dirigió un taller cuyo resultado fue un retrato de Neruda serigrafiado. Yo vivía entonces en la calle Maruri, la misma donde el joven Neruda escribió su famoso Crepusculario. En un rincón de la calle, frente a la casa, los pignonistas pegaron un ejemplar del afiche de Neruda. No tardó alguien en arrancar a medias la imagen y otro en recomponerla a la noche siguiente, dibujando sobre el muro unos toscos trazos. Luego alguien más puso un ramo de flores al pie del afiche, ramo que otro pateó y otro más repuso. Y así sucesivamente.
Pignon-Ernest ha pegado sus carteles en muchos sitios [Rimbaud en París y en Charleville, Carabacho en Nápoles, Darwish en Palestina, Genet en Brest...]. Ahora que Banksy ha popularizado esas intervenciones urbanas cabe recordarlo. Me gusta el resultado que consigue Pignon y me parece que, en su caso, ponerlo en la calle no es arbitrario. Sus retratos son formalmente muy acabados, pero enmarcados y colgados en un museo resultarían algo banales. En la calle, en cambio, o más bien en ciertas calles, ganan sentido.
Aprecio, sobre todo, que haya dirimido de una vez la polémica de los sabios de Bizancio y desvelado el sexo de los ángeles sobre los muros de la catedral de Montauban. Sexo que, por cierto, unos penitentes emborronaron a lo tonto.
PS/ La foto del afiche en la calle Maruri la tengo... La tengo que buscar, quiero decir. Este blog es un archivo al aire libre, lo que he ido colgando en él se encuentra rápido, al contrario de lo que no he ido colgando en él.
Mi vida sobre rieles
El tren se ha quedado vacio, estación terminal, fin del recorrido. Sobre un asiento, un ejemplar añejo del diario gratuito. Alguien ha escrito encima unas cuantas frases en español. Sigo mi camino pero, antes de bajar, me devuelvo y me llevo el ejemplar.
Lo que más me hubiese gustado de la vida sería el no haber nacido. ¿Por qué tuvo que ser así? ¿Por qué tener que sufrir?, dice un mensaje manuscrito en una crónica sobre el pintor Lucian Freud.
La frase es conmovedora en su contradicción. Porque sólo quien nace puede querer no haber nacido.
Aliviará echar fuera el dolor. Si no hay nadie que escuche, tal vez habrá quien lea. Un niño escribía en la suela de sus zapatos los deseos de los que se avergonzaba.
La vida es un territorio propicio a los mensajes contradictorios. Es mi vida, qué puedo hacer si ella me eligió, cantaba Adamo. En el diario de hoy, el velocista Christophe Lemaitre emite una sentencia común entre famosos: Mi éxito es una bella revancha sobre la vida. Leyendo la entrevista, queda claro que la revancha la toma Lemaitre contra quienes se burlaban de él cuando era niño. Los otros, en suma. Mi vida, ese sintagma tan al uso en los trenes, suele querer decir los demás, o cómo los otros me tratan.
Voviendo al recorte del diario, es probable que la imagen de Freud haya desatado la confesión del lector. Dificulto que hubiese escrito lo mismo en torno a un foto de, pongamos, François Hollande. O no todavía.
En fin, los diarios te ponen triste y los diarios te alegran el día. En el diario también se entera uno de esa madre que descubre que su hijo, al que daban por muerto, vive. Y un viernes mórbido se convierte en domingo de gloria.
La yapa
(Tres días en Luxemburgo, 4 + 1)
Se me quedan tres detalles, que liquido ahora mismo. La yapa, the remnant.
Luxemburgo es un país muy verde y la gente pinta las casas de colores (en contraste con el sur de Bélgica, donde prima la piedra natural y el ladrillo). Sin embargo, no parece haber ni una sola casa pintada de verde. Terracotas, cremas, y cúrcumas a tutiplén, o azules, o incluso grises, pero ninguna verde.
En el restorán de Urspelt, la camarera es brasilera, de São Luiz de Maranhão. Aparte lo verde, Maranhão será la antípoda de Urspelt.
De tan templados que son, los luxemburgueses parecen haber inventado el concepto del sauna tibio. Tal vez por eso, y por el número, no parece haber luxemburgueses que hayan marcado el imaginario colectivo. Y en cuanto al imaginario personal, al único luxemburgués que recuerdo es a Julien, el pianista de Rendez-vous à Bray. Y con esta nana me despido, que a eso quería llegar.
Six, cinq, quatre, trois, deux, un et une
Mon oiseau a perdu ses plumes
Plumes de bois et plumes de fer
Nous nous retrouverons en enfer
Plumes de fer et plumes de bois
Le paradis n'est pas pour toi
[Le paradis est pour le Roi.]
El paréntesis
(Tres días en Luxemburgo, y 4)
Parra propone escribir como se habla y hablar con el lenguaje de la tribu, pero por escrito. Rimbaud, después de escribir el Antiguo Testamento a los 15 y el Nuevo a los 18, dejó de escribir a los 20 años. ¿Por qué? La respuesta es elocuente, silencio.
A todo esto me acuerdo de mi amigo T, a quien conocí en El Cusco. A propósito del leve malestar que creo haber sentido entre los huéspedes del hotel en Luxemburgo a la hora del desayuno. Del desprecio con que T se refería a sus equivalentes que paseaban su indolencia por Indiolandia mientras en Europa tenían en marcha su pequeño negocio. De T, digo, tan buen caminante como era. Lo he recordado poco en estos largos años, pero una vez soñé que le habían amputado la pierna derecha.
A todo esto también, confieso que vamos por Luxemburgo siguiendo una guía Michelin del año 55. No es que vayamos buscando bucólicamente el país que alguna vez fue Luxemburgo. Es que lo encontramos. Por los caminos comarcales, donde no hay nada que no sea paisaje, nada que no existiese cuando Rimbaud recorría estos parajes. Será una Europa recuperada de los agravios napoleonistas y adolfistas, anterior a la crisis y a la depresión. Una Europa entre paréntesis.
El día de la madre
(Tres días en Luxemburgo, 3)
Vemos un filme suizo, L'Enfant d'en haut, de Ursula Meier. Suiza y Luxemburgo se asemejan no sólo por el negocio bancario, también por el ganado y por lo granado, e incluso por el paisaje. No en balde a la región fronteriza con Alemania se la conoce como la Petite Suisse luxembourgeoise. La gente es recatada pero la riqueza no hay quien la disimule.
La película cuenta de un niño que sube a una estación de esquí, donde se confunde con los esquiadores a los que aligera de lo que pilla a mano, y luego vende el botín entre sus vecinos de la torre popular donde vive, abajo, en el valle industrial. Vive con su hermana mayor, una perdida. Meier los filma de cerca: entre ellos hay emoción escondida y violencia manifiesta. Como en los filmes de los Dardenne, que han hecho escuela, la vida es una tristeza y además hay un niño de por medio.
¿Para qué tendrá hijos alguna gente? Pour enmmerder les gens, dice la mujer. El niño se las arregla como puede para no desmentirla.
El busto
(Tres días en Luxemburgo, 2)
Cincuenta espléndidas ciudades andó Rimbaud, según los que saben contar. Los nombres de esas ciudades están alineados en la puerta de la que fue la casa de Rimbaud y ahora es uno de los museos que le están dedicados en su ciudad. [Recuerdo, por mi parte, haber listado también cuando tenía su edad las ciudades recorridas, pero en mi caso (en mi casa) creo que sólo eran 49].
La casa-museo de Rimbaud en Charleville no tiene cincuenta habitaciones, de manera que se concentra en las principales. Charleville, por cierto, París, Bruselas, Londres, Adén, Harar... La propuesta del museo es simple, muros encalados y suelos entablados, planos en el suelo y en el muro imágenes.
Rimbaud, ya está dicho, detestó intensamente Charleville, a la que llamaba Charlestown (Ma ville natale est supérieurement idiote entre les petites villes de province). Diez años después de su muerte, en 1901, las autoridades de Charleville, sintiendo probablemente una forma de culpabilidad retrospectiva y sabiendo, sobre todo, que en el futuro habría que contar con el personaje, quisieron recuperar el tiempo perdido y erigieron un busto de Rimbaud en la plaza de la estación, frente al café El Universo. Un busto dedicado no al escolar escandaloso ni al poeta de Las Iluminaciones, sino al explorador en África. A la avanzadilla de la civilización ardenesa. Un busto esculpido por el cuñado de Rimbaud, que el ejército alemán no demoró en desmontar durante la Primera Guerra.
Después de todo, a falta de ocupar Adén, o Harar, o cualquier otra de las cincuenta espléndidas ciudades, los alemanes sólo habían ocupado Charlestown.
Ô mon beau Rimbaud
Tres días en Luxemburgo
Luxemburgo tiene la forma de un zapato chino, al interior del cual el borde nunca está lejos. Mis tres días en Luxemburgo comprendieron vueltas y pirivueltas por cuatro países, Francia, Bélgica, Alemania, además del mentado Gran Ducado.
El primer día de viaje fue rimbaldiano. Creía que Charleville sería fea y estaría deprimida, tal es la mala fama que tiene el noreste francés. Y no, o nunca tanto. La plaza ducal es admirable de armonía. A dos pasos de allí, al borde del vigoroso río Mosa, el viejo molino está convertido en museo Rimbaud, tanto como la casa donde vivió Rimbaud está también convertida en museo Rimbaud. Todo es Rimbaud en las inmediaciones, la panadería Rimbaud, la librería Rimbaud, la peluquería Rimbaud.
A los quince años se fugó Rimbaud de Charleville por primera vez, lo atraparon y volvió a fugarse en seguida y no dejó de huir de Charleville incansablemente en los veinte años que le quedaban de vida, a pie, en tren, en diligencia, como fuera, a como diera lugar, como pudiera. Es difícil encontrar a alguien que haya maldicho a su ciudad de manera tan elocuente como lo hizo Rimbaud, a su ciudad y a sus provincianos burgueses.
Y la paradoja rimbaldiana, la parajoda del poeta maldito, es que son esos odidados burgueses de Charleville, a quienes Rimbaud quería hacer polvo, ellos mismos o sus descendientes, quienes han hecho polvo a Rimbaud. Y lo venden tan estupendamente.
Cartel de Ernest Pignon Ernest (fragmento)
(Dos días después pasamos por Vianden, donde vivió en su exilio luxemburgués Víctor Hugo. Y ya de regreso en Bélgica, por Verlaine. Pero no quisimos entrar ni en uno ni en otro. Los poetas franceses, de a uno por fin de semana.)
Salvados del apocalipsis

Días atrás, el amigo Samuel predijo la inminencia del apocalipsis de los blogs. A manos de los microblogs, Twitter y Tumbrl. No será un apocalipsis como el de los dinosaurios, a punta de meteorito, ni siquiera como el apocalipsis de San Juan, con música de los Doors. Pero será.
Para por mientras, como dicen en mi pueblo, y como este domingo me voy un par de días a Luxemburgo, dejo sintonizada una selección que me gustaría salvar de ese mal paso. No por mí, por los lectores.
El viejo y el muchacho / 38 recomendaciones
Los perros / 17
Vargas Llosa, entrevista de ida y vuelta / 14
Los diarios se inventan las noticias / 11
Los niños
Tengo el fin de semana antropológico, de manera que ahora que François Hollande tiene ya medio camino hacia el Elíseo andado (y su rival, Sarkozy, medio camino salido), me da por recordar a los parientes del candidato en punta, a su ex, a los niños, que perdieron con la madre pero probablemente ganen con el padre, y al tataranieto de Shakesperare.
El Tololo
Sabe, no fundo eu sou um sentimental, dice el fado, y no vamos a desmentirlo esta tarde. Que el premio Cervantes lo vaya a recibir, a nombre de Nicanor Parra, el Tololo, su nieto de 19 años, me empaña las gafas.
Que el viejo es sabio, ya lo sabíamos.
Colombina Parra, los Príncipes de Asturias, Cristóbal Ugarte
El reino
Cuando me iba a contar una historia abracadabrante, mi abuela chilena la comenzaba así: En los tiempos en que había en Chile un rey... Se refería probablemente a la colonia o, más atrás, al tiempo de nunca jamás.
Tantos años más tarde, la historia del rey que partió a cazar elefantes con una cenicienta y un vendedor de alfombras y volvió a pedir perdón apoyado en dos muletas cabe ampliamente en su repertorio.
Durante estos años la monarquía había dejado de ser un asunto pendiente para convertirse en una especie de dato de la realidad, de su telón de fondo o de su soporte. Ahora que el propio monarca ha vuelto a poner la cuestión encima del gran montón de problemas, inesperadamente vuelven también esas historias remotas del reino de mi abuela. Yo creo a veces haberme ido lejos, ser otro. Y resulta que tal vez esté donde siempre.
Carlos I, óleo de Gerrit van Honthorst
Lautaro a lomo de elefante
Quedamos ayer en que el mundo es la Gran Sonaja y resulta que el día anterior el Rey de España cazaba elefantes en Botsuana. Hablando de eso, salió a colación Lautaro. Como se sabe, el joven Lautaro, siendo mozo de caballerizas del conquistador Valdivia (quien lo llamaba Felipe), convenció a los suyos de que los conquistadores no eran centauros sino simples peatones extremeños. Lo que envalentonó a los araucanos y les permitió atacar y zurrar a los peninsulares y reducir a Valdivia, a quien Lautaro le propinó esta muerte atroz: ¿Oro quieres? Oro tienes, le dijo y le introdujo por la boca un embudo con metal hirviente.
La historia, con ser buena, mejora si se cambia un componente y en lugar de caballos ponemos elefantes. Grandes paquidermos cruzando el océano, desembarcando en Lima, llevando en volandas a Almagro y Valdivia por la aridez del desierto de Atacama a conquistar la indomable tierra de Arauco.
Y ya puestos a cambiar la historia, tras acabar con Valdivia, Lautaro se lanza a la conquista del imperio incásico. Avanzan las huestes lautaristas a lomo de elefante por el Salar de Uyuni, hunden sus trompas los paquidermos en el lago Titicaca y abrevan y se duchan según su costumbre, preparándose par entrar en el Cuzco, el ombligo del mundo, durante un eclipse.
Lo cierto es que este detalle no sólo cambia la historia de América sino la de la propia España, que ve recreadas las paredes de Altamira de trompas y graciosas orejas, y a una carga de elefantes enterrar a los sarracenos en la mar -Babieca, Rocinante, incluso Platero, todos elefantes- y así, hasta que anteayer el Rey Borbón se descoyuntase la cadera cazando guanacos en el sur de África.
Fallaste, Machuca
El fallo del lanzamiento del cohete norcoreano recuerda, cómo no, al loro de La Oreja rota. También que durante las protestas contra la dictadura de Pinochet en los años ochenta en Santiago de Chile, cada vez que un policía disparaba, los muchachos le respondían con este grito: Fallaste, Machuca. De día o de noche, de cerca o de lejos: Fallaste, Machuca.
El mundo es la Gran Sonaja, decía Alfonso Reyes. Los que están en el secreto sonríen.
El tiro errado
El escopetazo en el pie del niño Froilán nos recordó otras lejanas detonaciones.
Habíamos montado la carpa a campo traviesa. Al anochecer cenamos y luego nos tumbamos en los asientos extraidos de la citroneta a mirar la luna mientras nos acabábamos el vino. La luna había salido por la cordillera e iría, andando la noche, a ponerse en el mar. El vino era regional, del valle del Maule, y lo habíamos comprado en un almacén del vecino pueblo de Putú.
En cuanto nos fuimos a dormir, comenzaron las deflagraciones. Serán cazadores, nos dijimos, esperando que se mantuvieran a distancia y nos dejaran dormir.
Pero nos despertaron. Sería la medianoche pasada. Acezaban pidiendo ayuda. Con frases entrecortadas relataron el accidente, el disparo fallido, el cazador moribundo. Había que llevarlo al hospital, suplicaban. Nos costó dar con el lugar, a pesar de la luz de la luna. Junto al cuerpo tendido había un niño llorando, el niño que había errado los tiros. El cazador estaba muerto en el suelo y el niño estaba muerto de miedo.
No se levanta un cadáver hasta que no dé la orden el Juez. Fuimos todos al pueblo a despertar a los carabineros. El niño de los disparos tendría unos trece años y el muerto era su tío, un hombre joven. El niño vivía en la ciudad, estaba pasando las vacaciones en la casa de sus abuelos. La escopeta era de su padre, el niño la había tomado sin su permiso y había convencido a su tío y a otros dos para salir esa noche a cazar conejos.
Los conejos, justamente, nunca habíamos visto tantos ni tan alborotados como cuando volvíamos del retén policial hasta la carpa. Parecía que celebraban el fin de la cacería, todos corriendo al borde del camino. Nos venció el cansancio al alba y a la mañana siguiente volvimos al pueblo para unirnos al tristísimo velorio. Antes de despedirnos, contribuimos a la colecta para pagar el ataúd que el carpintero había fiado.
Óleo de Sandra Yagi
El barco
Foto de Martí Villardefrancos
La foto de estos niños emigrantes que perdieron el barco en el puerto de La Coruña, en 1960, me recuerda al obelisco de la plaza pueblo belga que se llama del Perro del equipaje. En los años de la hambruna por la peste de la patata marcharon muchos lugareños a Winsconsin. A uno de ellos, a la hora de embarcar se le escapó el perro y corrió a buscarlo. Lo encontró, pero entretanto el barco había zarpado llevándose su equipaje. El barco naufragó en la travesía, el lugareño volvió a su pueblo, de donde nunca más volvió a salir, y el obelisco está ahí para recordar la historia.
Esas historias se perpetúan porque a todos nos gusta confirmar el adagio ese que dice que no hay mal que por bien no venga, aunque sepamos que no siempre es así. Estos niños probablemente embarcaron en el navío siguiente y su vida transcurrirá como si hubiesen embarcado ese mismo día de la fotografía. Aunque la lleven en la cartera, y a veces la miren cuando nadie los ve.
Yo, Carrère
Que Una novela rusa no es una novela ni es tampoco enteramente rusa lo sospeché desde un principio, como decía el otro Roberto Bolaño. En las novelas modernas, en las buenas quiero decir, el protagonista suele ser el autor y los personajes secundarios sus novias y y sus parientes. Estos últimos no siempre quieren salir en la novela, pero así es la vida de los escritores.
El libro cuenta tres historias. La de un joven soldado húngaro, hecho prisionero por los rusos al final de la Guerra, perdido durante medio siglo en un sanatorio de una ciudad remota de la estepa. La segunda es la del abuelo materno del autor, que deja con su familia su Georgia natal tras la revolución bolchevique y se instala en Burdeos, donde colabora con el ejército alemán y es ejecutado por la resistencia. Y la tercera, la historia del propio Carrère contando ambas historias y su apego a la Rusia de su madre y a su lengua, que se le resiste, y su inevitable o evitable historia de amor durante esas idas y venidas y la consiguiente publicación de una nouvelle erótica en Le Monde, y la filmación de una película sobre todo lo anterior.
El libro se lee ávidamente porque Carrère escribe muy bien y consigue dar suspenso a un material que en manos de un escribidor torpón sería de una banalidad aplastante. Es lo que hace de él un autor que vende miles de ejemplares, que no millones, porque millones vende la ficción desatada, a lo Harry Potter. Los escritores que venden miles de ejemplares, como Carrère, lo que suelen contar es su propia vida valiéndose de las técnicas de la ficción desatada, de manera que sus lectores se divierten mientras se enteran de asuntos interesantes.
Así, un libro sobre la vida de un escritor parisino la gente va y lo compra y lo devora incluso. Damiela Eltit* sostiene que este auge de la literatura del yo sería parte de un programa político antificcional para controlar el desborde de la imaginación y acaso prevenir el desorden. Yo creo que se va por la estepa rusa, porque hay un lazo querido y no necesariamente impuesto entre un autor y sus interesados lectores. Ese lazo, esa avidez por conocer una vida supuestamente trepidante y la gracia de saber contarla, (más aún si reina en ella la famosa trilogía sexo, poder y prestigio), funda en parte la literatura y pasa por ahora también por los libros.
*(en The Clinic 15 de diciembre 2011)
Entrevista con un jardinero
¿Por qué cultiva un jardín?
Porque viví muchos años cultivando plantas en macetas. Y cada vez que iba a la ciudad vecina me detenía a mirar un jardín con un árbol al centro. Una de las historias más conocidas de las Mil y una noches cuenta de un hombre que viaja del Cairo a Ispahán en busca de un tesoro. En Ispahán lo detiene la policía y un oficial se burla de él contándole la historia de un hombre que va de Ispahán al Cairo en busca de un tesoro, sin saber que lo que busca está en el jardín que ha dejado atrás. Vuelve entonces el hombre a su ciudad y encuentra el tesoro en su viejo jardín.
Otra vieja historia muy conocida es la del gigante egoísta, de Wilde. Cuando por fin llega la primavera, en el jardín del hombre necio permanece el invierno. Yo soy ese hombre necio. Tal vez el jardín sea una parcela del mundo. Dice Juan Ramón: « Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando. Y mi jardín permanecerá ». El suyo era un jardín andaluz, tan diferente del que yo cultivo.
¿No será mucha literatura para tan poco jardín...?
Seguro. Pero lo contrario sería peor. Según Borges, el jardín de los senderos que se bifurcan es una imagen incompleta pero no falsa del universo. A quien pasa su tiempo leyendo se le corre una teja, como a Alonso Quijano, y no le queda tiempo para dedicar al jardín. A quien pasa su tiempo en el jardín, le alcanza el tiempo para leer.
¿Aprende algo en el jardín?
Una lección cada día. La de hoy: las hormigas enseñan que no hay enemigo pequeño.
¿Ha llegado por fin la primavera?
Cuando puede decirse que una estación ha llegado, ya comienza a irse. Pero, bueno, no nos vamos a quejar.
¿Y qué trae de nuevo?
Ahora mismo están en flor las violetas. El domingo llega abril y florecerán las lilas, como decía Elliot: Abril es el mes más cruel, criando lilas de la tierra muerta, mezclando la memoria y el deseo, removiendo raíces turbias con lluvia de primavera.
¿Da trabajo el jardín, en esta época?
Poco. Las hormigas comienzan a instalar a los pulgones en los cogollos de los groselleros. Es un fastidio. Pruebo a detenerlas con un papel impregnado de goma, que pego en el tronco para impedirles subir. Pero son pertinaces. Algunas consiguen pasar y, las que no, se cambian de árbol. Ya le digo, no hay enemigo pequeño.
-Veo que insiste: cómo es eso de que no hay enemigo pequeño...
-Bueno, la hormiga más pequeña mide menos de un milímetro. Se ha trasladado del campo a la ciudad (es de origen etíope). Aprecia particularmente los hospitales. Se sospecha que se ha convertido en vector de infecciones nosocomiales.
-Caramba...
-Se escucha a los humanos quejarse de que muchas especies animales están en vías de extinción. En cuanto a las hormigas, no hay de eso ningún peligro, al contrario: hay centenares de especies aún por descubrir...
-El futuro para el que lo trabaje...
-Y el mañana es del que lo vio primero... Por más que la humanidad engorde, no conseguirá hacerle el peso a las hormigas. Si ponemos a los seis mil millones de humanos a un lado de la balanza y a las incontables hormigas del otro, ya se imaginará de qué lado se inclina. Y esto, sin contar con las termitas, que tienen alas.
Le jardinier, óleo de Georges Seurat
Cerrado por duelo
En la noche del sábado al domingo, en pleno equinoccio, murieron tres personas queridas.
En Gijón murió J, la menor de las hermanas de A, el bable más puro del pueblo. Un día en que ya nos habíamos dicho adiós (con lo que nos costaba despedirnos), nos volvimos a encontrar. No somos para despedirnos, me dijo.
En Lovaina murió E. Lo vi por un última vez hace dos o tres sábados. Era lacónico, pero ese día quería hablar y me tomé el tiempo de escucharlo. Me contó que, siendo un niño, tuvo que echarse al camino con toda su familia, huyendo del ejército alemán, hasta la frontera francesa donde los obligaron a dar marcha atrás. De vuelta a casa, extenuados, encontraron las camas maculadas por la mierda ajena. Preferiría no sufrir, me dijo, pero no tengo miedo de morir.
En Lisboa murió Antonio Tabucchi. Sólo lo vi una vez, en Lovaina también, hará quince años. Me parece que fue hace nada pero ya sabemos que el tiempo envejece de prisa. Me acuerdo ahora de esto que dijo ese día, de estas palabras de su abuela: Sabes, Antonio, la vida pasa en un segundo pero, a veces, cuánto tarda en pasar un día domingo.
Walking around
Sucede que me canso de ser hombre, dice la primera línea del famoso Walking around. Lira hacía con ese poema un número gracioso, recitándolo en clave alegre. Mi tío, de lo que se cansa es del invierno. De manera que hoy, que comienza la primavera, le gustaría ser otro o al menos llamarse de otra manera. Anton Pannekoek, por ejemplo, un astrofísico holandés que dio su nombre a un cráter lunar y al asteroide 2378. Pannekoek tenía un ojo puesto en las estrellas y el otro en sus semejantes, y era tan anarquista como darwiniano. Cómo quisiera él llamarse Antonio Panqueque y tener una cara de pan de Dios.
O, por el contrario, tomar posición al lado opuesto de la galería y tener una cara y un nombre como un insulto del capitán Haddock y haber combatido en las filas otomanas en calidad de irregular. Ser un bachibuzuk negro, o sea, y mirar al mundo con desdén debajo de ese sombrero.
Óleo de Jean-Léon Gérome, 1869
PS/ Como dice Hut Weber, It's the hat.
Mi tío Teo
Días atrás fue liberado el hombre que llevaba en España más años tras las rejas. Leyendo la noticia me acordé del ratoncillo de John Berger y también de Marcos Ana, de cuando lo entrevisté en una vida anterior. Ana estuvo 22 años preso en las cárceles franquistas, entre los 19 y los 41 años. Entró a la cárcel virgen como cuando vino al mundo y seguía estándolo cuando salió. De manera que en cuanto pudo se fue a buscar a una mujer. Como ésta se negó a cobrarle, Ana corrió a comprarle flores. Almodóvar piensa filmar la historia.
Ahora estoy leyendo Una novela rusa, de Emmanuel Carrère, que se abre con la historia del último prisionero de la Guerra en Rusia, un húngaro olvidado de todos en un pueblo perdido de la estepa. Tras la Guerra, el húngaro, un muchacho entonces, se encontraba en un estado catatónio, de manera que ya nadie le hizo nunca más caso. Andando el tiempo fue saliendo de su letargo pero nunca aprendió a hablar ruso ni reclamó nada, de forma que cuando unos periodistas húngaros dieron con él medio siglo después tuvo su cuarto de hora de fama tras medio siglo de olvido. Volvió a su pueblo, donde, hablando con la gente Carrère llegó a la conclusión de que nuestro húngaro era virgen al momento de partir al frente. Y lo seguía siendo cuando fue liberado, cincuenta años más tarde. El único hecho relevante en su hoja médica durante su cautiverio es que sólo había una mujer en el presidio, la dentista. Y nuestro prisionero, al que sólo le quedaban de bueno los dientes, se presentaba a diario a la puerta del consultorio, a ver si la doctora se los arrancaba.
A los recordadizos todo nos recuerda Amarcord, el zio Teo subido al árbol. La escena más sublime del cine. Por lo menos de las que yo me acuerdo.

















