Le hacemos caso a Coetzee y vemos Le Temps qui reste, de François Ozon. ¿Qué hace un hombre de 30 años cuando se entera de que le quedan tres meses de vida? Es el caso de Romain, fotógrafo de moda parisino, y bien equipado con todos los tics que se suelen asociar con el perfil.

¿Qué hace? Intenta recuperar el contacto con el niño que fue. Va a visitar a su abuela -privilegio suyo, su abuela es la Jeanne Moreau. Durante el viaje, una pareja le hace una proposición inesperada, que termina por aceptar. Parece, por esa vía, distanciarse de su narcisismo algo primario pero tal vez no haga más que aferrarse a él, como un náufrago al mástil que sobresale.

El estilo de Ozon es efectista, ciertamente resultón. No es lo que prefiero en estas materias. Pero la película venía muy bien recomendada.