Camino de Santiago

samedi 14 janvier 2017

El anarquista de centro

El 1 de enero felicitabamos el año con la imagen del niño que mira el cuadro dentro del cuadro de Courbet. Al día siguiente, el teatro del pueblo anunciaba una representación con la misma imagen. Ayer la fui a ver.

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Para escapar de los salivazos de los actores, esta vez no me senté en la primera fila, sino en la penútima. Casi me tragan los bostezos de uno de la última fila. Desde que la modelo, que se quejaba del frío al inicio de la pieza, se vistió, para el hombre de la última fila todo fueron bostezos.

Proudhon modèle Courbet presenta cuatro personajes que buscan su lugar. Courbet lo encuentra en el cuadro que pinta, donde se ubica en la posición central. A la derecha instala a sus amigos y a la izquierda a sus enemigos, o las víctimas de éstos. En medio de todos ellos, Courbet pinta un paisaje de su Franco-condado natal, mientras una modelo y un niño lo miran pintar. De hecho, el nombre completo del cuadro que pinta es L'Atelier du peintre. Allégorie réelle déterminant une phase de sept années de ma vie artistique et morale. Al de los bostezos el nombre se le hace interminable. Al pintor, se le queda corto. Un vitalista, Courbet. 

Proudhon busca también su lugar, el del crítico en su caso, el de la distancia crítica, un sitio mental. El bueno de Proudhon, el primero que se hizo llamar anarquista, sale mal parado de esta experiencia teatral, que lo pinta como un santurrón laico, un sensiblero-cerebral, qué mala combinación. Un anarquista de centro, remata Courbet.

La modelo también busca su lugar. El que le conceden es consabido y no le basta. Y el cuarto personaje, un tabernero, el menos importante y tal vez el más logrado, tiene ganado de antemano su lugar: es el lugar común. Aparece hacia el final de la pieza con una botella de mirabelle, una terrine de pâté y un queso del Franco-condado (todo aquí es del Franco-condado, menos la modelo, que es parisina, lo que explique tal vez alguna cosa). Y provoca con su aparición y su mirabelle y su queso y su pâté un súbito subidón del humor de los presentes que apaga el penúltimo bostezo del tipo de la última fila.

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mercredi 4 janvier 2017

El rey que llegó tarde

El Reino, 8

Mateo es el único evangelista que habla de ellos: «De Oriente vinieron a Jerusalén unos magos preguntando por el rey de los judíos que acababa de nacer».

El evangelista no dice que fueran reyes. Tampoco dice Mateo que fueran tres ni que se llamaran Gaspar, Melchor y Baltazar. Son las imágenes, fueron los pintores quienes los coronaron.

Lo cierto es que venían de lejos, de Oriente, y no eran judíos. Esos nombres les fueron dados en el siglo V cuando el número tres pasó a ser canónico para hacerlo coincidir con los regalos que traían, oro, mirra e incienso. 

En los relatos legendarios los reyes magos llegaban a ser doce o más y en la Edad media era común la historia del cuarto rey que llega tarde a la cita con el Mesías. Michel Tournier cuenta que ese cuarto rey venía de Mangalore y quería regarle a Jesús el mejor dulce turco de pistacho y se había perdido buscando la receta. Así fue como llegó 33 años tarde a la cita, en el propio momento en que Jesús y sus apóstoles se acababan de levantar de la última cena, y como traía hambre y sed bebió del vino y tomó del pan que sobraba en la mesa y fue así sin saberlo el primer cristiano que comulgó. 

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Andrea Mantegna, La adoración de los magos, fines del s. XV. Texto adaptado del Dictionnaire amoureux de la Bible, de Didier Decoin.

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mardi 3 janvier 2017

Atrapa y aparta

Muere John Berger. Ya hay suficientes obituarios en la prensa, así que mejor lo recuerdo con un relato mínimo, tomado de este libro.

Un hombre atrapa una rata que le come el pan, la observa detenidamente y la libera en el campo. Al día siguiente caen dos. Parecen ignorarse entre ellas pero cuando las libera escapan en direcciones opuestas. Otro día cae una rata vieja que se cuelga cabeza abajo con su cola aferrada al techo de la trampa. Cuando la libera, se aleja zigzagueando. Al hombre, las ratas le hacen pensar en canguros, por la fuerza de las patas traseras y la manera como usan la cola para apoyarse y saltar. Un día cae una rata gorda que pare en la trampa nueve ratillas peladas. Al día siguiente el pan amanece intacto y el hombre deja de cazar ratas.

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dimanche 1 janvier 2017

Alegría en el corazón

Miel en los labios, melodía en el oído, alegría en el corazón, como propone Bernardo. Y para los ojos, qué. La lectora de Corot y su lectura. Y el taller del pintor y su pintura para el niño que mira. Feliz año.

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mercredi 28 décembre 2016

Una imagen de cine antes del cine

El Reino, 7

A pesar de la profusión de imágenes sacras y en particular sacadas de los evangelios, a pesar del impulso que dio a la iconofilia cristiana la contrarreforma, no todas las escenas de los evangelios están representadas en la pintura, viene a decir Carrère, que echa de menos alguna tela sobre la circuncisión de Timoteo a manos de Pablo, o el exorcismo de la pitonisa, también por Pablo, o la conversión del carcelero de Filipas. Ni un puto pompeux pintó a los tesalonicences velando a sus primeros muertos, convencidos de su resurrección inminente, o la primera letra dictada por Pablo a Timoteo —apunta.

Al otro extremo, unas pocas líneas en sólo uno de los cuatro evangelios han provocado un atasco de imágenes. Es el caso de los masacre de los inocentes y también de los magos que llegan a Belén siguiendo una estrella. De los magos diremos algo el día de la Epifanía, si todo va bien, y de los Inocentes lo decimos hoy, porque toca.

Como se sabe, temiendo el anunciado nacimiento del Mesías, Herodes ordenó la masacre de todos los niños varones menores de dos años, los Santos Inocentes. Unas pocas líneas en el evangelio de Mateo no convencieron a Voltaire ni a muchos historiadores, pero sí entusiasmaron a grandes pintores. Se dice incluso que el Guernica de Picasso le debe mucho a la representación de esta masacre. El Bosco, Bruegel, Reni, Rubens, Poussin, la lista es larga, pintaron imágenes que muestran la violencia ejercida contra los inocentes y la fascinación que ésta provoca. En 1824, Léon Cogniet, por su parte, cambió la perspectiva y no enfocó a los verdugos sino a una madre protegiendo a su hijo, en una imagen de cine antes del cine.

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Los Inocentes son más imagen que texto. Lo anterior lo escribí más o menos así en Twitter. «Ahora di algo sobre la película de Delibes y lo petas», me retó una lectora. Milana bonita, respondí.

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Otros inocentes: En la nouvelle de Valery Larbaud Fermina Márquez, el entrañable Lenoit consigue llevar a la protagonista hasta el dormitorio del internado donde él estudia. Al entrar, viendo el crucifijo que preside el austero lugar, Fermina se persigna.

«Esta es mi cama», dice el muchacho, sintiendo que se ruboriza y odiándose por ello. «Una cama estrecha y dura», añade. Fermina indica por su parte el crucifijo y responde: «Piense que la cruz era un lecho aun más estrecho y duro».

La estupefacción del muchacho es total. La presencia de la chica en el dormitorio es para él una circunstancia cargada de erotismo y lo último que habría esperado es que en ese momento ella se dejase llevar por la pasión mística.

Si hubiese sobrevivido a la Gran Guerra, Lenoit habría aprendido que misticismo y erotismo pueden ir de la mano.

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No se me escapa que la relación entre esto último y El Reino puede resultar peregrina. Qué remedio. Sólo escribo en este blog y la lectura de Larbaud se ha convertido en mi afición de fin de año. En alguna parte tenía que contar el placer que siento leyéndolo.


lundi 26 décembre 2016

Otro 26 de diciembre

Bolaño afirmó cierta vez que Rodrigo Lira se había suicidado para protestar contra la subida del precio del pan. Una boutade, por cierto. Aun así, un desacierto. Porque nada le quedaba más lejos a Lira que el realismo social. No es que lo desconociera o lo negara, es que no iba por ahí.

Rodrigo Lira, como se sabe, se mató el mismo día y a la misma hora de su nacimiento, un 26 de diciembre. Un día como hoy, el día siguiente de la Navidad, hace ya 35 años. Y por allí, por esa circunstancia escogida, sí que iba Lira.

Juntar «parto» y «parto» (parto de parir y parto de partir) fue el último calambur del artista. El último de su corta vida de anonimato relativo y el primero de su larga vida de celebridad también relativa. Porque en el propio momento de su muerte el Lira humano parió al Lira personaje. La conversión fue instantánea, como descubrieron quienes negaban su talento y se encontraron en su misa funeral con la plana mayor de la literatura chilena, Nicanor Parra, Enrique Lihn, Claudio Bertoni, haciendo acto de reconocimiento.

Ahora bien, de la fama póstuma no te puedes defender y puede acabar por hacer de ti lo que no fuiste e, incluso, lo contrario de lo que fuiste. En el caso que nos ocupa, puede llegar a hacer de Lira un docente, como nos cuenta muy seriamente Poemas del almaEl bulo no tardará a dar el salto a las enciclopedias y de allí a la posteridad. Pos claro, cómo pudo escapársenos. Si el Pedagógico fue su nicho ecológico, sería que Lira era un pedagogo.

Lira Cover

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samedi 24 décembre 2016

Tened los ramos

Un villancico de Lope musicado por Brahms para desearles una feliz Navidad.

Johannes Brahms, Geistliches Wiegenlied, sobre un villancico de Lope de Vega adaptado por Emanuel von Geibel

Cantarcillo de la Virgen

Pues andáis en las palmas
Ángeles santos 
Que se duerme mi niño 
Tened los ramos

Palmas de Belén 
Que mueven airados 
Los furiosos vientos 
Que suenan tanto 

No le hagáis ruido
Corred más paso 
Que se duerme mi niño 
Tened los ramos

El niño divino 
Que está cansado 
De llorar en la tierra 
Por su descanso

Sosegaros quiere un poco 
del tierno llanto 
Que se duerme mi niño 
Tened los ramos

Rigurosos hielos
Le están cercando 

Ya veis que no tengo
con qué guardarlo

Ángeles divinos
Que vais volando

que se duerme mi niño
Tened los ramos.

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¿Abuelico, por qué se llaman villancicos?

Hijo mío, porque beben los peces en el río.

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dimanche 18 décembre 2016

El espejo

El Reino, 6

«La cacatúa no se escapa cuando la abuela abre la puerta de la jaula. En lugar de volar, se queda donde está. La abuela explica el truco: basta con poner un espejo al fondo de la jaula. La cacatúa está tan contenta mirando su reflejo que no ve la puerta abierta hacia la libertad, no se percata de que para ser libre sólo tiene que mover las alas».

Pasa con las buenas historias, como ésta que cuenta Carrère en El Reino, que uno está tentado de sobrecargarlas con una metáfora sobre la realidad que las envuelve. Si la cacatúa es la gente, el espejo serán las redes sociales, la ideología, la ficción, la posverdad o lo que se ponga.

Sean estas buenas historias de la abuela de un amigo o del padre del propio Carrère, quien prefería las misas de antes porque «en latín no te dabas cuenta de la idiotez que es», la que ha pasado a ser mi fórmula reaccionaria favorita.

Mi ejemplar está de vuelta, por otra parte, así que, a falta de una imagen de la cacatúa, o de la abuela, ya puedo al menos poner la foto de la jetilla.

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mercredi 14 décembre 2016

Tema del pastor en el monte

Otro 14 de diciembre

Todos los días de Dios me acuerdo de mi padre.

Hoy ha sido escuchando un lied de Schubert, Der Hirt auf dem Felsen, El pastorín en el Pierzu, que resumo en estos versos traducidos a mi manera:

Cuando estoy en el monte, miro el valle y canto.

La primavera se acerca, la primavera me espera 

Y yo me preparo para iniciar mi camino.

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Este Corot da con la distancia justa para ilustrar lo que digo.

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jeudi 8 décembre 2016

Juan de Pareja recorre Roma con su retrato

En el epílogo de su libro sobre Juan de Pareja, Elizabeth Borton de Treviño sintetiza en unas cuantas líneas lo que se sabe fehacientemente de él y se disculpa por haber tenido que inventarse el resto en la novela que concluye.

Moro andaluz, Pareja fue parte de una herencia recibida por Velázquez en tanto que esclavo y se convirtió en ayudante y probable confidente del maestro sevillano, a pesar de la parquedad proverbial de éste. Acompañó a Velázquez a Italia, y fue en Roma donde éste pintó su retrato por los días en que se preparaba para retratar al papa Inocencio X. De regreso a Madrid, Pareja trabajó junto a Murillo, quien pasó tres años en la capital del reino como aprendiz en el taller de Velázquez, fue liberado de su condición de esclavo y terminó sus días trabajando como pintor.

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La más lograda de las situaciones descritas en el libro de Bolton es la del retrato de Pareja. Velázquez se hiere la mano derecha durante una tormenta en el mar rumbo a Italia y, cuando recibe el encargo de pintar al papa, atraviesa por un mal momento. Sensible a la animadversión que su presencia despierta en los círculos romanos, Velázquez duda en cuanto a la manera de asumir el encargo papal. Para recuperar la mano, decide pintar el retrato de Pareja, quien posa con la misma ropa que llevaba a diario, a la que Velázquez agrega una valona con encajes de Flandes de su propiedad. Hasta aquí, todo esto consta en la fuente principal sobre la pintura del Siglo de Oro español, la obra de Antonio Palomino. 

A partir de estos datos, Bolton imagina a Pareja presentándose junto a su retrato en las casas de los notables romanos. El efecto logrado por la pintura descubierta junto al modelo al natural hace que los ricachones romanos se traguen su orgullo y acudan a pedirle al español que los retrate junto a sus familias, lo que permite a Velázquez asumir en mejores condiciones el trabajo de pintar al papa.

Por cierto, Bolton no tiene para qué excusarse por inventar a la hora de escribir una novela histórica. Como tampoco tenía para qué endulzar la historia al punto que lo hace. Aparte la peste que mata y la mar que marea, las fuerzas del bien son imparables en su libro. El único que desentona un poco es el conde-duque de Olivares, un chulazo en la corte de Felipe IV.

jeudi 1 décembre 2016

Gran Hotel Othelo

Hoy comienza el invierno que ya comenzó y que en cierta medida no termina nunca bajo esto cielos. El solsticio de invierno llegará dentro de veinte días marcando el fin de la reculada de la luz y su lento retorno. Un par de veces, de regreso del verano austral, borracho de sol en pleno enero, viendo al avión adentrarse en la fría oscuridad del noreste me he preguntado si estoy bien de la cabeza. 

El cuento es que una de estas noches vi Winter sleep. En pleno invierno, en medio del paisaje roto de la Anatolia central, un hombre avejentado escribe columnas que no leerá nadie. Alguna vez creímos que serías mucho más de lo que has sido, le dice su hermana, con esa crueldad fría que la tibia familiaridad consiente. Su mujer, por su parte, intenta paliar la pobreza ambiente a través de una especie de ONG informal. Hasta ahí llegan los parecidos porque nuestro hombre es rico y su mujer joven.

Cuando me levanté del sillón habían pasado más de tres horas, ya era más de medianoche y yo estaba hambriento porque no había cenado. Hacía tiempo que el cine no me jugaba una pasada así. Cuando niño, entraba al mediodía a la función cuádruple del cine Avenida Matta y salía hacia las ocho sin saber ni cómo me llamaba. Ahora uno cree tener las ficciones bajo control y, sin embargo, cualquier noche una historia turca le altera el programa.

Winter sleep se apoya en tres relatos de Chéjov y en un descenlace de Dovstoyevski para contar no mucho más que el lento discurrir de los días en un sitio remoto. Y entreabrir el alma de sus personajes. No suelo permitirme frases así pero a ratos creía estar leyendo un libro de Coetzee. En un momento de tensión aguda, dos personajes, a punto de irse a las manos, resuelven la situación soltando sendas citas de Shakespeare. A lo Marías, o sea, y con música de Schubert.

En fin, para no embalarme más ni largar destripes, acabo con una simpleza. Nuestro personaje, que fue actor cuando joven y es un celoso de cuidado, de esos que están seguros de no serlo, posee y atiende un pequeño hotel rural: el Hotel Othelo.

Palma de oro en Cannes. Qué menos.

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vendredi 25 novembre 2016

¿Qué habría ocurrido si la nariz de Cleopatra hubiese sido más corta?

El Reino, 5

En un relato de Robert Callois, Cristo es conducido ante Poncio Pilatos. El prefecto romano duda y finalmente decide liberarlo. Cristo vuelve a predicar entre los suyos y muchos años más tarde muere convertido en un sabio. A la generación siguiente ya nadie lo recuerda.

Las cosas podrían haber sido de otra manera, claro, y muchas veces es nimio el detalle que las carga hacia la luz o hacia la sombra. ¿Qué habría ocurrido si la nariz de Cleopatra hubiese sido más corta?, glosa Carrère en El Reino

Imposible no leer la ucronía de Callois sin pensar en el presente. ¿Qué habría ocurrido si Al Gore hubiese ganado en Florida en el 2000? Es lo que tiene un hecho mayor como la intronización de Faisán Dorado y su peinado a la cabeza del mundo, que sobredetermina (qui coiffe) cualquier consideración.

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Gebhard Fugel, Primera estación del calvario

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Me queden dos o tres detalles sobre los que podría decir algo a propósito del Reino pero mi ejemplar del libro se va de viaje hasta mediados de diciembre (y yo no me muevo), de modo que suspendo hasta entonces esta serie. No sin antes levantar esta cuestión que sí me parece central y sobre la que pido la colaboración de los amigos lectores. En décimo párrafo del versículo 20 del capítulo IV, el dedicado a Lucas, cuando se describe el Apocalipsis de San Juan, Carrère cuela una jetilla :) O bien se trata de un error en el orden de los signos ortográficos, que debió ser éste ): Está en la página 490 de la edición de bolsillo Folio. Ya sé que cambiará la página según las ediciones pero, si dan con el detalle, gracias por verificar si es una errata en mi edición (lo que creo) o una voluntad expresiva del autor. Sería muy gracioso si así fuese, y pondría al Reino en la lista de libros precursores en la legitimación de las jetillas en la literatura, como hizo Elvira Lindo con el uso del jajaja como palabra en Lo que me queda por vivir

samedi 19 novembre 2016

Como loro en el alambre

Gira europea de Cohen en 1972. ¡1972! Se suceden las ciudades en desorden, Tel Aviv, Berlín, Copenhague, Viena, Manchester, hasta el que sería el concierto final de esa gira, en Jerusalén. El filme que registra todo aquello —los escenarios, los públicos, las bambalinas— se llama Bird on a wire y se estrenó en 1974No le gustó a Cohen en su momento, pidió que cambiaran el montaje, y tampoco. Y allí quedó, olvidado. Hasta que en 2009 el director, Tony Palmer, lo retomó e hizo esta versión. 

Un filme sobre el artista on the road, un topicazo donde los haya dentro de la topiquísima cultura rock. Lo bueno de éste es que se cuela el año 72 a borbotones y hace añicos la previsible hagiografía. También será mérito de Cohen haber abierto espacios al público —y mérito del público haberlos reclamado. «Canta», exige uno desde la platea, como quien dice «calla y canta». Oye, que yo también tengo mis derechos, reclama el cantante, como si de una asamblea se tratase.

Grouppies tratando de llevarse al ídolo a la cama. Un par de airados espectadores reclamando y obteniendo que les devuelvan el dinero de las entradas por la mala calidad del sonido (Cohen lidiando con un altoparlante chillón). Uno de los músicos confesando haberse quedado dormido mientras Cohen cantaba Suzanne. Entrevistadores que descubren en directo que no fueron capaces de retener las inspiradas respuestas del vate por no haber sabido apretar el botón. Otro, en Israel, interrogando maquinalmente a Cohen sobre su judeidad:

—¿Con qué frecuencia va a la sinagoga?

—Depende de la calidad de las canciones.

Así hasta el concierto final. La gira se hacía larga, repetitiva. A veces me siento como un loro repitiendo una canción que compuse hace muchos años, repite el cantante, like a bird on a wire, como loro en el alambre. «Sean comprensivos con el ruiseñor deprimido», le pide al público por ahí. Tanto así que sobre el escenario, en Jerusalén, resiente un súbito burn out. (La mitad de Montreal dira surmenage, la otra mitad burn out. En esos años no sé si ya se usaba el término, hoy passe partout).

El artista que reclama libertad al público que lo constriñe, otro topicazo. Pero por esas imágenes finales de Bird on a wire se cuela una forma de verdad. Vale la pena verlas. (Y si sólo quieren ver ese final, arrastren el cursor hasta 1:20).

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mardi 15 novembre 2016

Diálogo sobre el cine asiático

Comienza la película. Desfilan las primeras escenas...

—Esta ya la vimos.

—Yo no.

—Sí la vimos.

—La verías con otro.

—La vimos juntos.

—Vimos la otra, In the mood for love.

—Esta también. Te vas a acordar en cuanto aparezca el singapurense.

—¿El japonés?

—¿Ves que la vimos? 

—Que no.

—Dices que no porque quieres verla de nuevo.

—Qué buena pinta tiene...

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samedi 12 novembre 2016

Cristo, ¿era populista?

El Reino, 4

Cristo, ¿era populista? Es una pregunta de temporada. Que, formulada así, de buenas a primeras, resulta algo populista.

«Los agudos reproches que Jesús formula a las elites de su tiempo harían conque hoy se lo llamase populista», escribe Carrère en una de las últimas páginas de El Reino. Vaya en su descargo el hecho de haberse leído una ingente biblioteca bíblica y haber escrito un resumen de 600 páginas antes de deslizar la afirmación ésa. Lo dice a propósito de un cristo que monta Jesús donde un fariseo, tras aceptar la invitación a su mesa y ponerlo de vuleta y media. No es la única vez que el líder las emprende violentamente contra los fariseos. «Cargáis a la gente con un peso que vosotros mismos no portáis», los acusa.

Liderazgo carismático, antielitismo y oportunismo son característicos del populismo. Eso, y todo lo que permita remplazar una elite por otra. Se desploma el Foro mientras del otro lado del Tíber se levanta San Pedro. Nada nuevo. O todo de nuevo.

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 Van Dyck, Cristo y los fariseos, c. 1620

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dimanche 6 novembre 2016

El prepucio

El Reino, 3

Pedro y Pablo firmaron en su momento un particular tratado de Tordesillas. Pedro se ocuparía de los judíos, el punto de salida del cristianismo, y Pablo de los gentiles, su punto de llegada. Tal vez estaban de acuerdo en que el cristianismo transformaría a la cultura grecorromana penetrándola. La cuestión que los separaba era si esa penetración debía hacerse con o sin prepucio.

La alianza entre Dios y los hombres, corazón del judaísmo, fue sellada bajo la condición de la circuncisión. Abraham debió circuncidarse a sí mismo para luego circuncidar a su descendencia. Griegos y romanos, en cambio, juzgaban esta práctica bárbara. Antíoco Epífanes, rey griego de Siria, llegó a prohibirla, y el emperador Adriano hizo lo propio tres siglos después.

La circuncisión pasó así a ser una piedra de toque. Para los judíos, sojuzgados por Roma y rodeados de griegos, la circuncisión era la condición que les evitaba, creían ellos, ser asimilados por el paganismo grecorromano. Tanto más que algunos judíos romanizados se descircuncidaban. 

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Bellini, Circuncisión de Jesús, c. 1500

Timoteo, lugarteniente de Pablo, era un judío de padre griego y no estaba circuncidado. Cuando se convirtió, bajo la presión de los judíos del lugar, Pablo debió circuncidarlo con sus propias manos. Luego Pablo ya pasó de esas presiones e impuso en el seno del primer cristianismo la no obligación de la circuncisión para los conversos. Cómo es que nadie ha pintado esa escena, se pregunta Carrère. Vamos a suponer que Carabacho la pintó y un cretino, de los que abundan, quemó la tela. Por cierto, la pintura tiene mucho que mostrar —cómo no— sobre este doloroso asunto. Ribera, por ejemplo, pinta al apóstol Bartolomé con dos atributos en las manos: un libro y un cuchillo, o sea.

Y la escultura. No hay una pieza de mármol que encarne mejor el espíritu del Renacimiento que el David de Miguel Ángel. Sin embargo que cuando la estatua monumental dejaba el taller del escultor florentino para ocupar el sitio que le estaba destinado en la plaza de la Señoría le llovieron piedras. Un desnudo, pase, pero ¡uno de cinco metros! Y eso que, contra la verdad histórica, el joven rey hebreo no aparece circunciso. La explicación corriente para este contrasentido es que el canon de la representación en la época era ése.

Probablemente. Arriesgo otra, complementaria. Así como, en recuerdo de la destrucción del templo de Jerusalén, los judíos suelen dejar una esquina de cualquier obra inconclusa, Miguel Ángel, por otras razones, practicaba también la estética de lo inacabado —non finito. En este caso su manera de no acabar del todo el David fue dejarle en su lugar el prepucio.

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mardi 1 novembre 2016

Una epifanía kazaja

Vi tiempo atrás una película kazaja, Lecciones de armonía, de Emir Baigazin. La piropeé aquí: puro darwinismo social. Incluso bromeé en Twitter sobre mi afición al cine kazajo a partir de esa única experiencia.

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 Angel herido se llama la segunda de Baigaizin. Son varias secuencias de las vidas de cuatro muchachos que intentan convertirse en adultos, obligados a salir del nido y a hacerse un sitio fuera. Es el mismo asunto del primer filme, sólo que esta vez está multiplicado o divivido por cuatro historias paralelas. Jaras, el Pollo, el Sapo y Aslan tienen unas madres que los cuidan, a pesar de la pobreza en una aldea kazaja en los años noventa, tras el desplome del imperio soviético, pero esos cuidados que dan fuerzas para desplegar las alas, llegado el momento también estorban. Ese intersticio es el que explora Baigazin.

Se trata de una constante universal, el rito de paso entre la infancia y la edad adulta, aquí declinado por lo particular kazajo: el mutismo del paisaje y de las interacciones. No parece haber nadie que sonría en las dos horas que dura la película, ni siquiera en las escenas cortadas, que también las vi.

Son tópicos universales y circunstancias particulares, exóticas en este caso en relación al público al que se dirigen. Porque se trata de un puro producto Arte, hecho para los festivales europeos y su público. Puedo equivocarme, pero no creo que el público kazajo se interese por estas imágenes, o lo hará sólo en la medida en que se pregunte qué les verán de bueno en Berlín.

Las de Jaras, el Pollo, el Sapo y Aslan son historias tristes que acaban mal. Baigazin, sin embargo, sublima esas caídas icarescas en una secuencia final de un depurado kitsch, tan demagógico como bien conseguido. Uno de ellos entona en italiano el Ave Maria de Schubert, mientras los demás se recogen en su soledad compartida. Una epifanía kazaja, ya digo.

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samedi 29 octobre 2016

El museo imaginario del Nuevo Testamento

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La imagen que ilustra la portada de la versión de bolsillo du Royaume es un fragmento de La llamada de Pedro y Andrés, de Duccio di Buoninsegna, pintor toscano gótico. Una opción curiosa, porque es destacable el escaso protagonismo de Pedro en el libro, dedicado como está éste a Pablo y a Lucas.

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Según ha expuesto el propio Carrère, hay un momento en la historia de la pintura en que los personajes dejan de ser figuras idealizadas, prototipos, y pasan a ser reales, a ser retratados sobre la base de personas existentes, se entiende. Puede ser el caso de estos dos pescadores de Galilea, los hermanos Pedro y Andrés, por el gesto de perplejidad con el que acusan la llamada de Cristo, éste último sí prototípico.

La edición española opta por ilustrar con Los Cuatro evangelistas, de Jordaens, flamenco y barroco por donde lo mires.

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Se trata de una obra de juventud del flamenco que de mayor se convertió en protestante, en «evangélico» justamente, como se dice en Sudamérica (los mapuches mejoran el calificativo llamándolos «angélicos»). Donde se ve a los cuatro evangelistas leyendo y tomando apuntes, añosos ya Lucas, Mateo y Marcos rodeando a un jovencísimo Juan. Rotundos y algo empastados todos, «jordaneanos» a más no poder. Agrando el cuadro para señalar dos detalles, dos tonterías.

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 Me fijo en las manos, muy vivas e inquietas, expresando la concentración en la labor. Incluso hay una, arriba a la izquierda, que se estira para que la luz llegue sobre las escrituras. Quién es el del gesto, Lucas o Marcos, está difícil establecerlo, tanto más que para ahorrarse un modelo Jordaens los pinta casi iguales.

Carrère hace en El Reino alguna que otra referencia a la pintura e inevitablemente señala el hecho de que Lucas es el patrono de los pintores, tanto así que a la hora de pintarlo Van der Weyden se autorretrató. Pero lo más notable al respecto es que a pesar de la profusión de imágenes sacras y en particular sacadas de los evangelios, a pesar del impulso que dio a la iconofilia cristiana la contrarreforma, no todas las escenas de los evangelios están representadas.

No hay ni un Carabacho ni un Rembrandt que muestren la circuncisión de Timoteo a manos de Pablo, el exorcismo de la pitonisa, también por Pablo, o la conversión del carcelero de Filipas —apunta Carrère. Ni un puto pompeux pintó a los tesalonicences velando a sus primeros muertos, convencidos de su resurrección inminente. O la primera letra dictada por Pablo a Timoteo, que sería el momento inicial de las Escrituras. 

Una imagen que no existe es una imagen imaginaria. En alguna parte nos espera el museo imaginario del Nuevo Testamento. 

mercredi 26 octobre 2016

El campo de batalla

El teatro al que fuimos anoche a ver Battlefield me invita hoy a dar a conocer mis impresiones. 

Capture d’écran 2016-10-25 à 23

Que lo haga por las redes sociales o por mail, me propone. OK, pero será por el blog. 

Battlefield, el campo de batalla final del Mahabharata, la epopeya de la India ancestralJean-Claude Carrière, santo de mi devoción, cuenta en su Diccionario de la India que un lector tarda un año en leer el libro. La versión adaptadada al teatro, hecha por Carrière y Peter Brook, comenzaba en Avignon a la puesta del sol y acababa a la salida. La versión que vimos ayer dura sólo una hora, durante la cual se suceden las historias de los últimos protagonistas de la saga frente al campo de batalla, cansados ya de dar guerra. 

(Carrière cuenta también que al comienzo del Mahabharata dos reyes jóvenes mueren dejando dos princesas viudas y sin hijos. Vyasa, el autor, se queda sin personajes. ¿Cómo hará para continuar el poema anunciado? La única solución es que entre en su propio relato, vaya hasta el lecho de las princesas viudas y las fecunde. Sus hijos se disputarán luego el imperio del mundo y el autor será doblemente el padre de sus personajes. Una primicia en la historia de las palabras).

El Battlefield que vimos ayer es una puesta en escena minimalista para unas historias potentes. La serpiente mata a un inocente. ¿Quién es el culpable? La serpiente culpa a la muerte. La muerte culpa al tiempo. El tiempo culpa al destino. 

Un rey se despoja de sus atributos para internarse en la selva, que es a donde va un rey cuando ya no reina. Entrégaselos a los pobres, intima a su segundo. Este se vuelve hacia nosotros, los de la platea, los de las toses. ¿Es usted pobre?, pregunta, mirando a uno. Es evidente que no hay pobres en la sala. Los pobres no van al teatro a ver sagas hindúes. No, responde el primero. Tampoco, el segundo. El tercero tiene alma de actor y dice que sí.

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dimanche 23 octobre 2016

El rumor de mi nombre en la conciencia de los demás

El Reino, 1

Cantábamos con la guitarrita Por la calzada de Emaús en un momento de la misa. La canción era todo lo que había hecho por nosotros Vaticano II, el aggiornamento. Algo era, claro, pero no era lo esencial. No había sabido contarnos La más grande historia jamás contada, que era como se llamaba la película. Pero ni siquiera la película, por larga que fuese (duraba cuatro horas), había conseguido contarnos bien la historia, es decir hacer que nosotros quisiésemos contarla a nuestra vez. No sé de qué se quejan si abandonamos primero las iglesias. Y luego abandonamos los cines.

La canción decía así: Por la calzada de Emaús un peregrino iba conmigo. No le conocí al caminar. Ahora sí, en la fracción del pan. Y ahora sí, sólo ahora, no sin un poco de emoción, lo entiendo. Ese peregrino no decía ser quién era, le bastaba mostrarlo con un gesto.

Se conoce que he estado leyendo El Reino. Que es, en dos palabras, la historia de Pablo contada por Emmanuel Carrère. Yo a Pablo me lo imaginaba el Sancho Panza de Pedro, el Laurel de Hardy, el inseparable segundón. Y de eso, nada, al contrario. El primer mérito de Carrère es informativo y es que al traducir la vieja historia a la narrativa al uso en el París de hoy nos la pone en bandeja, como hacían el cura con la hostia y el monaguillo con el platillo.

Tiene otros méritos. Y algún demérito, también. He sabido de buenos lectores que abandonaron el libro en la fatídica página 33 por culpa del narcisismo desatado del autor. Haberlo comenzado por el segundo capítulo. Además que el narcisismo las da malas y buenas.

Malas, muy malas: «Hubiese querido dialogar con ese pequeño yo de hace unas semanas, que se aleja», escribe Carrère a propósito de su intríngulis existencial. Pero también las da buenas:  «Lo que (Dios) nos pide, todos los místicos concordarán, es lo que menos deseamos dar (...). Para Abraham, su hijo Isaac. Para mí, la obra, la gloria, el rumor de mi nombre en la conciencia de los demás», escribe también.

El dulce rumor de mi nombre en la conciencia de los demás. El peregrino que iba a Emaús, en cambio, ni siquiera decía quién era.

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