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Fuimos a Beaubourg con la Tita infanta. Aparte de los juegos al exterior, esta Virgen dadá de Max Ernst fue muy de su gusto. O muy de su susto. Me acordaba de ella en mi temporadilla santiaguina mirando un cuadro, que fue de mi abuela y heredó mi madre, en el que una Virgen, en la actitud opuesta, besa al Niño en la cara. Y éste le corresponde, poniendo cara de mimos. Todo esto entre azucenas y álamos. La Virgen de las azucenas era lo primero que veía al abrir los ojos por la mañana y también la última imagen de las muchas de que había estado hecho el día. Pon un imagen frente a ti, cualquiera, mírala a diario y obsesiónate con ella.

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