El loco Zárate era pequeño y escuchimizado, pelirrojo y con una cara cortada con serrucho. El color de su pelo era sospechoso. Hoy todo el mundo se tiñe el pelo pero, en esos años y en ese sitio por donde él aparecía de tarde en tarde, que un hombre se tiñese el pelo era la prueba concluyente de su insania mental.

Zárate iba vestido con traje arrugado y calzaba unos zapatos de otro tiempo. El lugar de sus apariciones era la Facultad de derecho de la Universidad de Chile, situada al borde del río Mapocho y al pie del cerro San Cristóbal, en un punto estratégico de la ciudad de Santiago, allí donde comienza, hacia el poniente, el centro administrativo, y donde terminan, desde el levante, los barrios de los ricos.

Se decía que provenía de una familia de notables, que vivía solo con su madre, que había sido un estudiante estupendo hasta que algo o alguien le había sorbido el seso. Unos atribuían su chaladura al exceso de estudio y otros al exceso de pajas. Como fuese, Zárate se había quedado detenido en una suerte de limbo y convertido en un estudiante eterno, en un ajado impúber.

Aparecía, digo, de tarde en tarde en la facultad y en cuanto llegaba se formaba un corro en torno a él para oír y celebrar alguna de sus desfachateces y comentarla más tarde entre risotadas. La primera vez que me acerqué yo también, me abrió su billetera para enseñarme una foto. Se trataba de un recorte de un envase de refrescos de donde había tomado el retrato de una joven artista. Me dijo, entonces, lleno de orgullo: ‘Es mi novia’.

Si bien sus apariciones eran intermitentes, no se perdía los grandes acontecimientos. En cuanto había una ceremonia que congregaba a un número significativo de notables, allí aparecía Zárate con su cara de pájaro y su terno gastado, y se colaba en las primeras filas para codearse con los mandamases.

En bodas y funerales hacía su agosto. Era muy fotogénico y conseguía aparecer en las fotos protocolares muy bien acompañado. Las carcajadas eran mayúsculas cuando descubríamos, en las páginas de la sección Vida social del diario, las fotos del funeral de una figura de la derecha más carca y a Zárate llevando el ataúd entre sus acongojados hijos y nietos. O en la boda de un prohombre de la progresía. A Zárate no lo detenían las barreras sociales ni las ideológicas. Si había ceremonial, él se frotaba las antenas y caía en picado a libar de esas mieles. La facultad era paso obligado hacia el camposanto, por lo que una mañana estábamos apostados en la acera esperando el paso del cortejo que llevaría al cementerio al presidente del Senado recientemente fallecido. Desde la tercera limusina, detrás del auto de la viuda y el del Presidente de la república, Zárate nos hacía un gesto de reconocimiento.

En esas situaciones protocolares los locos pueden hacer de las suyas en cuanto manejen un poco los códigos al uso. Los genuinos protagonistas de esos rituales podrán dudar de la calidad del personaje pero prefieren guardarse la duda para ellos y no enzarzarse en un ridículo incidente con un dudoso personaje que los cubriría de bochorno. Zárate aprovechaba esos intersticios y se movía como pez en el agua por esas peceras.
 
La metáfora amniótica permite tal vez entender ahora quién era el loco Zárate. Un espermio escapado del útero encolumnado de esa facultad, esa cueva donde se criaban los alevines de la patria. Un espermio que movía el rabo con mayor soltura que los tiburones.