dimanche 31 juillet 2005

Pantalón

Pantalón -Pantalone- era un comerciante jubilado, rácano, rezongón, libidinoso. Perfecto comediante -personaje de la commedia dell’arte, veneciano, como su valet Arlequín, como Bufón-, Pantalón entró en nuestras vidas por los pies, habiendo dado su nombre a la prenda que abriga piernas y cubre rabos y a las farsas burlescas y algo salaces que protagonizaba, las famosas pantalonadas. Mi tío Pepe me explica todo esto y cuando le pregunto a pito de qué, me enseña el modelo de pantalones que gasta un grupo de rapaces que han ido pasando. Todos ellos llevan los pantalones por debajo del culo. Y el “tiro”, la unión de las perneras, a la altura de las rodillas. Como es de esperar, los mozos se desplazan con cierta dificultad. No sé qué ocurriría si tuviesen que echar a correr.

Le comento que este afán ahora unánime de los adolescentes por enseñar el coxis ya le costó el puesto a un funcionario que inició en Chile una campaña publicitaria llamada “La raya”. No recuerdo si su propósito era prevenir contra el sida o contrarrestar el consumo de drogas. O ambos. Mi tío me dice que antes se podía adivinar la nacionalidad de las personas en cualquier aeropuerto del mundo según el modelo de sus pantalones. Cree recordar haber leído algo semejante en una novela de Javier Marías. Los pantalones le sientan bien a Marías como digresión novelesca, casi todo le sienta bien a Marías por lo demás, podría permitirse incluso llevarlos a los títulos de sus magníficas novelas: “Pantalón tan blanco”. “Negro pantalón del tiempo”. “Mañana en la batalla piensa en mi pantalón”. “Tu pantalón mañana”. Pero ahora, con esto de la mundialización, continúa mi tío, los pantalones tiroleses son cortados en Turquía y cosidos en China, y ya no resulta nada fácil adivinar, hay que observar otros detalles.

Nótese que mi tío Pepe sólo observa detalles. Observar es más prudente que mirar, más imparcial. Los europeos no miran el culo de las personas. Por no mirar, tampoco miran a las personas. Tiene razón mi tío Pepón, la relación pantalón-nacionalidad puede llevarnos lejos en el tiempo y en el espacio. El ministro Puccio ha contado alguna vez su dificultad para encontrar pantalones de su talla en Alemania. Cara de alemán tiene, pero cuerpo de chileno. En Arabia, me alerta mi tío, puedes llevar faldón pero nunca pantalones subidos. No se enseñan allí las rodillas impunemente.

Pasa otro grupo de personas. Las mujeres van vestidas justamente a la usanza árabe, veladas y cubiertas, pero sus hijos a la usanza tejana, con pantalones abultados y cortados a media pantorrilla. Se llaman éstos boggy trousers, informa mi tío Pepe, un experto, lo que viene significando pantalones pantanosos, cenagosos, palustres. Pantalones para ir a pescar cangrejos, vamos. Es verdad que con tanto pringue que hay por las calles, es mejor llevarlos recogidos para que no se arruinen. No hay otra prendra que sufra tanto con la moda, concluye. Hoy deben ser anchos y cortos, mañana angostos y largos. Y todavía quiere hablarme de los pantalones bombachos, de los pantalones de jinete y de los pantalones de señora, pero le digo que ya está bien, que cambiemos de tema. Insiste con que hubo un tiempo, su tiempo, en que los pantalones fueron símbolo de virilidad. Ahora se ha celebrado en mi pueblo una boda entre una lesbiana y un lesbiano. Cero problema en cuanto a la pareja, me advierte. ¡Pero había que ver el modelo de los pantalones!

La Nación, Santiago de Chile, 25 de julio de 2005

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Congo

Fue un pintor precoz. Lo grueso de su obra lo llevó a cabo entre los dos y los cuatro años de edad. Se llamaba Congo.

Desmond Morris, el biólogo autor del célebre Mono desnudo, lo adoptó y lo llevó a vivir a Londres, donde sus cuadros fueron expuestos a mediados de los años cincuenta y donde hoy la casa Bonhams pone a la venta tres de sus pinturas. Como Morris pintaba, Congo se interesó naturalmente por los pinceles, aprendió a pintar y se decantó pronto por un estilo próximo al expresionismo abstracto, usando colores contrastados y trazos vigorosos.

Morris cuenta que Congo pintaba con mucha concentración, nunca sobrepasaba los límites del papel y protestaba enérgicamente si le quitaban la hoja antes de haber terminado. Según su amo, «probaba nuevas ideas y motivos, combinando aventura y seguridad, novedad y familiaridad, como hacen los artistas humanos». Una vez que daba por terminado un cuadro, eso sí, se desinteresaba por completo de él, tal como los niños pequeños. Lo suyo no era la reflexión estética, lo suyo era pintar.

Tanto así que Morris llevó a Congo a la emisión Zoo Time de la BBC, para solaz de cerca de tres millones de humanos telespectadores, y organizó la ya citada exposición con sus mejores pinturas y dibujos. La leyenda cuenta que Picasso quiso comprar uno de sus cuadros y que Dalí sostuvo que Congo pintaba con más humanidad que Jackson Pollock, el iniciador del action painting.

Federico Engels, quien escribió, apoyándose en las ideas de Carlos Darwin, El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, no se hubiese sorprendido al ver los cuadros de Congo colgados en una galería londinense. Todos los elementos de su propuesta estaban allí reunidos: mono y hombre, papel y trabajo.

Lo cierto es que los humanos vamos admitiendo poco a poco, algunos a regañadientes, la humanidad de los animales, aserto que Nicanor Parra, un adelantado en esta y otras materias, hizo suyo hace varios lustros. Un reciente estudio universitario en Gran Bretaña, reproducido por The Sunday Times, confirma que las ovejas son amistosas y enamoradizas y que se entristecen cuando sus amigos o amantes son conducidos al matadero. No hay pastor que no lo sepa, pero no todos los humanos tenemos la suerte de ser pastores.

Para volver a Congo, nadie sabe si pudo pintar hasta el fin de sus días en su bucólico hogar londinense o si acabó como atracción de feria o miembro de la familia de chimpancés acróbatas del circo Las Águilas humanas.

La suerte de los conejillos de Indias no siempre es envidiable. Rosa Montero, defensora de la dignidad de los primates, cuenta la historia de una chimpancé a quien un científico enseñó el lenguaje de signos utilizado por los sordomudos. Cuando el científico debió cerrar el laboratorio por falta de fondos, la mona acabó en una jaula del zoológico local, donde los cuidadores y algunos distraídos visitantes se sorprendían al verla repetir incansablemente unos mismos gestos. Un día pasó frente a la jaula un visitante que comprendía ese lenguaje y pudo entender el mensaje que la mona repetía sin cesar: «Sáquenme de aquí».

La Nación, 21 de julio de 2005

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Spam

Mi tío Pepe corre a buscarme. Tiene decenas de mensajes en la casilla. Spam. Los retiene un filtro, los hacemos desaparecer con un golpe de click. Apenas desaparecen, reaparecen: al día siguiente ya tiene otros tantos. Mi tío Pepe no es particularmente sociable y, sin embargo, su casilla desborda… ¿Quién es esta gente que escribe tanto? ¿Quién es esta gente que escribe sin escribir, sin ser ella exactamente el remitente ni nosotros propiamente el destinatario? Gente que escribe en inglés, un inglés adocenado, que no es su lengua ni la nuestra, gente que se llama con nombres que no se llaman, nombres que combinan inglés y castellano: Gloria Gary, Luisa Tomkins, Elliot Zamora, Lee Saenz, Olunwafunmilayo Cisneros (este último combina español y olunwa, supongo, o funmilayo).

En fin, no sé si los patronímicos españoles serán una atención para con mi tío Pepe, o bien si ya es una realidad la predicción de los futurólogos en cuanto a que en el porvenir la humanidad musitará una melcocha llamada spanglish. Próspero Reaves, Colby Castro, Santiago Herrington, Joey Vásquez son, así, unos adelantados del mundo de mañana. Esta gente variopinta le propone a mi tío Pepe que compre viagra, cialis, valium, chicas húmedas, doctorados en un dos por tres, programas informáticos a precio de huevo, que les salve la vida, que abra una cuenta bancaria, que ya se encargarán ellos de llenarla de cuarenta y cuatro millones de dólares y fracción. Fourty Four Millions Five Hundred Thousand United States Dollars !!!!

Mi tío Pepe me pregunta qué mensaje puede dirigirles, no para vengarse, dice, sólo para corresponder. Le propongo un curso de español por correspondencia y le tiendo mi ejemplar del Vest Pocket Spanish.

La primera lección se llama Stranger in Town:

« ¿Hay alguien aquí que hable inglés? Me he perdido (‘may ay payr-dee’doh’). ¿Me entiende usted? No, no entiendo. Por favor, hable despacio. Por favor, repita. Soy norteamericano (‘sohee nohr-tay-ah-may-ree-kah’noh’). Lléveme al consulado americano. He dejado mi abrigo en el tren. He perdido mi paraguas (‘ay payr-dee’doh mee pah-rah-gooahs’). No puedo hallar mi billetera. Me han robado. Policía (‘poh-lee-see’ah!’). ¡Llame a la policía! ¿Dónde está la estación de policía? Por allí. Auxilio (Socorro). ¡Fuego! ».

La segunda lección es también de gran utilidad. Se llama « Your Health Abroad »:

« No me siento bien. Necesito un doctor. Tengo calentura (‘tayn’goh kah-layn-too’rha’). Aspirina. Yodo. Bromo Seltzer. Acido bórico. Algodón absorbente. ¡Aire, por favor! ».

No sé si mi tío Pepe alcanzará a enviarles la tercera lección (Trata de pesca y caza: « ¿Dónde podemos pescar barracuda? (‘dohn’day poh-day-mohs pays-cahr’ bah-rah-koo’dah?’) ¿Dónde puedo comprar cartuchos? ». Antes de eso, habrán respondido con un virus cototudo, genocida, un verdadero cibertanax. El cartero (o como se llame ahora) tendrá que tomar partido. Ellos o nosotros. Ellos empezaron.

La Nación de Santiago de Chile, 14 de julio de 2005

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Bob

Sabíamos que no hay hambrunas en los países que organizan elecciones democráticas y en donde la prensa es libre. Lo demostró en su momento el Informe sobre desarrollo humano del Programa de las Naciones unidas para el desarrollo. Se sabe que en una dictadura el poder se concentra crecientemente en las manos del dictador y de sus cómplices, con la consiguiente pérdida de poder para el resto del personal, aun si el dictador haya sido elegido más o menos democráticamente por el propio personal. Nunca tan democráticamente, claro, como lo fue en su momento Charles King, en Liberia, reelegido con una amplia mayoría que superaba en 15% el total de los votantes.

Se sabe también que la prensa es libre o no lo es, pero entre uno y otro extremo las posibilidades son múltiples y no siempre la libertad significa lo mismo para todos. La libertad nadie puede explicarla pero todo el mundo puede entenderla, decía la escritora brasilera Cecilia Meireles. La prensa es libre de reproducir ideas serviles, opiniones adocenadas, propaganda. O está condenada a bajar el volumen o incluso a cortar la comunicación a ciertos técnicos de la ventriloquía. Lo que no se sabía hasta hoy, y ha tenido que ser Bob Geldof quien lo devele, es que “basta con que 20% de la población de un país tenga teléfono móvil para que una dictadura cese, porque la gente se habla entre ella”.

O sea que si Nokia hubiese comenzado la producción de celulares unas cuantas décadas antes nos hubiésemos ahorrado el nazismo, el fascismo, el franquismo, el salazarismo, el pinochetismo y a los generalotes argentinos y brasileros, para nombrar sólo las dictaduras que nos tocaron las carnes.

Geldof soltó esta memez en los prolegómenos del concierto Live 8 por él organizado, magno evento que remeció recientemente el planeta y sus inmediaciones. Se sabe que el guitarrista irlandés toca para Blair. Pero no se sabía que fuese tan clarividente. Se sabe también que los móviles jugaron un papel movilizador (cómo no) entre los atentados del 14 de marzo de 2004 en Madrid y las elecciones generales, cuatro días más tarde. La gente se pasó la voz a través de los móviles para protestar contra la manipulación de la información a cargo del gobierno que intentaba controlar el resultado de las elecciones. Tal vez también haya sido el caso, en parte, en la famosa revolución naranja en Ucrania.

Pero de allí a afirmar que el porvenir de las tiranías sea directamente proporcional a la cantidad de móviles sonando... hay que ser muy Bob para marcar ese número.

La Nación de Santiago de Chile, 7 de julio de 2005

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