Declaración jurada, Rodrigo Lira, Ediciones Universidad Diego Portales, 2006.

Artemio Echegoyen, La Nación, 8 de diciembre de 2006

En el prólogo de este libro, un tal Grínor Rojo confunde nombres y crea un animal quimérico literal, aunque ese acto fallido tiene la fortuna de siametizar a dos de los tres autores (Lira, de la Fuente, Merino) de uno de los textos incluidos en esta Declaración jurada de Rodrigo Lira (1949-1981), verbigracia, el poema San Diego ante nosotros, que describe esa calle hace veintiséis años, en pleno reinado del Padrastro de Chile.

Declaración jurada
, más allá del citado poema de gestión hexaquírica, consiste en textos de Rodrigo Lira que no supieron caber, por razones físicas o morales, en su póstumo Proyecto de obras completas (1984). De notable interés sicosocial resulta la narración Declaración jurada que da título a este nuevo volumen.

Poeta paródico y a la vez original, proclive a la subversión textual y a elaborar versos no optimistas con las formas estereotipadas, oficiales y formales del lenguaje de los documentos (por ejemplo, que otras gracias tenía también), Lira continúa ―según explica Rojo―, exacerba, y les da vueltas de tuerca en burlón homenaje, a las poéticas de Parra y Lihn.

Diremos también, a riesgo de concitar repudio, que Lira era un poeta (y/o prosista) « institucional ». ¿Heraldo de las instituciones? No, para nada. Pero sí obsesionado con las instituciones (la policía, las empresas, las élites de la paupérrima República de las Letras, los medios de prensa, los institutos culturales), en la medida en que ellas dibujan un mapa de la sociedad ―del universo― y acogen o rechazan al individuo, cuya identidad definiríase en relación a ellas.

Una lectura desprejuiciada de estos textos liraicos (líricos y prosaicos) puede iluminarnos. Acaso como Kafka, este desconcertante poeta de la Ñuñoa de los últimos 70 añoraba, sabiéndolo o no, una aceptación institucional, antropológicamente hablando, y ello reflejábase, paródicamente, en su escritura. Su obra era, entre otras cosas, una inútil revuelta contra la marginalidad que lo caracterizaba.

Sus textos a menudo interpelan a la « autoridad », llámese ésta director del Artes y Letras, el poder sin cara o, cada cosa en su contexto, otros poetas de algún modo « reconocidos », como Lihn y Zurita. Los interpela y se ríe de ellos con melancólico, y a la vez autodestructivo, sarcasmo. El poeta, lúcidamente, se sabe lucido: no será « acogido », y, si acaso, tan sólo post-mortem (como autor « de culto »), tras abandonarlo todo, con macabra y petroniana elegancia, en diciembre del 81.