Hoy es el día del padre. De todos los inventos de curas y de comerciantes, mi favorito es el día de la secretaria. Pero hoy toca el día del padre.

Para conmemorarlo, el Los Angeles Times ha listado las quince mejores películas padre-hijo: El Padrino, El Rey león, and so on. No las he visto todas, ni ganas tengo. Porque todas las historias son, cuál más, cuál menos, historias padre-hijo, empezando por Adán y siguiendo por Eva.

En los días en que nació mi hijo, en cuanto encendía la tele ponían una película padre-hijo. Nos estaban dedicadas, por cierto, y lo agradecíamos, él desde la cuna y yo desde la cabecera de la mesa. Así fue como vi La selva esmeralda y Pelle el conquistador. Andando el tiempo hemos visto también Elephant, A través del espejo, y varias más. Ahora bien, la mejor historia en esta materia es Por qué me comí a mi padre, de Roy Lewis. Espero que ya hayan hecho una película con ella y, si no, que la hagan pronto.

Pero lo que quería hacer hoy es recordar a Bernhard Malher, el padre de Gustav. En su pueblo de Iglau, en Moravia, lo llamaban 'el cochero letrado', porque era cochero y leía libros, y se le notaba en la manera de conducir y conducirse. Gustav lo odiaba como corresponde, y cuando, muchos años más tarde, fue a ver al doctor Freud, le dedicó a su padre lo fundamental de la consulta, como corresponde también.

Y la imagen que quería traer aquí es la de Bernhard llevando a Gustav a Viena para que éste estudiase, se convirtiese en músico y sacase adelante la familia. Esa imagen.

La tumba de Gustav en Viena está muy bien cuidada. No creo que sea el caso de la tumba de Bernhard en Iglau, o donde quiera que esté enterrado. Si pudiera poner un clavel en una u otra hoy, lo pondría en la tumba de Bernhard Mahler. Mañana puede que ya no, pero es que hoy es el día del padre.

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