mercredi 7 septembre 2011

El loco de la locomotora

En la estación de Amberes, en Bélgica, un tren lleno de pasajeros espera al conductor para arrancar. Wim (21 años) entra en la cabina, activa la locomotora y conduce el convoy hasta la estación de Essen. Nunca ha trabajado en la empresa de ferrocarriles ni tiene licencia de conductor de trenes. Pero sabe todo lo que ha de saber un conductor y lleva el tren sin problemas a destino. Va muy rápido, eso sí. Por una vez, el tren no entra a la hora ni con atraso, sino que llega adelantado. Unos días más tarde, Wim vuelve a hacer la gracia y conduce un tren a Bruselas y luego, como necesita volver a su pueblo, hace lo propio con otro tren que va de vuelta.

En contra de lo esperado, no le cuesta convencer a los controladores de que es un conductor en prácticas. Es loco por las locomotoras y conoce los entresijos de la profesión. No comete errores, salvo el exceso de velocidad. El vértigo. Cuando lo detienen no es por los trenes, sino por otro pecadillo. Para hacerse unos euros, vende tartas a nombre de una obra de caridad inexistente.

Ser otro es una vieja aspiración humana. Otro a los ojos de uno mismo y a los ojos ajenos. Un día alguien descubre que ser otro está al alcance de la mano. Que si él se lo cree, los otros también. Pero si el deseo de ser otro incuba en el alma de todo quisque, sólo algunos saltan sobre la ocasión, como Wim sobre la locomotora.

La sentencia dictada en el caso de Wim le impone cincuenta horas de trabajos de interés público por los trenes y otras 120 por las tartas. El juez lo habrá reconvenido: Joven, controle sus automatismos.

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vendredi 8 août 2008

Zárate saluda desde la limusina

El loco Zárate era pequeño y escuchimizado, pelirrojo y con una cara cortada con serrucho. El color de su pelo era sospechoso. Hoy todo el mundo se tiñe el pelo pero, en esos años y en ese sitio por donde él aparecía de tarde en tarde, que un hombre se tiñese el pelo era la prueba concluyente de su insania mental.

Zárate iba vestido con traje arrugado y calzaba unos zapatos de otro tiempo. El lugar de sus apariciones era la Facultad de derecho de la Universidad de Chile, situada al borde del río Mapocho y al pie del cerro San Cristóbal, en un punto estratégico de la ciudad de Santiago, allí donde comienza, hacia el poniente, el centro administrativo, y donde terminan, desde el levante, los barrios de los ricos.

Se decía que provenía de una familia de notables, que vivía solo con su madre, que había sido un estudiante estupendo hasta que algo o alguien le había sorbido el seso. Unos atribuían su chaladura al exceso de estudio y otros al exceso de pajas. Como fuese, Zárate se había quedado detenido en una suerte de limbo y convertido en un estudiante eterno, en un ajado impúber.

Aparecía, digo, de tarde en tarde en la facultad y en cuanto llegaba se formaba un corro en torno a él para oír y celebrar alguna de sus desfachateces y comentarla más tarde entre risotadas. La primera vez que me acerqué yo también, me abrió su billetera para enseñarme una foto. Se trataba de un recorte de un envase de refrescos de donde había tomado el retrato de una joven artista. Me dijo, entonces, lleno de orgullo: ‘Es mi novia’.

Si bien sus apariciones eran intermitentes, no se perdía los grandes acontecimientos. En cuanto había una ceremonia que congregaba a un número significativo de notables, allí aparecía Zárate con su cara de pájaro y su terno gastado, y se colaba en las primeras filas para codearse con los mandamases.

En bodas y funerales hacía su agosto. Era muy fotogénico y conseguía aparecer en las fotos protocolares muy bien acompañado. Las carcajadas eran mayúsculas cuando descubríamos, en las páginas de la sección Vida social del diario, las fotos del funeral de una figura de la derecha más carca y a Zárate llevando el ataúd entre sus acongojados hijos y nietos. O en la boda de un prohombre de la progresía. A Zárate no lo detenían las barreras sociales ni las ideológicas. Si había ceremonial, él se frotaba las antenas y caía en picado a libar de esas mieles. La facultad era paso obligado hacia el camposanto, por lo que una mañana estábamos apostados en la acera esperando el paso del cortejo que llevaría al cementerio al presidente del Senado recientemente fallecido. Desde la tercera limusina, detrás del auto de la viuda y el del Presidente de la república, Zárate nos hacía un gesto de reconocimiento.

En esas situaciones protocolares los locos pueden hacer de las suyas en cuanto manejen un poco los códigos al uso. Los genuinos protagonistas de esos rituales podrán dudar de la calidad del personaje pero prefieren guardarse la duda para ellos y no enzarzarse en un ridículo incidente con un dudoso personaje que los cubriría de bochorno. Zárate aprovechaba esos intersticios y se movía como pez en el agua por esas peceras.
 
La metáfora amniótica permite tal vez entender ahora quién era el loco Zárate. Un espermio escapado del útero encolumnado de esa facultad, esa cueva donde se criaban los alevines de la patria. Un espermio que movía el rabo con mayor soltura que los tiburones.

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mercredi 6 août 2008

A Jaimito lo requieren sus padres

Los niños suelen ser mentirosillos. Algunos dejan las mentirillas atrás según van creciendo. Otros, en cambio, en lugar de dejarlas atrás las van poniendo por delante. Es verdad que vivimos de historias, pero algunos se recrudecen en la vivencia, al punto de que se hacen merecedores a un nombre muy feo. Mitómanos, llegan a llamarles. He conocido algunos y suelen ser graciosos e inofensivos para quien se los cruza sólo de manera esporádica. Otra cosa ha de ser padecerlos a diario. El más espectacular de los mitómanos que recuerdo obedecía al calificativo de Loco Zárate. Su espectáculo era tal que reclama espacio propio y le será concedido en los próximos días.

Ahora quiero recordar a uno llamado Jaimito. Como el amigo de Mafalda, pero con otro peinado y otras, cómo llamarlas, pulsiones. Cuando niño venía y te contaba que había hecho un viaje a la capital con sus padres y que, a su demanda, la familia había visitado el jardín zoológico. En medio de la visita, se había distraído entre la jaula de los loros y la de los tigres y escapado a la vigilancia de sus padres. Hasta que todos los altoparlantes del zoológico habían comenzado a llamarlo al unísono: 'A Jaimito lo requieren sus desesperados padres en la caseta de informaciones'. Lo suyo era la nombradía, el anonimato le sentaba fatal.

Dejé de verlo durante algunos años hasta que un día me detuve a presenciar la demostración de fuerza de un escuadrón de fascistas por la calle principal de Santiago, llamada antiguamente Alameda de las Delicias. Iban encasquetados y portaban linchacos, armas hechizas que manejaban con aparatosidad. Al frente de ellos, dando órdenes, iba Jaimito. Me pareció que estaba demasiado ocupado como para saludarlo y recordar sus aventuras en el jardín zoológico. No he vuelto a verlo desde entonces. Ahora me cuentan que vive a mil kilómetros de su casa natal bajo otra identidad. A decir verdad, ha cambiado de identidad varias veces, a causa de ciertos desfalcos que le ha ido propinado a la crédula gente.

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