Antes, el lector se iba a la cama con la sensación que le dejaba el mundo tras la lectura de la última edición del periódico, la vespertina. En cuanto despertaba, al día siguiente, se desayunaba con la primera edición del periódico, la que venía a corregir esa sensación o a hacerla más pronunciada. Hoy, el diario digital por la noche es igual o casi igual al diario digital de la mañana. Ni uno ni otro reservan sorpresas porque todo es una sorpresa permanente, lo que significa que las sorpresas ya casi no existen, entre otras cosas porque los sondeos ya las han previsto.

‘Sólo le pido a Dios poder leer mi diario favorito con un mes de anticipación’, escribía por esos entonces el joven Claroscuro en una carta al Director del periódico más viejo del Nuevo Mundo. Su anhelo está cumplido. El diario de hoy y aquel que se publicará dentro de un mes ya son el mismo diario. Porque el diario es un almanaque, un registro inmóvil de astros y de camellos que giran a la velocidad de la luz.

Salvo cuando chocan dos submarinos nucleares (frente a las costas de España). Entonces el viento cambia de dirección y la noticia aparece con un mes de retraso.