mercredi 14 octobre 2015

El ombligo pintado

Fragonard, y 3

«Je peindrais avec mon cul», habría dicho una vez Fragonard. Esto se puede entender de varias maneras. Pintaría a como diese lugar. Pintaría si no tuviese pinceles, incluso si no supiese pintar. Y también, literalmente, pintaría con todo mi ser, con mis partes pudendas, o sea. Pintaría de la cintura para abajo. O en el límite mismo de la cintura, como en este grabado de Fragonard, que ilustra un libro de La Fontaine, en el que el pintor pinta el ombligo de la modelo.

Durante siglos, pintores y espectadores se valieron de las aventuras de los dioses y semidioses grecorromanos y de las vidas de los santos cristianos para pintar y contemplar rabos y rabadillas. Hasta que llegó el día, bendito día, más o menos por los días de Fragonard, en que la anatomía humana pudo pintarse y observarse per se

No duró mucho esa edad dorada. Por la vía de la reproducción mecánica, pronto rabos y rabadillas saltaron a la páginas de los libros ilustrados, a los tabloides, a los calendarios. Entonces los pintores en lugar de pintar con el culo, como quería Fragonard, pasaron a pintar como el culo, cuando no dejaron derechamente de pintar.

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lundi 5 octobre 2015

Los perrillos

Fragonard, 2

Fragonard era bajo de estatura. Se casó con una mujer alta y fuerte, en todo diferente a las modelos del pintor. A su mujer la usó también como modelo, pero poco. En sus cuadros no abundan las personas feas. A pesar de ser meridional como su marido, la mujer de Fragonard tenía un tipo flamenco y un espíritu práctico. Era también hábil miniaturista. El pintor la llamaba «mi cajera» y dejó el negocio en sus manos. Y gracias a ella, pudo pudo permitirse algunos lujos. El principal, pintar lo que le daba la gana y desechar encargos latosos. A Fragonard le gustaba pintar muchachas y perrillos. No entendía yo tanto apego que algunas personas tienen con sus perrillos. Fragonard lo explica estupendamente.

Jean-Honoré-Fragonard-(1732Jean-Honoré_Fragonard_019

 

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samedi 3 octobre 2015

El pestillo

Domingo de otoño en el Jardin de Luxemburgo, en París. La multitud se despliega como si estuviera en el salón de su casa. Se leen novelas, el diario, el tablero del scrabble, se hacen selfies junto a la fuente de los Medici. Los niños juegan a acumular castañas. 

A dos pasos de allí, la exposición Fragonard. Dudo si entrar o no, así es que entro. «En París, en medio de esos marquesillos, me siento pesado», decía Claus. Por mi parte, quiero ver cómo me siento en medio de esas marquesillas que pintaba Fragó justo antes de las pasaran por la guillotina.

Allí están sobre los muros. Naricillas, pezoncillos, sexos imberbes, cachetes sonrosados en caras y culos. Todo en tonos pastel de crema —bocado-rosa-celeste—. Decoración de tocador, entre muebles lacados y divanes. Cialis para amadores pudientes y potencialmente impotentes. 

Y allí en medio de esas naderías, quién lo diría, un chef d'oeuvre.

Jean-Honoré_Fragonard_009

Dos gestos cuentan la historia de la escena.

El del hombre es unívoco, como la fuerza que lo levanta sobre sus pies para echar el pestillo.

El de la mujer es ambiguo, porque su cuerpo se despliega y se repliega a la vez, su apertura se combina antagónicamente con el apartamiento de su cabeza. Lleva una mano a la cara del hombre como si quisiese apartarlo y alza la otra tras el brazo masculino no se sabe si para empujarlo a echar el pestillo o para retenerlo. Para que la escena tenga o no tenga lugar.

Porque el famoso pestillo es una doble llave que cierra la puerta a los testigos por detrás del cuadro, mientras que lo abre por delante para los espectadores.

Bueno, y tanto más: la continuidad de las telas, la manzana sobre la mesa, las flores por el suelo...

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