En Provenza sueles tener a la vista el más alto de sus montes, el Ventoux, y te entran ganas de subirlo, de subirlo por subirlo, como hizo Petrarca, para ver desde la cima la entera Provenza, la planicie que se estira por el oeste hasta los primeros contrafuertes del macizo central y los volcanes apagados de la Auvernia y, por el este, los Alpes y tras los Alpes Italia, la patria de Petrarca que, como se sabe, fue el primero en subir el Mont Ventoux por las ganas que tenía de subirlo y si no fue el primero al menos fue el primero que lo contó.

Subiendo hay que concentrarse porque el camino es sinuoso, los ciclistas movedizos y el paisaje tentador. Suben con esfuerzo los ciclistas y luego bajan con cara de velocidad. Estacionamos cerca de la cima y emprendemos el último tramo a pie, como Petrarcas de pacotilla. Llegados a la cima leemos en voz alta el capítulo que le dedica al Mont Ventoux el libro de Montano. Es precioso ese capítulo, con Petrarca, San Agustín y Duchamp codéandose con los ciclistas. Y a Diego le corresponde el honor de levantar el libro sobre la gorra y poner los dedos sobre el título. 

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En la cima hay flores diminutas, cagarrutas de conejo y un aire purísimo. Y con tres piedras alguien ha levantado una estatuilla. 

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Por la tarde bajamos el Ventoux y vamos a caminar por el lecho de uno de los ríos que lo rodean, el Toulourenc, otro ritual cumplido. Templos molidos bajo el agua, piedras arrastradas por el río, frases sueltas, versos perdidos.

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