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«Anochecer de verano en Castilla. A un lado trabajan las eólicas. Al otro, el paisano con la cosechadora», escribí durante la semana que estacionamos en Burgos. Un apunte de veraneante que mira a los currantes delinear un paisaje como de óleo sobre tela.

El trasiego de las cosechadoras separando el grano de la paja perturba los tranquilos campos, desde donde una familia de ratoncillos se ve obligada a huir en busca de asilo a la casa que ocupamos, y acaba refugiándose en la oquedad de un muro, detrás del retrato al óleo de un antepasado de la propietaria.

Todo esto a la hora de la sobremesa nocturna. Nos ponemos una copa para decidir si optamos por la paz o por la guerra. Dos copas después, ya estamos armados de bastones intentando darles a los roedores y no darle al antepasado.

No entro en detalles sanguinolentos. Sólo diré que devolví a la familia roedora inane al campo de donde eran originarios y les di sepultura. Cuando levanté la cabeza amanecía, y el paisano ya estaba de vuelta con la cosechadora.

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