Japón pasa por ser el país con mayor esperanza de vida del planeta y,
dentro del archipiélago, la mayor concentración de centenarios se da en
la isla de Okinawa.

Mi tío Pepe va bien encaminado rumbo a la centena. En su caso, se da la circunstancia favorable de que ha habido varios centenarios en la familia. Le pregunto por su receta y me responde con una pregunta: ¿Has visto algún centenario barrigón? Hay que comer poco y bien. Y andar y dormir.
El asunto parece motivarlo: Centenarios hay en muchas partes del mundo pero hay que fijarse en los lugares donde son numerosos. Japón pasa por ser el país con mayor esperanza de vida del planeta y, dentro del archipiélago, la mayor concentración de centenarios se da en la isla de Okinawa. Ahora bien, ¿qué comen los okinawenses? Pescado, algas, soja, frutas y verduras. Algas y soja, traducidas a la lengua de la tribu: cochayuyo y luche, porotos y lentejas. Después de la guerra, los norteamericanos instalaron en la isla una base militar y con ella su infausto imperio del ketchup. La tasa de centenarios ha ido decayendo, pero aún resiste. En América del Sur sucede otro tanto en el valle de Vilcabamba, en los Andes ecuatorianos, aun cuando por allí ya ha llegado el ketchup pero no todavía el ejército norteamericano.
El fotógrafo californiano Peter Menzel, por su parte, ha publicado cinco magníficos libros y numerosos reportajes sobre estos dos temas, la longevidad y la comida. En uno de sus libros, Hambriento planeta, retrata a numerosas familias por el ancho mundo, de Malí a Bután y de México a Japón, junto a lo que comerán durante la semana y lo que esto les cuesta. Entre los Melander, en Alemania, que se gastan sus buenos 500 dólares en sus cuchipandas semanales, y los Namgay, de Bután, que gastan cinco, caben muchos platos y muchas familias.
Con todo, y guardando las proporciones, el gasto familiar en comida ha ido disminuyendo allí donde se ha implantado la agroindustria. En los países desarrollados este gasto se ha reducido casi a la mitad en el último medio siglo. Lo cual no ha significado necesariamente una mejora en términos de salud pública. O, más bien, ha representado un avance relativo porque algunos males han disminuido pero se han incrementado otros, como la obesidad y la diabetes, por ejemplo.
Según Menzel, la comida más cara del mundo es también la más insana. Y es además, por eso mismo, la más publicitada. El imperio del ketchup, la comida americana, que ha pasado a ser la dieta de buena parte del planeta, es una comida tan zafia como peligrosa: 60 por ciento de la población norteamericana está con sobrepeso. Un 40 por ciento están enfermos de obesidad. Y un 9 por ciento de diabetes, al punto que uno de cada tres niños será diabético si no se modifica la dieta.
¿Por qué en Asia apenas hay gordos (aparte, claro, de los luchadores de sumo)?, pregunta Menzel. Porque la flexibilidad de su dieta ha permitido a los asiáticos muchos lujos, incluida la superpoblación. Esto significa que buena parte de los asiáticos son insectívoros. Puede que se nos bloqueen las papilas gustativas ante la idea de comer orugas, pero esto no debería impedirnos seguir este razonamiento: Un cerdo, el animal más eficiente convirtiendo biomasa en proteínas, transforma en carne el 25 por ciento de lo que come. La vaca convierte en filetes sólo el 12 por ciento de lo que consume. Un insecto, en cambio, logra transformar en comida entre el 60 y el 70 por ciento de lo que traga. Larga vida a los insectos.
En materia de manducación, habrá que ver cuánto da de si la distinción entre izquierda carnívora (chavista) e izquierda vegetariana (lulista) que establecen Vargas Llosa hijo, Mendoza y Montaner en El regreso del idiota latinoamericano. La respuesta del aludido no tardará en hacerse oír en forma de vernáculo regüeldo.
2 de agosto de 2007
PS: La foto es de Peter Menzel. Mi costilla me sugería que me explayase sobre el intenso sabor del zampopo, una hormiga centroamericana que, convertida en mermelada, se toma con panqueques. Pero a mí no me gustan los panqueques.