El día deja paso a la noche lentamente por los días en que llega el verano. Cuando llegamos a vivir a esta casa, D era un niño y la calle estaba rodeada de campo. Así es como en ese intervalo entre el día y la noche y entre el campo y la ciudad íbamos a mirar al zorro y los conejos.

El zorro asomaba por su madriguera y echaba un vistazo a la ladera, a ver cómo corrían los conejos. Y para nuestra sorpresa, no los atacaba. D me preguntaba por qué y yo improvisaba unas respuestas. Porque sopla viento norte y los conejos están del lado sur y el zorro no los huele. Porque el zorro destripó una bolsa de basura, tiene la panza llena y le da pereza correr. A veces incluso le contaba retazos de un libro que me regaló una gringa cuando joven, un bestseller entre los hippies.

De tanto en tanto vuelvo a ese lugar y me pregunto qué será del zorro y los conejos. Y me digo que se han ido a vivir a una ladera donde un padre con su hijo los miran en los anocheceres de verano.

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