Teníamos 13 ó 14 años y éramos inmortales. No para E, un cura navarro muy descreído: «Estáis aquí muy contentos con vosotros mismos —nos dijo— pero dentro de pocos años algunos ya no estaréis».

Y así fue. El primero en morir fue A. Era mi amigo, aunque dejé de verlo cuando acabó el colegio. Yo estaba tan harto del colegio y tenía tanta prisa por vivir de otra manera, que apenas me enteré de que había muerto y lo habían enterrado en un cementerio distante.

Qué injusto es morir a los 19 años.

No sé por qué me he puesto a recordarlo últimamente. Tanto así que he buscado alguna referencia suya. Y no hay ninguna. Simplemente él vivió en un tiempo anterior y no dejó huellas visibles en éste.

Encuentro en cambio un par de imágenes recientes de sus hermanos y a partir de ellas imagino cómo habría sido vida.

Tal vez la vida no fue tan injusta ahorrándoselo.

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Renoir, «Retrato de dos jóvenes», c 1880