Mundos habitados, 2 

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«El verde y discreto resplandor del primer patio, la transparencia de las ventanas de las galerías y los reflejos inexactos que en ellas se producían, el brillo rojizo de las maderas en el hall, los mandalas de las baldosas, las formas entrelazadas de los cuarteles de yeso.

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«Las ventanas entreabiertas de los patios, la duplicación de los espejos, los vidrios opacos de las mamparas.

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«El paragüero era un habitante acuoso de la entrada, una presencia insomne que duplicaba las baldosas de ajedrez, las treinta y seis ventanas del panel superior de la puerta de calle, los vidrios esmerilados de la mampara, la glicina del primer patio.

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«La mampara de vidrios estriados, con la agarradera de bronce, el picaporte nominal, coronada por una galería de treinta y seis vidrios. Y la puerta de calle: esa cuestión conventual, complicada, severa, inexpugnable, que sólo se cerraba por las noches y que también encontraba cerrada si me levantaba muy temprano: era el signo del sueño de los otros, en las mañanas de la escarcha en los techos y de las ramas peladas, y de los pájaros furtivos que se paraban en los deslindes de ladrillos del fondo, y las estufas negras que había que prender en el patio».

Fragmentos de «Mundos habitados», de Roberto Merino