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V13, por viernes 13*, por aquel viernes 13 de noviembre de 2015 en que el terrorismo islamista atacó París por tres frentes —el Estadio de Francia, el teatro Bataclan y las terrazas de varios cafés y restaurantes— con un saldo de 130 muertos y más de 400 heridos, muchos de ellos muy graves porque los ataques fueron cometidos con armas de guerra.

Cinco años después, la justicia francesa enjuició a veinte acusados en calidad autores y cómplices, en un juicio que se extendió por nueve meses y por el que desfilaron cientos de víctimas y testigos y 350 abogados, proceso que Carrère siguió del primer al último día y del que fue publicando semanalmente unas crónicas en varios medios de prensa que ahora reúne en este libro. 

El libro se divide en dos partes: las víctimas y los acusados. Sobre la relación entre unos y otros Carrère formula una pregunta que le surge de la lectura de otro libro que describe el cara a cara entre el padre de uno de los terroristas y el padre de una de las víctimas mortales, una pregunta tremenda: ¿qué es peor, tener un hijo asesino o una hija asesinada?

Los terroristas se repartían en tres grupos de tres individuos teleguiados por el Estado Islámico desde Siria. Un primer comando llegó hasta el Estadio de Francia, donde se jugaba un partido entre Francia y Alemania en presencia del presidente de la República de entonces, François Hollande. Los terroristas pretendían introducirse en el estadio y saltar por los aires entre la multitud, lo que habría provocado una masacre mayúscula. Pero se enrederaron por el camino, llegaron cuando el partido ya había comenzado y se encontraron con las puertas del estadio cerradas y unos guardias que les impidieron entrar. Contrariados por el percance, fueron lo suficientementemente cons —Carrère dixit— como para activar los explosivos en los accesos al estadio, despoblados a esa hora. Aun así las tres explosiones provocaron una víctima mortal e hirieron gravemente a una decena de personas.

A Marilyn, por ejemplo. Así la describe Carrère: «Marilyn lleva siempre consigo en un pequeño tubo de plástico la esquirla de 18 mm que le extrajeron de la mejilla. La saca de su bolso frente a la Corte y dice: no me importa mostrarla pero no me separo de ella. La guarda y se va, y otros 250 testimonios que vendrán después harán olvidar el suyo, pero aun así, a Marylin alejándose, sola, elegante y triste, tan triste, con su esquirla en el tubo, yo no lo olvidaré».

Hacía buen tiempo en París esa noche de noviembre, las terrazas de los cafés y restorantes desbordaban de gente. «Era como una primavera precoz —recuerda una sobreviviente— y la gente se veía feliz. Yo tenía 27 años y mis amigos 29 y nos preguntábamos qué haríamos para celebrar cuando cumpliéramos los 30». En ese momento tres terroristas desciendieron de un coche y comenzaron a tirar a matar. En veinte minutos asesinaron a 39 personas y dejaron 32 heridos graves. Uno de los terroristas activó su cinturón explosivo y los otros dos escaparon y fueron encontrados cinco días después en un suburbio parisino y abatidos por la policía.

Lo peor todavía por venir y lo provocaron minutos más tarde otros tres terroristas en el Bataclan. En medio de un concierto de rock irrumpieron dando tiros y vivas a Alah y en diez minutos mataron a 90 jóvenes e hirieron gravemente a más de 200. Hasta que uno de los terroristas fue abatido sobre el escenario por un policía que tuvo el coraje de interrumpir la masacre pistola en mano, mientras que los otros dos activaban sus chalecos explosivos.

De la masacre del Bataclan se deduce una cosa siniestra. Después de las primeras ráfagas, cientos de personas yacían amontonadas en el suelo, muertos los que estaban encima, vivos los que estaban debajo. Si uno de ellos se movía o se le escapaba un quejido, los terroristas fríamente lo remataban. Si sonaba un móvil también. Y esto es pavoroso porque a esa hora los familiares y amigos de los jóvenes atrapados en la sala comenzaban a enterarse de lo que sucedía y su primer reflejo era marcar el número del amigo o del familiar que estaba allí dentro. Y el sonido de ese celular lo acallaban los islamistas a balazos.

No es fácil resumir un juicio como éste pero Carrère lo consigue dando cuenta de sus grandes líneas y de los detalles reveladores, como este inicio del interrogatorio del presidente del tribunal a Salah Abdeslam, principal inculpado y único sobreviviente del comando terrorista (del que nunca sabremos si el cinturón explosivo que iba a activar se trabó o si lo que se trabó fue su osadía):

—¿Estado civil?

—Alah es grande y Mahoma es su profeta.

—Bueno, ya veremos luego... ¿Nombres de su padre y de su madre?

—Los nombres de mi padre y de mi madre no tienen nada que hacer aquí.

—¿Profesión?

—Combatiente del Estado Islámico.

—...En mis notas dice «interino».

Según Carrère, este intercambio le valió al presidente del tribunal dar con el tono con el que impondría su autoridad durante el largo proceso. Finalmente el tribunal repartió penas un peldaño por debajo de las pedidas por la acusación y lo argumentó de tal suerte que los acusados comprendiesen que si apelaban obtendrían un aumento de sus condenas. La justicia es humana pero funciona. 

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*El viernes 13 en la cultura gala es un equivalente al martes 13 en la nuestra, una fecha marcada por la suerte, mala según la mayoría, que ese día se anda con cuidado, buena según otros, que ese mismo día juegan a la lotería.