Vuelvo a ver a estos niños cantando esta habanera.

Hay algo que provoca el canto, un estado de ánimo que nos vendrá del cuarto abuelo y es difícil detallar. El texto que los niños cantan habla de una experiencia que les cae muy lejos —«Si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar tú me quisieras lo mismo que veinte años atrás»— canta la niña. Cuando yo tenía su edad y escuchaba a mi padre decir «esta chaqueta la tengo desde hace más de veinte años» la cifra me parecía un poco ridícula de tan improbable. Una niña de ocho años no puede querer volver las cosas al estado en que estaban veinte años atrás. Y sin embargo la versión funciona. Funciona por nuestra maleabilidad emocional y por el encanto de las voces blancas de los niños cantores.

Estos niños son bretones, francohablantes. Dicen: «Con qué tristetsa mirramos un amorr que se nos va». El sonido de la ere castellana no está en el repertorio del habla francesa. Tampoco el de la erre. Cuando no tienen la práctica de hacerlo, los francohablantes tienen que concentrarse para reproducir ambos sonidos. Y como el sonido de la erre es más marcado, más fácil de reproducir, suelen aplicárselo a rajatabla también a las eres. El resultado tiene gracia.