Excéntricos en la Costa del sol se llama este libro que me regaló Montano en Torremolinos. Excéntricos en el sentido de singulares si no extravagantes y también de alguien que gira alrededor de un punto que no es su centro inicial. Conspicuos extranjeros que recorrieron la costa malagueña en la segunda mitad del sXX o se instalaron a vivir en ella por breves periodos o para el resto de su vida y dieron notoriedad a esos pueblos de pescadores convertidos en centros de veraneo internacionales. Hemingway, Brigitte Bardot, John Lennon se cuentan entre los primeros. Gerald Brenan tal vez sea el más señalado entre los segundos.

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No cualquiera forma parte de la pandilla, claro. La singularidad tiene sus exigencias. Aquí hay señoras que ya ancianas sacan un cigarrillo en un bar y permanecen hieráticas hasta que un caballero acuda a encendérselo. O bien cuando se hartan de su enésimo marido lo citan ante notario y le dicen: Aquí tienes un cheque y un castillo. No quiero verte más.

El príncipe Miguel de Grecia recuerda en sus memorias la Málaga de su infancia y juventud, «las procesiones de la Semana Santa vistas desde un balcón en la calle Larios de Málaga, las religiosas del Hospital Noble bailando para él las sevillanas y malagueñas que recordaban de su juventud, el miedo a que los maquis bajaran de las montañas, la multitud aclamando al torero Manolete en las escaleras del hotel y el pulpo Epaminondas que visitaba en un acuario y lo reconocía en cada visita». La Málaga de la posguerra, como el resto de España, «miserable, salvaje, indómita y orgullosa, a una distancia planetaria de la España de hoy, desarrollada, opulenta, abierta a todos».

Hablando de nobles excéntricos, otro que pasó largos periodos en la costa malagueña, Jaime de Mora y Aragón, hermano de la muy piadosa reina Fabiola de Bélgica, sí hizo méritos para ganarse el calificativo de extravagante, al punto de que para la boda de Fabiola con Balduino en Bruselas el reino de Bélgica le cerró las fronteras. Años más tarde, Balduino moriría en Motril.

Otro rey que eligió la costa malagueña para vivir su exilio fue Eduardo de Windsor, aquel que renunció al trono británico por el amor de una plebeya, al menos es así como se cuenta el cuento. Se instalaron estos duques de Windsor en un hotel de Marbella donde los clientes alertados de su llegada los esperaron enfundados en traje y corbata. En vista de lo cual el monarca sin corona se quitó la corbata y se arrojó a la piscina.

Los británicos son mayoritarios entre estos excéntricos en la Costa del Sol. Excéntricos de manual la mayoría, escritores, pintores, ¡artistas!, aunque también hay alguno propiamente excéntrico entre los excéntricos, como es el caso de Henry Higgins, británico y torero, que toreaba con el seudónimo de Enrique Cañadas aunque los aficionados lo llamaban el Inglés. Y tan inglés era que desayunaba corn flakes, para espanto de su cuadrilla: «¡El maestro come lo mismo que las mulas!».

Pintores hay a porrillo, y de los buenos. Entre ellos el famoso falsificador húngaro Elmyr de Hory, aquel que decía que si sus cuadros se colgaran el tiempo suficiente en el museo se volverían auténticos. Por suerte no sólo hay artistas. También hay gente de provecho: uno de los padres de la bomba atómica, el checo Jaromir Hanush, que no derogó a la leyenda negra de los inventores de la bomba y se colgó de un árbol en Benalmádena, o el inventor del Trivial pursuit, el canadiense Chris Haney al que los inviernos quebequeses se le hacían largos y se instaló en Nerja armado de enciclopedias y en unas semanas redactó las seis mil preguntas del famoso juego, del que se vendieron en seguida cien millones de copias.

El sesgo como digo es brenanista y británico y bien puede echarse de menos a alguien, al francés Robert Fillou, cuyo hijo mayor nació en Málaga, por ejemplo. Pero quien carezca de sesgo que tire la primera burbuja. Digo burbuja porque este libro es espumante. Y leerlo me ha permitido atenuar la lejanía de la costa malagueña y repeler el septentrión que te da de cara cuando pones rumbo al Noreste.

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PS / El título, Nous irons tous à Torremolinos, es el estribillo de una musiquilla muy bailada por la muchachada belga en los años ochenta.