samedi 30 mai 2015

Corre que te pilla Sorrentino

Vemos Mahler, de Ken Russell. Vida y obra del austriaco decoradas según los tópicos de cierta psicodelia al uso en el Londres de comienzos de los años setenta.

De Russell vi años atrás Tommy, de los Who, y una biografía de Chaikovsky. A cuál de las dos mayor mamarracho. Me temía lo peor con ésta sobre el austriaco y así no más es, mamarracho consumado. Y sin embargo, tratándose de Mahler, genio absoluto de la música fin de siècle, católico converso para alcanzar el puesto de director de la Opera de Viena, marido contrariado y padre funesto, la vemos hasta el fin. Su música, que es ilustración de sí misma, aguanta cualquier engendro visual que le caiga encima.

Tenía a Russell por el rey del kitsch cultureta. Corre que te pilla Sorrentino.

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lundi 28 juillet 2014

La buena, la mala y la fea

Más cine.

Las mejores intenciones, la vida de Ingmar Bergman desde que sus padres se conocen hasta que el cineasta nace. Suena raro esto de contar la vida de alguien antes de nacer, pero el resultado se consigue contando la historia de la familia. No sería simple ser el hijo de un pastor luterano iconoclasta en el norte sueco y convertirse en un gran hacedor de imágenes. Bergman escribió el guión y el filme lo dirigió el danés Bille August. El relato es lineal y su factura impecable. Las palmas de oro que se llevó en Cannes 1992 -a la mejor película y a la mejor actriz, Pernilla August, en el papel de la madre de Bergman-, parecen muy merecidas dos décadas más tarde.

Otra cosa acontecerá dentro de veinte años, creo yo, con La Gran belleza, el filme de Pablo Sorrentino, muy premiado en 2013. La propia encargada de la mediateca de mi pueblo me tendió el DVD diciendo: grand film. Y no creo que una película tan fatua aguante bien el paso del tiempo. Confieso, eso sí, que aguanté sin moverme del asiento las dos largas horas que dura, no me dormí, ni me ahogué en bostezos. Porque el filme está hecho sobre la base de una estética publicitaria y abunda en guiños culturetas, fellinismos y allenismos comprendidos. Tiene, así, todo para atrapar la atención. Y le sobra pretensión, por lo que derrocha kitsch. Le doy la razón al amigo Sámuel que hace unos meses la calificó de mejunje infumable.

Esas eran la buena y la mala. La fea es Post mortem, de Pablo Larraín. Que es, también, a su manera, buena y mala. La autopsia de Allende la firman dos médicos conocidos y una tercera persona, un tal Mario Cornejo. La pregunta del filme entonces es ésta: quién es Mario Cornejo, el funcionario de la morgue que transcribe los resultados de las autopsias. Post mortem nos lo presenta enamorado de su vecina, una bailarina del Bim Bam Bum, un cabaret del centro de Santiago. Los diálogos entre Mario y la vedette son tal vez lo mejor del filme, en el registro del cine que hacía por entonces Raúl Ruiz. Hay unas cuantas imágenes que suenan justas, también. Pero no es difícil entender que cadáveres acumulados y autopsias en cadena compongan un cuadro inevitablemente feo.

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