Mundos habitados, y 3

«Los hechos se dieron así: mi padre se despertó cerca de las seis y percibió algo no habitual en el sonido de la ciudad. Parece que había más silencio de lo normal interrumpido por autos que aceleraban. Entonces despertó a mi madre y le dijo que prendiera la radio. En la radio se habían dado cuenta también de algo raro: estaban cortadas las comunicaciones con Valparaíso.

«Mi padre entró a mi pieza. Semi agachado sobre mi cama, sin mirarme, girando el cuerpo hacia la izquierda, como preocupado de que no se le fuera a escapar un pensamiento, me dijo muy rápido y drástico: «Parece que hay golpe de Estado». Luego emitió algunos quejidos leves, comienzos de palabras, titubeos, enarcando las cejas como cuando se hace una risa forzada, lo que recibí de inmediato como un subentendido: de aquí en adelante puede pasar cualquier cosa. Esto implicaba que debía estar alerta. No creo que me estuviera pidiendo acciones específicas, salvo no molestar. Estar alerta, a cierta edad, significa no distraer la atención de los demás.

«Me levanté de un salto, me vestí rápido. Mi padre ahora estaba en el hall, en cuclillas, pegándole una sujetada a la conexión de un timbre interno. Reclinándose contra una de las ventanas de la galería, prendió un cigarro como para hacerse un tiempo y me dijo: «Lo malo de esto es que los milicos, cuando agarran el poder, no se van nunca más. Mira el caso de Argentina».

«Mi madre me contó, mientras tomábamos desayuno, lo del silencio inusual de la ciudad y lo de las comunicaciones cortadas con Valparaíso. Imaginé ambas escenas y me transfirieron una sensación de tranquilidad. No quería que volvieran las comunicaciones. Pensaba en campos parecidos a los de Leyda, con pastos pajizos con cigarras, postes inclinados, la hora azul todavía borrosa del alba. Lo otro era el acero también azul del agua en la bruma de los muelles, siluetas de acero de barcos cargueros, y en la línea costera esos como taludes de rocas junto a pilastras de cemento encadenado. 

«¿Cómo se cortan las comunicaciones entre dos ciudades? ¿Se corre hasta una caseta con un panel de luces y se aprieta un botón? ¿Se emite una clave por telégrafo? La noche-amanecer era como una gran boca socavada del tamaño del cielo. Podía escuchar el golpe de las olas contra las rocas, la resaca, las órdenes secas y los susurros conspirativos. Valparaíso fue algo serio por primera vez. Un lugar de decisiones terribles. 

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«En mi casa no hubo gritos de júbilo ni de repudio. Más bien todos bajaron el volumen esa mañana, como para escuchar el desarrollo de los acontecimientos. Había varias radios puestas en distintas emisoras. Mi abuelo andaba con pijama y bata, medio desorientado, con ceño de preocupación. En ese tiempo la marca Old Spice era buena, no sé si a causa de la escasez general. Mi abuelo tenía una botellita de Old Spice en el velador. Le ofrecí echarle unas gotas en el pañuelo. Me sentí brindándole un gesto de confianza, tal como él, años antes, en una visita a un campo cercano le dijo al dueño que también me sirviera algo de un vino dulce que los demás estaban probando. Me parece que las personas nunca dejan de agradecer esos momentos de la infancia en que los adultos les dieron un trato directo, horizontal, sin didactismos ni payasadas ni burlas. 

«Todos los de esa casa eran medio momios, pero jamás se hubieran permitido destapar champagne o izar la bandera por la caída de Allende. Eso hubiera sido una fanfarronada fuera de nuestra realidad. No teníamos fundos ni empresas ni nadie muy involucrado en los hechos del país. O sea, fundos quedaban por ahí, en manos de parientes medianamente cercanos. Ellos tuvieron problemas con la reforma agraria, con fulanos en jeep que aparecían con instrumentos de agrimensura u otros que aleonaban a los huasos y los hacían unirse en temibles asociaciones. El fundo del abuelo de mis primos en Chillán se lo tomaron los inquilinos, que incurrieron en la brutalidad de hacer un gran asado con chanchos enfermos de triquinosis. Cuando alguno de los patrones se acercaba, le dirigían una mirada alcohólica y escupían el parásito por el costado de la boca. 

«Sonó el teléfono y era la Valeria, la amiga de mis padres. Estaba en un pequeño departamento de Providencia, entre allanamientos. Ella era de izquierda y corría peligro, pero con un conocimiento que no sé de dónde lo sacó, sentenció: «¡No pasa nada, huevón!, ¡sólo son cuatro pelotudos!». 

¿Sería así? LaValeria siempre parecía estar informada. Personas cuya compulsión consiste en dejar claro —en las primeras frases de un diálogo— que sus informaciones son superiores a las de los demás. No manejan particularmente datos, sino que saben las cosas por medio de las fuentes directas. «Acabo de hablar con el subsecretario de Defensa y me dice que a las dos de la tarde estará todo controlado».

Fragmento de «Mundos habitados», de Roberto Merino

Fotografía de Bob Borowicz