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Leo unos relatos de Yôko Ogawa. Me gustan, unos más, unos menos, pero todos están bien. Son sencillos y bien llevados. Queda sí la sensación cuando avanzas en la lectura de que Ogawa encontró una forma y que, aplicándola con variaciones, puede escribir mil relatos por el estilo. O nunca tantos, aunque me entero de que ha escrito treinta libros en veinte años. 

Los tres relatos que más me interesaron son aquellos en los que el narrador es un hombre, qué curioso. Un hombre que acompaña a su madre moribunda y se reencuentra con un amor de la infancia; otro que visita cada año el día de su cumpleaños a una añosa tía que iba para prima donna pero cambió de camino; y un tercero que limpia casas para costearse los estudios y tiene que hacerse cargo de la presencia insistente de una señora. Los tres son personajes algo transparentes, en el sentido de que están enteramente presentes en las situaciones pero no las recargan con su presencia.

Cuando tomé el libro no sabía si se trataba de un escritor o de una escritora, aunque en seguida me acordé de Yoko Ono y ya. Y como la guerra entre mujeres y hombres parece estar de moda, me llama la atención el intento de Ogawa de narrar siguiendo un punto de vista masculino. Creo que puede ser un ejercicio recomendable intentarlo alguna vez al menos. Chico Buarque ha escrito algunas des sus mejores canciones adoptando la voz de una mujer; en ninguna de sus novelas, en cambio, ha probado suerte.