Mucho había dicho que no me subiría nunca a un Ryanair. Tanto así que ayer me subí al primero, que me trajo de Charleroi a Valladolid, contando con que el Pisuerga pasa por la ciudad. Dejo para otro día las razones por las que no. A las muchas que expone esta señora, todavía le faltan las 14 principales. La razón por la que sí es que el Pisuerga pasa por Valladolid.

Finalmente el avión salió a la hora y el vuelo resultó más agradable de lo esperado. También porque me esperaba lo peor. El avión iba buscando el oeste, tenía el sol en la ventanilla y además se reflejaba en el metal del ala. No traía lectura, porque sólo consienten una maleta con diez kilos. Había tenido que eliminar lo prescindible, la toalla, los largavistas, los chocolates. De los libros siempre se dice que son imprescindibles, de manera que lo último en caérseme de la maleta fue mi Uriarte anotado por los bordes.

Como no traía lectura, digo, me leí un reportaje de la revista de a bordo sobre un trekking nudista de seis hombres, una mujer y una perra en los Alpes austriacos. Y el primer capítulo de Cien años de soledad. D me había encargado la edición que tenemos en casa, la número 26 de Sudamericana, de julio de 1971, con la portada de Vicente Rojo. Si le quitas los adjetivos, se queda en un cuentecillo, como el del dinosaurio. Los pantanos son desmesurados y los ríos tormentosos. Los mares, incógnitos; los territorios, deshabitados; las conjeturas, asombrosas. Qué charlatán. Los prodigios son misteriosos; las novelerías, alocadas y las tetas descomunales. Esta es la manera de contar para vender cantidubi, como hacen los macondianos y también los mc ondianos, que venden a tutiplén.

Pisuerga

Nacimiento del Pisuerga