Estamos en la panadería de Chus, comprando una barra para el camino. ¿Adónde os vais?, pregunta Chus. A Asturias, dice el sobrín. Y todas las Manolas que observan la escena exclaman a coro: ¡Qué suerte tenéis!

El paso a Asturias desde Castilla lo muestran las cigüeñas y los brezos, y al pie de los montes el agua retenida del pantano. El desfiladero del Sella es más impresionante que los despeñaderos alpinos y pirenaicos y aun así lo desafiaron y vencieron los ingenieros castellanos, reza una inscripción adosada a la montaña en el paso de la Güera. El monte es más modesto que sus vencedores, pero más perseverante.

Vis, Pervís, la Vega de la Fresneda / Parves, San Román y Amieva / Argolibio, Cien, Eno, Pen y Cireño / Estos son los pueblinos del mio Conceyo. Así recito yo lo que me enseñó mi tío, y siempre que vuelvo a Asturias voy a mirando a ver cuál pueblino es más que el otro. Esta vez me lo pareció Precendi.

En el Parque, bebemos unos culines para celebrar el simple hecho de estar aquí. Escanciamos la sidra con el nuevo invento que trajeron los gitanos de Macedonia, el escanciador a batería que no empuerca el suelo ni cansa el brazo. Basta apretar el botón e Isidrín o Isidrón (hay dos tamaños) suelta el chorro rubio para que la sidra alcance el punto preciso de oxigenación. Que Isidrín e Isidrón tengan la cara de Preciado, el míster del Sporting, mejora la prestación porque permite echar unas risas a costas del cargante del Muriño.

Y como fuera llueve, es imposible no recitar otros versos: Si una noche de lluvia tempestuosa / un hombre que ha bebido unos culetes / vuelve a casa y le pega unos cachetes / a la señora madre de su esposa / que es como todos saben un arpía / eso no es borrachera, es alegría.

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