Diario de Lima, 2

Me escribe una lectora para preguntarme si soy joven o viejo. Poser la question c'est y répondre, dicen por aquí.

Podría contarle que estaba solo en el comedor del hotel en Lima esperando a que me trajeran una ensalada de fruta cuando asomó una niñita. Se acercó y me miró detenidamente.

—¿Eres un viejo?, me dijo.

—Y tú, le respondí, ¿eres una niña?

Me impresionó en Lima la cantidad de gente joven que la recorre en todos los sentidos. Y no es que no haya gente mayor, es que hay muchos jóvenes. Es verdad que yo me moví mayormente en una zona del Cercado de Lima que es, como mi pueblo, territorio de universidades, escuelas y colegios.

IMG_20200118_164709

Por el bandejón central de la avenida y el borde del parque por donde circula la juventud limeña las cotorras provocan al anochecer sobre las copas de las jacarandas y los ceibos una magna escandalera. Escandalera a la que se suman los taxistas que bocinan en cuanto ven un peatón, y mira si no habrá peatones en Lima.

Para quienes vivimos en pueblos grandes o en ciudades pequeñas, la energía que desprende una gran urbe es embriagadora. También puedo decir que las generaciones producen una energía diferente. La de los jóvenes es galvánica. Me acuerdo de un pueblo remoto en la isla de Santo Antão, en Cabo Verde. No pasaba nada en ese pueblo durante el día hasta que al caer la tarde se juntaba la juventud en la costanera y la caminaba arriba y abajo, una y otra vez. Es probable que, de ser canalizado, el calor que desprendía ese ritual acercaría la isla al continente.

En el pueblo donde vivo, como en el Cercado de Lima y por las mismas razones, viven muchos jóvenes y también unos cuantos viejos. Juntos componen una atmósfera de costumbrismo cosmopolita. Suena a oxímoron y ojalá lo sea.