Un tipo decidió una noche matarse. Y se mató, abrazado al ordenador. En el ordenador fue dejando el historial de sus decisiones: A la medianoche arrojó su vida profesional al papelero. A las dos, sus vida administrativa. A las cuatro, su vida sentimental. Al alba, arrojó lo que quedaba por la ventana.

Le dije a un amigo que tenía que escribir una novela con esta historia pero no me hizo caso. Así que tengo que contarla yo, aprovechando que la he recordado con el cuento del kamikaze del aeropuerto de Bruselas, ése que escribió su testamento en el ordenador y, antes de partir al aeropuerto o a al metro para matar y matarse, lo arrojó al basurero.

Qué basura.