dimanche 6 novembre 2016

El prepucio

El Reino, 3

Pedro y Pablo firmaron en su momento un particular tratado de Tordesillas. Pedro se ocuparía de los judíos, el punto de salida del cristianismo, y Pablo de los gentiles, su punto de llegada. Tal vez estaban de acuerdo en que el cristianismo transformaría a la cultura grecorromana penetrándola. La cuestión que los separaba era si esa penetración debía hacerse con o sin prepucio.

La alianza entre Dios y los hombres, corazón del judaísmo, fue sellada bajo la condición de la circuncisión. Abraham debió circuncidarse a sí mismo para luego circuncidar a su descendencia. Griegos y romanos, en cambio, juzgaban esta práctica bárbara. Antíoco Epífanes, rey griego de Siria, llegó a prohibirla, y el emperador Adriano hizo lo propio tres siglos después.

La circuncisión pasó así a ser una piedra de toque. Para los judíos, sojuzgados por Roma y rodeados de griegos, la circuncisión era la condición que les evitaba, creían ellos, ser asimilados por el paganismo grecorromano. Tanto más que algunos judíos romanizados se descircuncidaban. 

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Bellini, Circuncisión de Jesús, c. 1500

Timoteo, lugarteniente de Pablo, era un judío de padre griego y no estaba circuncidado. Cuando se convirtió, bajo la presión de los judíos del lugar, Pablo debió circuncidarlo con sus propias manos. Luego Pablo ya pasó de esas presiones e impuso en el seno del primer cristianismo la no obligación de la circuncisión para los conversos. Cómo es que nadie ha pintado esa escena, se pregunta Carrère. Vamos a suponer que Carabacho la pintó y un cretino, de los que abundan, quemó la tela. Por cierto, la pintura tiene mucho que mostrar —cómo no— sobre este doloroso asunto. Ribera, por ejemplo, pinta al apóstol Bartolomé con dos atributos en las manos: un libro y un cuchillo, o sea.

Y la escultura. No hay una pieza de mármol que encarne mejor el espíritu del Renacimiento que el David de Miguel Ángel. Sin embargo que cuando la estatua monumental dejaba el taller del escultor florentino para ocupar el sitio que le estaba destinado en la plaza de la Señoría le llovieron piedras. Un desnudo, pase, pero ¡uno de cinco metros! Y eso que, contra la verdad histórica, el joven rey hebreo no aparece circunciso. La explicación corriente para este contrasentido es que el canon de la representación en la época era ése.

Probablemente. Arriesgo otra, complementaria. Así como, en recuerdo de la destrucción del templo de Jerusalén, los judíos suelen dejar una esquina de cualquier obra inconclusa, Miguel Ángel, por otras razones, practicaba también la estética de lo inacabado —non finito. En este caso su manera de no acabar del todo el David fue dejarle en su lugar el prepucio.

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vendredi 19 août 2016

Las paridas

4

Mirando vírgenes en Burgos, me acuerdo de la Virgen de las Paridas. Lorca cuenta en «Mi pueblo» que la fachada de la iglesia de Fuentevaqueros la coronaba ella, la Virgen de las Paridas.

Busco y encuentro una única referencia a una Virgen de las Paridas en Cáceres. Sin imagen. Una virgen sin su estampa, no puede ser. Pido ayuda y Tse me la da.

Se trata de la Virgen de la Purificación. Las madres recientes, las paridas, debían ir al templo a purificarse cuarenta días después del parto. Un viejo rito judío. 

Cuando la virgen llega a cumplir con el rito, a la entrada del templo la reciben Ana y Simeón, dos viejos que se niegan a morir sin haber visto antes la luz de la esperanza. Y la ven, claro que la ven.

MantegnaPresentazione

Lo muestra la imagen que pintó Mantegna en 1460 (arriba). Imagen que retoma poco tiempo después Bellini (abajo), agregando a la vieja pitonisa Ana, a la izquierda, y agregándose a sí mismo, a la derecha junto a Mantegna, que ya se había pintado a sí mismo a la derecha del primer cuadro. (Se da la circunstancia que Mantegna se había casado con la hermana de Bellini y ambos pintores eran cuñados).

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Andando la vida, Bellini llegó a ser tan viejo como Simeón y en sus últimos años volvió sobre la escena (abajo).

simeon_ana_04

Las diferencias entre ambas representaciones son tales que ambos cuadros no parecen haber sido pintados por la misma persona. En el primero, Bellini se limita probablemente a copiar el cuadro de su cuñado, firmando su versión por la vía de agregar su autorretrato. Cuando pinta el segundo, ya lo había pintado casi todo y le habrá apetecido volver sobre sí mismo.

Las diferencias, digo. Apunto a una sola, para no aburrir: el primer Siméon es un viejo visto por un joven. El último, en cambio, es un viejo visto por sí mismo. 

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