Ligero de equipaje
Aeropuerto de Dakar, sábado por la tarde, un grupo de viajeros provenientes de Praia, la capital de Cabo Verde, espera la llegada de las maletas. Son un grupo de policías italianos en misión de combate a la la inmigración clandestina, tres físicos espaciales etíopes de regreso de un coloquio en la isla de Sal, un músico gambiano de aspecto rastafari, una cooperante francesa en fin de misión en Senegal y su hijo pequeño, otro cooperante francés destacado en Mauritania, un señor elegantemente vestido, bien que calzando sandalias, gambiano también.
La correa transmisora se echa a andar afanosa y ruidosamente y tras unos largos minutos deja asomar una única y reluciente maleta amarilla. El niño francés da un salto de alegría al reconocerla, su madre la carga en un carricoche, se despide con un gesto del resto de los pasajeros y se aleja del aeropuerto de la mano del niño. La correa transmisora se queda desesperantemente vacía y los pasajeros no tienen más remedio que guardar una larga espera. Al cabo de una eterna hora aparece un funcionario senegalés quien les indica con la mano un lugar que parecería ser aquél en que se encuentran las maletas demoradas pero que acaba por ser el mostrador donde se constata la pérdida del equipaje.
Según los funcionarios senegaleses esta situación ocurre con relativa frecuencia porque los aviones de la compañía caboverdiana que vuelan hasta Dakar son pequeños y cualquier sobrepeso lo compensan dejando una parte del equipaje sin embarcar. Los poliziotti no aceptan esta versión, uno de ellos asegura haber visto su maleta en el avión. Después de largos tiras y aflojas verbales, los pasajeros aligerados de equipaje obtienen un papel que constata la irregularidad pero se cuida de señalar que el documento no constituye el reconcimiento de la responsabilidad por parte del transportista.
Las valijas serán depositadas en los días venideros en los aeropuertos de destino final de los pasajeros, Milán, Bruselas, Adis Abeba, Nouakchot o Banjul, afirman los funcionarios. A la pregunta de saber qué hacer si esto no ocurriese, el funcionario senegalés sugiere que, ante esa eventualidad remotísima, los pasajeros deberían escribir, pasado un tiempo prudencial, a la compañía aérea transportadora para reclamar una indemnización, en estos términos: "Habiendo llegado al aeropuerto internacional de Dakar y a mi gran sorpresa encontrarme desprovisto de equipaje...".
Quédense tranquilos, concluye. De ocurrir esta situación en un aeropuerto europeo, ustedes lo estarían. Acuérdense de mis palabras. Y de las suyas.
Ante estas afirmaciones el abanico de actitudes de los pasajeros es amplio. Abiertamente beligerante en el caso de los policías italianos, taciturna la del cooperante francés, neutra la de los científicos etíopes, dicharachera en el caso del músico gambiano, quien a pesar de haber perdido ya la combinación aérea hacia Banjul no cesa de reír y de hacer bromas con los senegaleses. El elegante señor de las sandalias, por su parte, permanece ajeno a todo este trasiego y se mantiene impertérrito a la espera de su maleta junto a la correa transmisora vacía y detenida.
Cuando cuarenta horas más tarde uno de los pasajeros recupera su maleta en el aeropuerto de Bruselas, se dice que la próxima vez que vuelva a llenar una valija se preguntará si es capaz de separarse de los objetos que está metiendo dentro, si consigue sobrellevar la idea que estos pueden partir en la dirección contraria o incluso no partir en ninguna dirección.
También mira su equipaje con otros ojos. La vieja maleta perdida y recuperada le trae a la memoria las palabras del funcionario senegalés. Y las suyas. Les pasa revista, a unas y otras. Y se siente contento de no tener que lamentar su maleta. Ni sus palabras.


