El auge y las caídas en la estima de los franceses de los presidentes de su república son de vértigo. Emmanuel Macron ha sido excepcional en muchos aspectos pero no en ése. Francia parece por momentos estar al borde de una insurrección dirigida contra él o al menos de un soberano alboroto dirigido contra todos. Los franceses son buenos para estos estallidos, a los que siguen después largos años de inmóvil narcisismo.

Me entero de que el filósofo de cabecera de Macron sería Bernard Mandeville, un holandés del siglo XVIII que vivió en Inglaterra la mayor parte de su vida. Doy un vistazo a su biografía y unas cuantos detalles que espigo dan que pensar o al menos se prestan para comentarios. Como que se marchó justamente a Inglaterra porque su padre fue desterrado de Róterdam por su participación en unos alborotos relacionados con los impuestos.

Su libro Vicios privados, virtudes públicas (La Fábula de las abejas), supuestamente la Biblia de Macron, desarrolla la tesis de la utilidad social del egoísmo. Los vicios son elementos necesarios al bienestar social, viene a decir. Un libertino vive con vicio, pero su prodigalidad da trabajo a sastres, servidores, perfumistas, cocineros y mujeres de mala vida, quienes a su vez dan trabajo a panaderos, carpinteros y un largo etcétera, escribe Mandeville.

El reproche principal, que no el único, que los amarillos hacen a Macron es su condición altanera y su abierto favoritismo por los pudientes. Tal vez Mandeville y est pour quelque chose...

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