jeudi 3 janvier 2013

La flor del avellano

El año comienza el dos de enero. El día primero es un intervalo, como el solsticio, antes de que gane nuevamente la luz, que comienza a aumentar a partir de esta mañana. Ayer, en la autopista, vimos por fin los candelabros de los avellanos, las candelillas, la avanzadilla de la primavera, la primera prueba de que llegará.

Ayer también, mirando a la virgen de la barca en el Sablon de Bruselas, aprendimos una nueva palabra, el ommegang, la procesión, el ir y venir. Comienza así un nuevo ir y venir, otro ommegang en la ya larga cuenta de los años. En el Sablon también, y como el primer miércoles del mes el museo es de los impecunes, pasamos a saludar al viejo Bruegel.

La luz, decía. La luz que está de vuelta y es silencio y, como quiere Jordá, está sobre los húmedos labios de la niña que duerme en esa cuna de madera.

NDS

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mercredi 13 avril 2011

El calígrafo

Estando yo en Bodrum, en la costa turca, mi amigo S me preguntó si iríamos a Estambul. Le dije que no, porque estaba leyendo un libro sobre Estambul. En verdad no le dije que no iría porque estaba leyendo esa novela, pero casi. Nos llevamos las manos a la cabeza, pero tal vez la respuesta diga algo sobre el por qué de los libros, de las novelas cuando menos. Que serán un sucedáneo de la realidad. O su complemento.

Me acordaba de esto leyendo un relato de Jordá sobre un viejo calígrafo istambulí, el señor Keskioglú, uno de los escasos turcos que no llevan bigote ni se llaman Osmán, quien le muestra la ciudad, le vende unas miniaturas eróticas y le cuenta que cuando gane la lotería dejará el negocio en manos de su hijo y se comprará una isla.

De niños aceptamos que los libros nos lleven allí donde queremos ir. De viejos, allí donde ya no queremos ir. (Ryanair es un buen negocio gracias a los adultos. Y de hecho, en el futuro propondrá vuelos sin niños, por los que habrá que pagar un suplemento). Nunca he estado en Estambul, pero he leído a Pamuk y a Jordá, y a través de éste a Pierre Loti. Como el amigo del señor Keskioglú, ya sólo viajo para sentarme en una terraza y sentir que no tengo necesidad de ir a ningun otro sitio, que no quiero moverme de allí por nada del mundo.

L

Retrato de Pierre Loti, por Henri Rousseau

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vendredi 25 mars 2011

El radioaficionado

Jordá cuenta que allá por 1974, viajando por Austria, se acercaron hasta la frontera húngara, donde un policía siniestro trató de impresionarles. Cuando lo dejaron atrás, el chofer local les explicó que el tipo era un pobre hombre: 'En 1956, cuando la revuelta, se puso del lado de los estudiantes. Luego, cuando entraron los rusos, cambió de bando. Su mujer lo dejó por un oficial soviético. Su hijo huyó a Occidente. Y a él lo destinaron aquí. Vive solo en el pueblo y no se habla con nadie'.

El retrato es elocuente pero lo que sigue lo supera, porque el hombre es radioaficionado y por las noches se pone en contacto con otros radioaficionados ante quienes se hace pasar por un campesino que cultiva remolacha. 'Dice que se llama Lászó, que tiene dos hijos, una esposa joven y una bonita casa de veraneo en el lago Balatón. Ya ve, concluye el chofer, un pobre hombre'.

La radioafición, ancestro reciente de internet. El radioaficionado, predecesor inmediato del nick digital que va tejiendo su redecilla, que va contando cómo es y no es.

R

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vendredi 18 mars 2011

El noroeste

Ayer iba a celebrar el día de San Patricio bebiendo una stout en el Becketts, y finalmente lo hice leyendo las páginas dedicadas a Irlanda en Lugares que no cambian, el estupendo libro de viajes de Eduardo Jordá. Dublín es la ciudad más al noroeste en la que he estado. Tal vez no haya ido más lejos advertido por el veredicto del Dr Johnson: «Dublín, aun siendo una ciudad mucho peor que Londres, no llega a ser tan espantosa como Islandia».

Casi tan importante como el día de San Patricio es para los dublineses el 16 de junio, fecha del día que relata el Ulises. 'Muchos dublineses son tan mitómanos como los admiradores de Joyce, que escenifican los sucesos más importantes del Ulises cada 16 de junio', cuenta Jordá. Por la mañana desayunan riñones de cerdo y se bañan al pie de la Martello Tower. A mediodía se comen un bocadillo de gorgonzola y beben un vaso de clarete. A medio mañana, casi todos están ebrios de literatura y alcohol. Y cuando van al Museo Nacional, investigan si las estatuas de las diosas griegas tienen un agujero en el trasero.

D

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mardi 1 mars 2011

Pintura flamenca

Voy leyendo Pero sucede, antología poética de Eduardo Jordá. Por los días en que me lo envió Montano, Bélgica estaba bajo la nieve y las pisadas del cartero dejaban huella.

Hay poemas estupendos en el libro, en particular los de pájaros, El tordo, El mirlo. Los últimos días de Montaigne, también. Leyendo Pintura flamenca, creí reconocer una pintura de Jordaens. Pero es probable que el poema no hable de un cuadro, sino de varios:

Pintura flamenca

Mientras el rey bebe, la reina
le cambia los pañales a su hijo.
Sobre el estanque helado, la urraca
vuela alegre, y un viejo
agoniza en la choza, bajo un álamo.
Listo sobre el mantel de terciopelo,
hay un plato de arenque
(que brilla aunque ya está medio podrido).
La vieja gobernanta ríe bajo su cofia,
que no oculta su mueca de codicia.
El perro amaestrado
levanta las dos patas en la iglesia
empapada de luz aguamarina.

Sólo los maestros flamencos
pintaron el aliento fétido de un duque,
la mirada lasciva de un sirviente,
los pechos rebosantes de una virgen dormida.
Supieron que la luz era silencio.
Y atraparon la luz
con sumiso fervor,
tal como perseguían a una joven,
porque todos supieron ser silencio,
y le dieron color y forma, y hasta un aroma
a peltre y a baldosas limpias
y a flores casi mustias.

En los húmedos labios de la niña
que duerme en esa cuna de madera,
fíjate bien, la luz se ha convertido
en una tenue aurora boreal.

 

Pintar el aliento fétido de un duque y la mirada lasciva de un sirviente, voilà le morceau de bravoure de los maestros flamencos.

Según Eco, cuando un texto verbal describe una obra de arte visual estamos delante de un écfrasis, figura que inauguró Homero describiendo el escudo de Aquiles.

Para écfrasis, el de Auden y su poema Musée des Beaux Arts, escrito en Bruselas en la víspera de la Guerra del 40, frente al Paisaje con la caída de Ícaro, de Bruegel. (Abajo, el fragmento final, traducido por Manuel Sáenz).

I

El Ícaro de Bruegel, por ejemplo: todo se aleja
pausadamente del desastre; el labriego con su reja
pudo oír el chapuzón, el grito desolado,
pero para él no era importante; el sol brillaba
sobre unas piernas blancas que se hundían
en agua verde, y desde el costoso barco delicado veían
lo prodigioso: un chico del cielo defenestrado;
pero el barco seguía su rumbo y con calma navegaba.

 

La imagen de Bruegel contiene a sus espectadores en la propia escena. Pero el caso es que esos espectadores desvían la mirada del corazón de la situación, que pasa así inadvertida para ellos, reforzando, por contraste, su dramatismo: todo se aleja pausadamente del desastre.

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Ecfrasis de William Carlos William

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Ecfrasis de Fernandes Jorge

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