Narcocorrido

El hijo va vestido con una camiseta de la seleccion argentina, un bluyín raído y una visera de marca. El padre es feo como un cacique que se ha llevado todo a la boca y no acaba de digerirlo. La madre, en cambio, es guapa como una peninsular que a la salida de misa no lleva mantilla de tan discreta. El hijo apoya la cabeza en el hombro del cacique, quien le acaricia la melena, debajo de la cual asoma una joya en la oreja -no es un aro ni un pendiente- que muestra que ya no es un niño o que aún lo es. El cacique se eclipsa hacia el baño, donde se mira largamente en el espejo, se arroja agua a la cara y emite unos ruidos sordos. Manifiestamente se ha metido un par de rayas que le han sentado de puta madre. Fuera lo esperan el niño curioso y la mujer discreta. Sale del baño y hace un par de llamadas desde el móvil. Ahora toca ir a recoger el equipaje.

Diario del Cono Sur, 10