El Palacio de congresos de París, un centro comercial al borde del Periférico, contiguo al Bois de Boulogne, construido en 1974, es muy feo. Pero cuando me entero de que la fachada la diseñó un buen arquitecto, ya no me parece tan feo. Sobre todo ahora que ya no lo veo.

Para entrar al concierto y cubir las casi cuatro mil plazas del anfiteatro, los espectadores nos alineamos en dos filas, pares e impares, circunstancia que aprovecha para manifestarse un grupo que pide a los artistas la anulación de su concierto en Tel Aviv, previsto para fines de mes. Dentro del anfiteatro, ameniza la instalación una telonera, Chiara Civello.

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Por fin están allí. Dos añosos señores tan pequeños sobre ese enorme escenario, tan solos frente a la multitud. Comienzan los acordes, suena el contrapunto de la bossa nova de las guitarras, los matices de las voces, el tempo que parece que va a desafinar y cae siempre justo.

Es un recital de canciones. Cuento 28. De cada una podría decir algo. El punto más alto tal vez sea el memento mori de Gil cantando en voz muy baja en medio de un gran silencio: No tengo miedo de la muerte pero sí miedo de morir, la muerte es después de mí pero quien va a morir soy yo.

Otro momento así, el de Caetano cantando con el auditorio el estribillo de Terra: Por más distante que esté el errante navegante, ¿cómo podría olvidarte?

Hablando de navegantes, antes del concierto y aprovechando su proximidad dimos un paseo por el Jardín botánico, que hace apenas algo más de un siglo presentaba zoológicos humanos donde exhibían africanos, patagones, lapones y cosacos en calidad de curiosidades. Así es que como estamos en París, Gil canta Touche pas à mon pote, una canción compuesta en francés en los años ochenta, en plena ola de antiracismo, y que contiene uno de los versos más involuntariamente divertidos de la música popular:  No te metas con mi amigo. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que el Ser que hizo pensar a Jean-Paul Sartre es el mismo que hace jugar a Yannick Noah.

Al final, saqué la cuenta: ellos celebran cien años de música al que aportan medio siglo cada uno. Yo debo de aportar otros tantos siglos, porque habré escuchado las primeras canciones de Caetano y Gil, Marinheiro só, Soy loco por ti América, Eu vim da Bahia en alguna radio siendo niño, y los he visto cantar luego en Salvador, en Rio, en Bruselas, tanto que también puedo decir que no tengo miedo de la muerte pero sí de olvidarme las canciones, algunas de estas canciones.

Al regreso, decidimos homenajear al amigo Montano y volvimos no por la autopista sino por los caminos del Tour, al revés de los corredores, con la luz de la luna sobre el pavés. Y entramos en Bélgica por una de esas fronteras que son tan discretas que no se hacen notar.

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Imágenes del concierto por Paul Charbit