Schubert cantaba en las tabernas con sus amigos. A esas alegres sesiones las llamaron luego las schubertiadas. El mejor amigo de Franz Schubert se llamaba Franz Schober. No se parecían mucho, sin embargo. Schubert era de risa fácil, al menos hasta contraer la sífilis, y fue mofletudo a partir de entonces. Schober era pintoso. 

En casa de Schober encontró Schubert refugio varias veces, la primera cuando su padre lo repudió por haber abandonado los estudios. (¡Dios!, si hubiese estudiado cuando era joven y alocado, si me hubiese bien portado, ahora estaría casado», los viejos versos de Villon vienen al caso).

Con Schober escribió Schubert Alfonso y Estrella, una ópera que quedó sin estrenar. Sobre estas cosas y otras escribe Marcel Schneider: «Es notorio que Schubert dejó muchas obras inconclusas, y esa inquietud que consiste en esbozar y abandonar en curso de elaboración denota una tendencia a los amores masculinos». Qué cosas dice Marcel. Debería releer a Steckel para contradecirle.

En cuanto a su famosa canción La Trucha —una trucha contenta, unos pescadores tristes—, Schubert la compuso sobre la base de un poema de Schubart, muerto treinta años antes.

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