Uno sabe dónde está cuando comienza a escuchar una pieza pero no sabe dónde estará cuando acabe. Escuchando el Andante del concierto n° 21 de Mozart, conocido como Elvira Madigan, recordé que esos acordes eran el genérico del pronóstico del tiempo en la tele y, antes, de un programa de radio que oía mi tía -la madre de mi tío-, el Magazine de la tarde.

Todo esto hace medio siglo, por los días en que mi tío dejó su pueblo y fue a vivir a la gran ciudad. Asomado a su balcón sobre la avenida veía desfilar manifestaciones -entusiastas, amenazantes-, coloridos autobuses y trolebuses grises. Desde ese balcón vio también morir por atropello a un muchacho que iba a dejar una carta al buzón del correo, el incendio del caserón que estaba entre el cine y la sinagoga, el asalto al sindicato de la salud, la bandera blanca que asomaba por esa ventana, inútil como los remordimientos.

Y luego recordé que, enfilando hacia la cordillera, más allá de donde la avenida cambia de nombre, vivía Lira, y allí fue donde se mató un día 26 de diciembre, el día en que cumplía 32 años, hace hoy mismo 32 años, los mismos que vivió. Los pormenores de ese día ya los he contado antes. Así que más bien vuelvo a la música, a ver cuál es el pronóstico del tiempo.