Sabíamos que no hay hambrunas en los países que organizan elecciones democráticas y en donde la prensa es libre. Lo demostró en su momento el Informe sobre desarrollo humano del Programa de las Naciones unidas para el desarrollo. Se sabe que en una dictadura el poder se concentra crecientemente en las manos del dictador y de sus cómplices, con la consiguiente pérdida de poder para el resto del personal, aun si el dictador haya sido elegido más o menos democráticamente por el propio personal. Nunca tan democráticamente, claro, como lo fue en su momento Charles King, en Liberia, reelegido con una amplia mayoría que superaba en 15% el total de los votantes.

Se sabe también que la prensa es libre o no lo es, pero entre uno y otro extremo las posibilidades son múltiples y no siempre la libertad significa lo mismo para todos. La libertad nadie puede explicarla pero todo el mundo puede entenderla, decía la escritora brasilera Cecilia Meireles. La prensa es libre de reproducir ideas serviles, opiniones adocenadas, propaganda. O está condenada a bajar el volumen o incluso a cortar la comunicación a ciertos técnicos de la ventriloquía. Lo que no se sabía hasta hoy, y ha tenido que ser Bob Geldof quien lo devele, es que “basta con que 20% de la población de un país tenga teléfono móvil para que una dictadura cese, porque la gente se habla entre ella”.

O sea que si Nokia hubiese comenzado la producción de celulares unas cuantas décadas antes nos hubiésemos ahorrado el nazismo, el fascismo, el franquismo, el salazarismo, el pinochetismo y a los generalotes argentinos y brasileros, para nombrar sólo las dictaduras que nos tocaron las carnes.

Geldof soltó esta memez en los prolegómenos del concierto Live 8 por él organizado, magno evento que remeció recientemente el planeta y sus inmediaciones. Se sabe que el guitarrista irlandés toca para Blair. Pero no se sabía que fuese tan clarividente. Se sabe también que los móviles jugaron un papel movilizador (cómo no) entre los atentados del 14 de marzo de 2004 en Madrid y las elecciones generales, cuatro días más tarde. La gente se pasó la voz a través de los móviles para protestar contra la manipulación de la información a cargo del gobierno que intentaba controlar el resultado de las elecciones. Tal vez también haya sido el caso, en parte, en la famosa revolución naranja en Ucrania.

Pero de allí a afirmar que el porvenir de las tiranías sea directamente proporcional a la cantidad de móviles sonando... hay que ser muy Bob para marcar ese número.

La Nación de Santiago de Chile, 7 de julio de 2005