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Lejos de la pintura colonial u orientalista, el África de Michel Elias no es la de los safaris ni los campos de refugiados, sino aquella de la vida simple y de las emociones que aporta un rostro, un espacio y la luz.

« Pinto rápido, confiesa Michel, en una especie de frenesí y con ganas de acabar pronto, lo que me deja agotado al cabo de tres horas. Pinto al acrílico, que se aplica y se seca rápido. Temo que me falte el tiempo y  trabajo con urgencia antes de la que realidad cambie y mientras me quede energía, como una manera de correr contra la muerte.

Me interesan los paisajes y los modelos vivos. Últimamente pinto a partir de fotografías que he tomado en África. Mi técnica cambia también. Pinto sobre pedazos de revistas pegados en la hoja de papel de manera aleatoria. Me gusta partir de una especie de caos para dejar asomar una imagen, simplificando una superficie que parte en todas direcciones. Que se parezca a la vida, donde todo se mezcla constantemente, las palabras, las sensaciones, los recuerdos. Hago mi camino en ese desorden ».

Michel Elias vivió cuatro años como cooperante en Ruanda y vuelve al África negra constantemente. Trabajamos juntos durante diez años y en mi despacho en Bruselas cuelga un retrato suyo de un niño africano, con una expresión a medio camino entre la alegría y la tristeza.

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