Una tarde acabé de leer un libro, lo cerré, y puede ser que para combatir esa especie de pena que asoma cuando uno se separa de un buen libro, encendí la tele. Una película comenzaba, de la que ya habían quedado atrás los créditos. Reconocí en seguida el relato que yo acababa de leer, a pesar de que no eran imágenes descriptivas ni tampoco eran exactamente las imágenes que yo había «visto» mientras leía el libro.

Viene esto a cuento de que Coetzee cuenta en Infancia cómo eran sus padres, su casa y sus compañeros de curso, y sus lectores pusimos unas formas visuales a ese relato echando mano a imágenes de nuestro propio repertorio. Así hasta hace poco, porque últimamente alguien encontró en Ciudad del Cabo una caja con viejas fotos que tomó Coetzee cuando adolescente y en ellas podemos ver ahora esas escenas de una vida de provincias que el novelista había puesto por escrito.

Debo decir que no son muy diferentes a como las había imaginado. El colegio es tal como supuse —y en esto no tengo mérito ninguno, porque es igual a como era mi propio colegio—, el desierto de Karoo y la playa de Strandfontein, también. Sus padres, en cambio, eran más guapos y el niño John parece más triste y menos agraciado que la figura que yo me representé. Esto último se explicará por el cariño que le tengo.

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