(Tres días en Luxemburgo, 2)

Cincuenta espléndidas ciudades andó Rimbaud, según los que saben contar. Los nombres de esas ciudades están alineados en la puerta de la que fue la casa de Rimbaud y ahora es uno de los museos que le están dedicados en su ciudad. [Recuerdo, por mi parte, haber listado también cuando tenía su edad las ciudades recorridas, pero en mi caso (en mi casa) creo que sólo eran 49].

La casa-museo de Rimbaud en Charleville no tiene cincuenta habitaciones, de manera que se concentra en las principales. Charleville, por cierto, París, Bruselas, Londres, Adén, Harar... La propuesta del museo es simple, muros encalados y suelos entablados, planos en el suelo y en el muro imágenes.

Rimbaud, ya está dicho, detestó intensamente Charleville, a la que llamaba Charlestown (Ma ville natale est supérieurement idiote entre les petites villes de province). Diez años después de su muerte, en 1901, las autoridades de Charleville, sintiendo probablemente una forma de culpabilidad retrospectiva y sabiendo, sobre todo, que en el futuro habría que contar con el personaje, quisieron recuperar el tiempo perdido y erigieron un busto de Rimbaud en la plaza de la estación, frente al café El Universo. Un busto dedicado no al escolar escandaloso ni al poeta de Las Iluminaciones, sino al explorador en África. A la avanzadilla de la civilización ardenesa. Un busto esculpido por el cuñado de Rimbaud, que el ejército alemán no demoró en desmontar durante la Primera Guerra.

Después de todo, a falta de ocupar Adén, o Harar, o cualquier otra de las cincuenta espléndidas ciudades, los alemanes sólo habían ocupado Charlestown.

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