vendredi 28 mars 2014

Papá, cuéntame un cuento de Ionesco

Hoy hace veinte años que murió Ionesco. Tiempo antes, estuvo en Lovaina y fui a escucharlo a un auditorio abarrotado de estudiantes. Recuerdo a un señor pequeño y nada histriónico, que manejaba con destreza el pañuelo de sonarse. Tras las preguntas de rigor le pidieron que leyese algo y, en contra de lo esperado, no leyó un extracto de La Cantante calva o de otra de sus famosas obras del llamado Teatro del absurdo, sino un cuento para niños. Es decir que no ocupó un registro campanudérrimo sino que prefirió uno campanudillo, para decirlo con las categorías de mi amigo Sámuel. Compré luego el librito y lo traduje para la Josepepita, que por entonces me pedía constantemente lo que suelen pedir los niños: Papá, cuéntame un cuento.

1

CUENTO NUMERO UNO, PARA NIÑOS DE MENOS DE TRES AÑOS, Eugène Ionesco

Josefina ya es una niña grande, tiene ahora treinta y tres meses. Una mañana, como todas las mañanas, Josefina camina despacio hacia la puerta de la habitación de sus padres e intenta abrir empujándola, como haría un perrito. Josefina se pone nerviosa y llama. Sus padres despiertan, pero se hacen los sordos.

Ese día el padre y la madre están cansados. La noche anterior fueron al cine y al restorán, y después del restorán fueron al teatro. Por eso ahora están remoloneando. ¡No es muy bonito ver a sus padres remolonear!   
   
La empleada también pierde la paciencia, abre la puerta del dormitorio y dice:

—Buenos días, señora, buenos días, caballero. Aquí está su diario, aquí están las postales que han llegado, aquí está el café con leche y con azúcar, aquí está el zumo de frutas, aquí están las medialunas, aquí están las tostadas, aquí está la mantequilla, aquí está el dulce de naranjas, aquí está la mermelada de fresas, aquí están los huevos fritos, aquí está el jamón y aquí está su hija.
   
Los padres de Josefina están ahítos porque, olvidaba decirlo, después del teatro volvieron al restorán. No quieren tomar café con leche, no quieren tostadas, no quieren medialunas, no quieren jamón, no quieren huevos fritos, no quieren dulce de naranjas, no quieren zumo de frutas, no quieren mermelada de fresas (que, además, no es de fresas sino de naranjas).
   
—Déle todo esto a Josefina —dice el padre a la empleada— y, cuando haya comido, tráigala de nuevo.
   
La empleada toma a la niña en brazos. Josefina se pone a chillar pero, como es golosa, se consuela en la cocina comiendo el dulce de su madre, la mermelada de su padre, las medialunas de ambos y bebiendo zumo de frutas.
   
—Por Dios, qué tragona —dice la empleada—. Barril sin fondo, saco roto...
   
Y para que la nena no se enferme, la empleada se bebe el café con leche de los padres, se come el jamón, los huevos fritos y también el arroz con leche que había quedado del día anterior.
   
Mientras tanto, el padre y la madre han vuelto a dormirse y ahora están roncando. Pero no les dura mucho. La empleada vuelve con Josefina al dormitorio.
   
—¡Papá! —dice Josefina— …Josefina —que así se llama la empleada—, Josefina se comió todo el jamón.
   
—No importa —dice el papá.
   
—Papá —dice entonces Josefina—, cuéntame un cuento.
   
Y mientras la madre duerme, porque está muy cansada después de la francachela de la noche anterior, el padre le cuenta un cuento a Josefina.
   
—Había una vez una nena que se llamaba Josefina...
   
—¿Como Josefina? —pregunta Josefina.
   
—Sí —dice el papá—, pero no era Josefina. Esta Josefina era una nena. La madre de esta nena se llamaba doña Josefina. El padre de la nena se llamaba don Josefina. La niña Josefina tenía dos hermanas y ambas se llamaban Josefina, y dos primas que se llamaban Josefina y una tía y un tío que se llamaban Josefina. El tío y la tía, que se llamaban Josefina, tenían unos amigos que se llamaban el señor y la señora Josefina, quienes tenían una nena que se llamaba Josefina y un niño que se llamaba Josefina; la nena tenía unas muñecas… tres muñecas, que se llamaban Josefina, Josefina y Josefina; el niño tenía un amiguito que se llamaba Josefina, un caballo de palo que se llamaba Josefina y unos soldados de plomo que se llamaban Josefina.
   
« Un día la niña Josefina fue al parque con su padre Josefina, su hermano Josefina y su mamá Josefina. Allí se encontraron con sus amigos Josefina, con la niña Josefina, con el niño Josefina, con los soldados de plomo Josefina y con las muñecas Josefina, Josefina y Josefina ».
   
Mientras el papá le cuenta este cuento a Josefina, entra la empleada.

—Va a volver loca a esta nena, usted —dice.
   
Josefina le dice entonces a la empleada:

—Josefina, ¿vamos a comprar? —porque, como está dicho, la empleada también se llama Josefina.
   
Josefina se va a hacer las compras con la empleada.
   
El padre y la madre han vuelto a dormirse porque están muy cansados; por la noche fueron al restorán, al cine, de vuelta al restorán, después al teatro y otra vez al restorán.
   
Josefina entra en una tienda con la empleada y se encuentra con una nena que está con sus padres.
   
Josefina le pregunta a la nena:

—¿Quieres jugar conmigo? ¿Cómo te llamas tú?
   
—Me llamo Josefina —contesta la nena.
   
—Ya lo sé —dice Josefina—, tu padre se llama Josefina, tu hermanito se llama Josefina, tu muñeca se llama Josefina, tu abuelo se llama Josefina, tu caballo de palo se llama Josefina, tu casa se llama Josefina, tu bacinica se llama Josefina...
   
Entonces el tendero, la tendera, la mamá de la nena y todos los clientes que están en la tienda se dan vuelta y se quedan mirando a Josefina con los ojos muy abiertos.
   
—No se preocupen —les explica tranquilamente la empleada—. Así son los cuentos idiotas que le cuenta su padre.

Posté par Josepepe à 11:42 - Commentaires [0] - Permalien [#]
Tags : , ,


dimanche 26 janvier 2014

El plátano

El amigo Sámuel recuerda un reportaje donde Millás contaba cómo Zapatero se comía un plátano con cuchillo y tenedor.

Yo también me acuerdo. Y es más, me acuerdo de mi tío, que se comió su primer plátano en el barco que lo llevaba a América. Lo miró, lo olió y, antes de llevárselo a la boca, tuvo el buen gusto de esperar a ver qué hacían los otros comensales. Como muchos de ellos tenían el estómago revuelto a causa de la mar salada, dejaron su plátano en el plato y mi tío se comió un racimo. Para ser la primera vez, no estuvo mal.

Y me acuerdo de mí mismo, subido a un camión que transportaba bananas en la región platanera de un país bananero, comiendo racimos de plátanos y mirando el paisaje cubierto de plátanos. Durante años no pude ver un plátano ni en pintura.

Y hablando de pintura, me pregunto cuándo asomaría el primer plátano en un bodegón.

AGrande

Óleo de Arcimboldo

Posté par Josepepe à 00:08 - Commentaires [0] - Permalien [#]
Tags : , , ,