mercredi 17 juin 2015

Uno de Stevenson

Se han puesto de moda las bookbox y las givebox. Surgieron en la calle pero ya las han adoptado los centros comerciales. En el de mi pueblo han instalado una bookbox tamaño librería con estantes y sillas. Allí me hice con dos tomos de la Enciclopedia británica de 1968. En la acera de enfrente instalaron una givebox con libros, discos y adornos. A los pocos días alguien se llevó la caja y dejó los libros adornando la acera.

También en la web la lectura está desparramada por el suelo. Unos fondos de editoriales desaparecidas - fantasmas que desfallecían echados en unos predios oscuros- se pueden leer ahora a la luz de las pantallas, sin costo aparente. No sorprende que cierren las librerías o se conviertan en tiendas de cosméticos.

Pero lo que iba a decir es que me he leído un cuento largo de Stenvenson, Olalla. Transcurre en España, pero es perfectamente escocés, salvo tal vez por el matiz moreno de la piel de los hermanos de la historia, por alguna insinuación sobre el paisaje, por un trasfondo impreciso en las formas de la familia descrita. Es soberbio, como todo lo de RLS, aunque tal vez el final ofrezca menos de lo que dejaban esperar el inicio y el clímax.

Compré el ejemplar por 1,50 euros en la librería inglesa y encontré luego una traducción en un archivo mejicano abierto. Una vieja edición con numerosas erratas pero mayormente decente, una traducción algo ñona que se deja leer, placenteramente incluso. Escucho, sobre todo desde Iberoamérica, reclamos de traductores según los cuales habría que poner la literatura extranjera en la lengua en que hablan los lectores contemporáneos. Entiendo la exigencia y la comparto en parte, pero tampoco se trata de privarse del placer y del saber que traen las viejas traducciones. También porque viejos suelen ser en su lengua los propios textos vertidos.

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vendredi 7 août 2009

Un cuarto lleno de espejos

Cuarto

M
’Naughten había llegado a Boston procedente de NY en compañía de un camarada. Eran dos vivalavirgen, como los llama RLS en El Emigrante por gusto, y se pasaron el día de parranda hasta que dio la medianoche y comenzaron a buscar alojamiento. A eso de las dos, fatigados y abatidos, después de un largo rodeo se encontraron en la misma calle por la que habían comenzado sus pesquisas, delante del mismo hotel a cuya puerta ya habían llamado, sin resultados. Al ver que estaba abierto, volvieron a la carga. El dependiente les dio la bienvenida de modo más caluroso que la primera vez y así descubrieron complacidos que el precio de la noche había disminuido de un dólar a un cuarto.

En la estancia había un camastro, una silla y dos cuadros enmarcados, uno a la cabecera de la cama y otro enfrente, a los pies, y ambos estaban acortinados, como a veces sucede con las acuarelas de gran valor, los retratos de los difuntos o ciertas obras de arte de tema un tanto escabroso. Tal vez con la esperanza de hallar algo de esta índole, M’Naughten retiró la cortinilla del primer cuadro y se llevó una sorpresa morrocotuda al comprobar que allí no había ningún cuadro.

Lo qué había detrás de la cortinilla, el lector lo adivina, eran tres mirones. Por un instante, cuenta RLS, esas cinco personas (los tres mirones y los dos mirados) se miraron a los ojos, tras lo cual M’Naughten y su amigo cerraron púdicamente la cortinilla, salieron de la estancia, renunciaron a la idea de encontrar cama y caminaron por las calles de Boston hasta el amanecer.

De ocurrir hoy la escena, en lugar de cuadros acortinados habría un espejo de aquellos que devuelven la imagen del que mira al mismo tiempo que ocultan la mirada de quien está del otro lado del muro. Eso, o cámaras diminutas que conectan con pantallas gigantes donde se reproducen imágenes de alta definición, tal como hace una serpiente cuando se traga un huevo de paloma y defeca o devuelve un enorme huevo de avestruz.

A este respecto, MTP me cuenta una historia de su acervo. Se encontraba cierta vez recién transplantado a París, en pleno invierno, sin medios, sin esperanza casi, cuando se dio de bruces en una esquina con una rubia espléndida que lo invitó a cenar ricas viandas, le dio interesantísima conversación y, como si no bastasen tantas prendas, se lo llevó a un hotel en Pigalle. Una vez en este, y en cuanto MTP hubo cumplido con su cometido, se tendió en el cama a fumar y así pudo reparar en unos espejos que cubrían la parte alta de la estancia, detrás de los cuales creyó oír un ruido de sillas y un murmullo de espectadores que se retiraban después del espectáculo.

Qué más puede pedir el narcisismo especular al uso y la mímesis desatada: espejos transparentes que permiten simultáneamente verse y ser visto y cámaras que son pantallas e inversamente. Con todo, por más vueltas y revueltas que le demos al asunto, por más que nos adentremos por la conceptualidad de la problemática y sus múltiples recovecos, al cabo de lo andado volveremos a encontrarnos frente a la presencia inmóvil del mirón asomando fuera de la caverna.

Niño aún, JMC se preguntaba: ¿Qué más se puede hacer con las piernas, aparte de devorarlas con los ojos?

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RLS: Robert Louis Stevenson, «El Emigrante por gusto», traducción de Miguel Martínez Lage
MTP: Mi tío Pepe
JMC: John Maxwell Coetzee, «Infancia», traducción de Juan Bonilla.

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