Hizo frío al final del invierno. Pasó marzo, siguieron abril y mayo y el frío no cedía. El combustible se encareció y comenzó a escasear. Los vuelos al hemisferio sur iban llenos y los pasaportes de los países australes se vendían a precio de oro.
También hizo mucho frío al final del invierno austral. Pasó septiembre, siguieron octubre y noviembre y el frío no cedía. El combustible se encareció y comenzó a escasear. Los vuelos al Caribe iban llenos y los pasaportes de los países ecuatoriales se vendían a precio de oro.
Así hasta que comenzó a hacer frío en la región ecuatorial…
Dos días después haber leído un libro ya cabe preguntarse si se acuerda uno de algo.
Me acuerdo de unas cuantas cosas que aparecen en los Apuntes de Romero y apunto tres que ignoraba.
En los Cien sonetos de amor, de Neruda, sólo hay un soneto. No sé qué tardan los editores en ponerlo en el mercado con una faja que diga en letras rojas: «Encuentre el único soneto».
En sus primeros años, el himno nacional de Chile tenía letra pero no música. Para cantarlo, había que echar mano de la música del himno argentino. También podrían haberlo casado con el himno de España que, como se sabe, tiene música pero no letra.
Pedro de Oña, el poeta más antiguo de los citados en estos Apuntes —el más bisoño es Merino— rimó en su día Parnaso con gallinazo. Lo que hace decir a Romero que a comienzos del XVII ya se había igualado en Chile la pronunciación de la ese y la zeta. Y no. En el XVII todo quisque metía eses y zetas al tuntún.
Los queridos viajeros me trajeron los «Apuntes» de Romero.
Anécdotas y citas encadenadas, siguiendo una lógica implícita. Con ese método de composición se podrá escribir al menos otro par de libritos, por lo que espero que «Apuntes 2» ya esté a medio camino de la imprenta.
Romero se vale muy poco de las comas, un recurso parriano naturalizado ahora en las redes. Prefiere el punto aparte, con el que marca un tiempo de espera y crea cierto efecto sorpresa. También, y esto es más sustantivo, opina por la vía de la selección y el montaje. Como en el caso de los versos que le dedicó Zurita a Lagos la noche de su triunfo electoral, seguidos al año siguiente por la recepción del premio nacional.
También hay una jerarquía explícitamente establecida sobre la base del número de apariciones contabilizadas en el índice onomástico. En el que «mis poetas» quedan bastante bien ubicados.
La portada es una lámina de Gay en la que unos huasos del XIX apalean a unos cóndores, valiéndose de la treta de dejarles una carcasa de animal al alcance. Habiendo carroña, los cóndores comen tanto que luego no consiguen levantar el vuelo, momento que aprovechan los huasos del XIX para arrearles una somanta de palos. Con eso te digo todo.
Iba de noche en autobús al sur. Se echó encima la chaqueta para dormir un rato. Cuando despertó sintió un poco de frío. Le habían robado la chaqueta.
Se lo recordé días atrás, hablando del año que vivió en Chile. Ese robo no fue nada, me dijo. Espera a que te cuente éste. Mi novia se iba de viaje y fui a despedirla a la Estación central de Santiago. Nos abrazamos al pie del vagón. Sabiendo cómo las gastan, tuvimos buen cuidado de poner la maleta entre sus piernas y las mías. El abrazo fue intenso y emocionado. Cuando nos separamos la maleta había desaparecido.
Este 2018 se cumplen cien años de la muerte de Debussy. A mí Debussy me cae bien porque gracias a él un día me fue bien en la vida. Yo era un jovencísimo postulante al conservatorio. Pero no era el único, por lo que había que pasar por una exigente entrevista con la dirección del conservatorio en pleno. ¿Qué música le gusta a usted?, me pregunta a boca de jarro la directora. Para mí la música comienza con Debussy, contesto. Está aceptado, me dice. Llevo entrevistados a doscientos candidatos y a todos les gusta la música barroca.
Wonder Wheel, la última y quién sabe si postrera película de Woody Allen. Por encima es colorida como una feria de diversiones y por dentro negra retinta.
Sobresale el personaje de Kate Winslet, una Bovary de teatrillo y carrusel con su marido simplón, su amante salvavidas, su hijastra cenicienta y su retoño pirómano. Cuando se trata del amor, resultamos ser nuestro peor enemigo, dice.
Wonder Wheel tiene un doble morbo añadido: ¿dirán algo estos personajes y sus aventuras sobre las aventuras y desventuras del cineasta? Un dramaturgo incipiente se enamora simultáneamente de una mujer y de su hijastra y a pesar de que intenta ser sincero con ambas no consigue desactivar el drama...
Tal vez sea la última película de Allen, decíamos, puesto que no está clara la suerte que correrá la que ahora filma. Allen ha dicho repetidas veces que no ve sus películas, ocupado como está filmando continuamente. Si acaba por ser la última de la serie, La rueda de las maravillas ya detenida será la primera que Allen tendrá tiempo para ver.
En Zaventem, el que me queda más cerca, las llegadas están en la planta baja y las partidas en el primer piso. Un piso para las despedidas, el otro para las bienvenidas.
Tengo visto y resentido que la emoción de la bienvenida es abierta y breve, mientras que la de la despedida es demorada y contenida. «No somos para despedirnos», me dijo una vez Joaquina y lo recuerdo cada vez que hay que pasar por el trance.
Para muchos, el aeropuerto no es más que un lugar de tránsito, un espacio para reuniones, un supermercado. Bienaventurada la gente que vive alegremente la vida al ritmo de los vaivenes. Me gustaría ser como ella pero yo no soy para despedirme.
Una tarde acabé de leer un libro, lo cerré, y puede ser que para combatir esa especie de pena que asoma cuando uno se separa de un buen libro, encendí la tele. Una película comenzaba, de la que ya habían quedado atrás los créditos. Reconocí en seguida el relato que yo acababa de leer, a pesar de que no eran imágenes descriptivas ni tampoco eran exactamente las imágenes que yo había «visto» mientras leía el libro.
Viene esto a cuento de que Coetzee cuenta en Infancia cómo eran sus padres, su casa y sus compañeros de curso, y sus lectores pusimos unas formas visuales a ese relato echando mano a imágenes de nuestro propio repertorio. Así hasta hace poco, porque últimamente alguien encontró en Ciudad del Cabo una caja con viejas fotos que tomó Coetzee cuando adolescente y en ellas podemos ver ahora esas escenas de una vida de provincias que el novelista había puesto por escrito.
Debo decir que no son muy diferentes a como las había imaginado. El colegio es tal como supuse —y en esto no tengo mérito ninguno, porque es igual a como era mi propio colegio—, el desierto de Karoo y la playa de Strandfontein, también. Sus padres, en cambio, eran más guapos y el niño John parece más triste y menos agraciado que la figura que yo me representé. Esto último se explicará por el cariño que le tengo.
El día deja paso a la noche lentamente por los días en que llega el verano. Cuando llegamos a vivir a esta casa, D era un niño y la calle estaba rodeada de campo. Así es como en ese intervalo entre el día y la noche y entre el campo y la ciudad íbamos a mirar al zorro y los conejos.
El zorro asomaba por su madriguera y echaba un vistazo a la ladera, a ver cómo corrían los conejos. Y para nuestra sorpresa, no los atacaba. D me preguntaba por qué y yo improvisaba unas respuestas. Porque sopla viento norte y los conejos están del lado sur y el zorro no los huele. Porque el zorro destripó una bolsa de basura, tiene la panza llena y le da pereza correr. A veces incluso le contaba retazos de un libro que me regaló una gringa cuando joven, un bestseller entre los hippies.
De tanto en tanto vuelvo a ese lugar y me pregunto qué será del zorro y los conejos. Y me digo que se han ido a vivir a una ladera donde un padre con su hijo los miran en los anocheceres de verano.
Speech after long silence; it is right, All other lovers being estranged or dead, Unfriendly lamplight hid under its shade, The curtains drawn upon unfriendly night, That we descant and yet again descant Upon the supreme theme of Art and Song: Bodily decrepitude is wisdom; young We loved each other and were ignorant.
1929
DESPUES DE UN LARGO SILENCIO
Después de un largo silencio hay que hablar / Todos esos amores idos o muertos / El telón ha caído sobre la noche hostil / Y la luz adversa se esconde en su sombra / Mientras cantábamos una y otra vez / Al supremo asunto del arte y del canto. / La vejez del cuerpo es sabia. / Cuando jóvenes nos amábamos ignorándolo todo.
No soy yo muy de whatsapps y sé que me estoy perdiendo los chistes sobre los mozos que subieron al Angliru en una noche de tormenta calzados con playeros.
Lo cierto es que la amplitud del cambio climático y antropológico operado en dos generaciones ya es tal que hace que un grupo de muchachos viendo cómo arrecia el temporal tiren pal monte vestidos con ropa deportiva. Y cuando no pueden seguir ni dar la vuelta, aprieten un botón para pedir que alguien suba a rescatarlos.
Yo me acuerdo de mi viejo abriéndose paso en la nieve a punta de pala para ir a la escuela o a recuperar un jato perdido y de la manera como hablaba del monte, no digamos ya de la noche en el monte, y me digo que a estos mozos alguien se olvidó de contarles algo. Porque la nieve que cae es la misma nieve que vuelve a caer, antes cuando 2+2 eran cuatro y ahora que 4x4 ya son dieciséis.
Mi abuelo era paralítico. Una vez le pidieron que contase una historia sobre su maestro. El se puso a contar cómo el santo Baal Schem acostumbraba a saltar y a bailar cuando rezaba. Al contar la historia, mi abuelo se puso de pie, la narración lo arrebató sobremanera y, sin darse cuenta, se puso a saltar y bailar como hacía su maestro. Así fue como se curó de la parálisis. Y así es como se cuenta una historia.
Los años se suceden y no siempre son iguales y así es como hoy se cumplen 68 años del nacimiento de Rodrigo Lira y 36 de su muerte. Treinta y seis en francés coloquial quiere decir «ene», cualquier cantidad.
Este 2017 ha traído la novedad de la publicación de una biografía de Lira, escrita por Roberto Careaga. Lira no escribía propiamente libros sino textos con formato variable en función de la circunstancia. Pero es comprensible que para dar a conocer su obra y su vida el libro pase a ser el formato socorrido.
Sobre Lira también se escriben textos académicos, sesudos engrudos que a veces incluso resultan ser plagios de textos académicos anteriores.
Lira se burlaba de los formatólogos y demás cuadrilla de impostados loros, caterva que incluye naturalemente a los plagiarios, quienes se pliegan al formato de la peor de las maneras, reproduciéndolo acríticamente para obtener una mera ventaja instrumental.
Este texto poco conocido de Lira, de 1979 ó 1980, publicado en La Bicicleta, va por esa vía y se llama justamente LA VÍA UNIVERSITARIA PARA RESOLVER LOS PROBLEMAS.
En el Sacrificio de Isaac, tal como lo pintó Carabacho, puede verse que el hijo resiste a la mano de Abraham, su padre o, al menos, no muestra la proverbial aceptación del relato bíblico.
Sobre la base de esa imagen, el protagonista de El hijo de José, la película de Eugène Green, imagina una transgresión radical que consiste en invertir los papeles y poner al hijo a levantar la mano contra el padre. Como Abraham, el joven protagonista acepta acercarse al abismo y, al hacerlo, pone a Dios de su parte.
Otras referencias puntúan el relato. El Cristo muerto de Philippe de Champaigne, de 1654, en cuya posición, más o menos, el protagonista descubre la cretinez de su padre.
Y el San José carpintero, de de La Tour, de 1642. «José no es el padre de Jesús», le dice frente a esta tela el protagonista al padre sustituto que se ha echado. «Sí —responde éste—. Es por su hijo que José se convierte en padre».
Todas las referencias de este Hijo de José, como se ve, de la intención refinada y ornamentada del autor a la prosodia de los actores, vienen del barroco. El resultado es desigual y, según quien lo mire, lo sublime —la belleza de la madre del protagonista, el esfuerzo empresarial del muchacho que se mata a pajas para vender su semen en internet— puede codearse con lo ridículo, como un paseo en burro por una playa normanda.
No hay más películas sobre Van Gogh que cuadros de Van Gogh, pero las habrá. Anoche volví a ver el Van Gogh de Pialat y qué gran película. A ver si me explico después.
Por ahora, esta escena sobre un cuadro menos conocido del holandés, el retrato del tonto del pueblo. De haber tenido dos céntimos, el tonto del pueblo hubiese sido el primer comprador de un cuadro de Van Gogh. Como no los tenía, se lo llevó gratis.
Más adelante en el mismo filme el hombre reaparece para preguntarle al pintor por qué no le pintó la otra oreja.
El caso de Manu es grave. Se pone así porque Cristina Fandango deja un comentario. Mi caso, en cambio, es leve. Me pongo así porque Cristina Fandango no deja un comentario.
En un programa de radio en 1981, el admirable Perec propuso una lista de cincuenta cosas por hacer antes de morir. Cruzar el meridiano cero en el Pacífico para cambiar de día en pleno día. Ir de Uarzazate a Tombuctú en 52 días montado en un camello, el tiempo que tardó Stendhal en escribir La cartuja de Parma. Beber ron rescatado de un naufragio —como hizo uno de mi pueblo, el capitán Haddock.
Supongo que estos desafíos buscan retardar la inminencia del viaje definitivo. Perec moriría pocos meses después, a los 45 años, y no lo sabía al momento de establecer la lista.
Así que me pongo desde ya a hacer mi propia lista. O más bien me propongo ir haciéndola y deshaciéndola, a ver si así dura algo más la entretención.
1. Jugar en la selección y marcar el gol decisivo.
2. Estudiar historia del arte y saltarme los capítulos malos.
3. Volver a vivir una hora de un día sábado de hace muchos años.
4. Caminar entre Conques y Cahors y luego entre Cahors y Rocamadour o Montauban.
5. Entrevistar a John Maxwell Coetzee y preguntarle por qué va cada año a Chile.
6. Navegar desde Valparaíso a Montevideo y vice versa.
7. Avistar la isla de Delos desde la cubierta de una embarcación.
8. Ir del Cabo de Gata al Finisterre andando.
9. Ordenar la bodega y encontrar algo perdido y olvidado y muy querido.
10. Ir desde mi casa hasta la boca del Guadalquivir por la línea divisoria de las aguas.
Es fácil para quien lo conoce por dentro burlarse del arte moderno. Y supongo que tampoco es difícil para quien la conoce bien burlarse de la sociedad sueca. The Square se burla del arte moderno y de la sociedad sueca a veces magistralmente, aunque para lograrlo tenga que activar una y otra vez el mecanismo de la disrupción de lo freak en la normalidad socialdemócrata.
Con todo, hay dos o tres cuadros muy conseguidos—el del condón es ciertamente uno. La factura es impecable. La Palma de oro no la regalan.