Tres días en Luxemburgo

Luxemburgo tiene la forma de un zapato chino, al interior del cual el borde nunca está lejos. Mis tres días en Luxemburgo comprendieron vueltas y pirivueltas por cuatro países, Francia, Bélgica, Alemania, además del mentado Gran Ducado.

El primer día de viaje fue rimbaldiano. Creía que Charleville sería fea y estaría deprimida, tal es la mala fama que tiene el noreste francés. Y no, o nunca tanto. La plaza ducal es admirable de armonía. A dos pasos de allí, al borde del vigoroso río Mosa, el viejo molino está convertido en museo Rimbaud, tanto como la casa donde vivió Rimbaud está también convertida en museo Rimbaud. Todo es Rimbaud en las inmediaciones, la panadería Rimbaud, la librería Rimbaud, la peluquería Rimbaud.

A los quince años se fugó Rimbaud de Charleville por primera vez, lo atraparon y volvió a fugarse en seguida y no dejó de huir de Charleville incansablemente en los veinte años que le quedaban de vida, a pie, en tren, en diligencia, como fuera, a como diera lugar, como pudiera. Es difícil encontrar a alguien que haya maldicho a su ciudad de manera tan elocuente como lo hizo Rimbaud, a su ciudad y a sus provincianos burgueses.

Y la paradoja rimbaldiana, la parajoda del poeta maldito, es que son esos odidados burgueses de Charleville, a quienes Rimbaud quería hacer polvo, ellos mismos o sus descendientes, quienes han hecho polvo a Rimbaud. Y lo venden tan estupendamente.

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Cartel de Ernest Pignon Ernest (fragmento)

(Dos días después pasamos por Vianden, donde vivió en su exilio luxemburgués Víctor Hugo. Y ya de regreso en Bélgica, por Verlaine. Pero no quisimos entrar ni en uno ni en otro. Los poetas franceses, de a uno por fin de semana.)

Ô mon bien, ô mon beau...