Tal vez el ritual del Chimuelo podría concluir con la plantación de alguna especie autóctona.

Cuando llegamos a esta casa la rodeaba un barrizal. A los pocos días el niño encontró allí un mirlo muerto. Bien que lo disimulaba pero me di cuenta de que estaba triste. Le dije entonces que lo enterráramos y plantáramos sobre él un cerezo que había brotado espontáneamente en una maceta. No siempre uno acierta pero el cerezo se convirtió en el árbol más alto del barrio. En verano nos ponemos morados de guindas y es una alegría ver cómo llegan mirlos y pichones a imitarnos. También es una alegría contarlo.

Ahora mismo está en flor el bendito.

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