Esta mañana tenía que devolver un coche de alquiler y me encontré con que el sitio donde debía dejarlo estaba bloqueado por una de esas barreras abatibles que bloquean los estacionamientos. Me bajé, acerqué la tarjeta a la barrera y la moví por los cuatro costados. Como no reaccionaba, le hablé golpeado. Pero no se movió. En ésas estaba cuando pasó por allí un señor con su hijo y se compadeció de mi suerte. Se acercó y reprodujo más o menos los mismos gestos que yo había hecho, con idéntico resultado, hasta que desde la distancia escéptica en la que se había instalado su hijo nos gritó: «La llave».

¿Qué llave? Ah, la llave. La barrera escondía por un costado un minúscula cerradura y junto a la llave del coche había otra llave pequeña que la abría.

Tuvo que ser un milennial el que nos puso al tanto: las cerraduras no siempre abren con tarjetas, a veces abren con llaves.

Es una anécdota de poca monta y no vale extrapolar nada a partir de ella. Pero es lo me ocurrió esta mañana y por eso lo cuento aquí.