En Zaventem, el que me queda más cerca, las llegadas están en la planta baja y las partidas en el primer piso. Uno piso para las despedidas, el otro para las bienvenidas.

Tengo visto y resentido que la emoción de la bienvenida es abierta y breve, mientras que la de la despedida es demorada y contenida. «No somos para despedirnos», me dijo una vez J y lo recuerdo cada vez que hay que pasar por el trance.

Para muchos, el aeropuerto no es más que un lugar de tránsito, un espacio para reuniones, un supermercado. Bienaventurada la gente que vive alegremente la vida al ritmo de los vaivenes. Me gustaría ser como ella pero yo no soy para despedirme.

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