dimanche 22 avril 2012

Los niños

Tengo el fin de semana antropológico, de manera que ahora que François Hollande tiene ya medio camino hacia el Elíseo andado (y su rival, Sarkozy, medio camino salido), me da por recordar a los parientes del candidato en punta, a su ex, a los niños, que perdieron con la madre pero probablemente ganen con el padre, y al tataranieto de Shakesperare.

H

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samedi 21 avril 2012

El Tololo

Sabe, no fundo eu sou um sentimental, dice el fado, y no vamos a desmentirlo esta tarde. Que el premio Cervantes lo vaya a recibir, a nombre de Nicanor Parra, el Tololo, su nieto de 19 años, me empaña las gafas.

Que el viejo es sabio, ya lo sabíamos.

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Colombina Parra, los Príncipes de Asturias, Cristóbal Ugarte

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jeudi 19 avril 2012

El reino

Cuando me iba a contar una historia abracadabrante, mi abuela chilena la comenzaba así: En los tiempos en que había en Chile un rey... Se refería probablemente a la colonia o, más atrás, al tiempo de nunca jamás. 

Tantos años más tarde, la historia del rey que partió a cazar elefantes con una cenicienta y un vendedor de alfombras y volvió a pedir perdón apoyado en dos muletas cabe ampliamente en su repertorio. 

Durante estos años la monarquía había dejado de ser un asunto pendiente para convertirse en una especie de dato de la realidad, de su telón de fondo o de su soporte. Ahora que el propio monarca ha vuelto a poner la cuestión encima del gran montón de problemas, inesperadamente vuelven también esas historias remotas del reino de mi abuela. Yo creo a veces haberme ido lejos, ser otro. Y resulta que tal vez esté donde siempre.

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Carlos I, óleo de Gerrit van Honthorst

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samedi 14 avril 2012

Lautaro a lomo de elefante

Quedamos ayer en que el mundo es la Gran Sonaja y resulta que el día anterior el Rey de España cazaba elefantes en Botsuana. Hablando de eso, salió a colación Lautaro. Como se sabe, el joven Lautaro, siendo mozo de caballerizas del conquistador Valdivia (quien lo llamaba Felipe), convenció a los suyos de que los conquistadores no eran centauros sino simples peatones extremeños. Lo que envalentonó a los araucanos y les permitió atacar y zurrar a los peninsulares y reducir a Valdivia, a quien Lautaro le propinó esta muerte atroz: ¿Oro quieres? Oro tienes, le dijo y le introdujo por la boca un embudo con metal hirviente.

La historia, con ser buena, mejora si se cambia un componente y en lugar de caballos ponemos elefantes. Grandes paquidermos cruzando el océano, desembarcando en Lima, llevando en volandas a Almagro y Valdivia por la aridez del desierto de Atacama a conquistar la indomable tierra de Arauco.

L

Y ya puestos a cambiar la historia, tras acabar con Valdivia, Lautaro se lanza a la conquista del imperio incásico. Avanzan las huestes lautaristas a lomo de elefante por el Salar de Uyuni, hunden sus trompas los paquidermos en el lago Titicaca y abrevan y se duchan según su costumbre, preparándose par entrar en el Cuzco, el ombligo del mundo, durante un eclipse.

Lo cierto es que este detalle no sólo cambia la historia de América sino la de la propia España, que ve recreadas las paredes de Altamira de trompas y graciosas orejas, y a una carga de elefantes enterrar a los sarracenos en la mar -Babieca, Rocinante, incluso Platero, todos elefantes- y así, hasta que anteayer el Rey Borbón se descoyuntase la cadera cazando guanacos en el sur de África.

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vendredi 13 avril 2012

Fallaste, Machuca

C

El fallo del lanzamiento del cohete norcoreano recuerda, cómo no, al loro de La Oreja rota. También que durante las protestas contra la dictadura de Pinochet en los años ochenta en Santiago de Chile, cada vez que un policía disparaba, los muchachos le respondían con este grito: Fallaste, Machuca. De día o de noche, de cerca o de lejos: Fallaste, Machuca.

El mundo es la Gran Sonaja, decía Alfonso Reyes. Los que están en el secreto sonríen.

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mercredi 11 avril 2012

El tiro errado

El escopetazo en el pie del niño Froilán nos recordó otras lejanas detonaciones.

Habíamos montado la carpa a campo traviesa. Al anochecer cenamos y luego nos tumbamos en los asientos extraidos de la citroneta a mirar la luna mientras nos acabábamos el vino. La luna había salido por la cordillera e iría, andando la noche, a ponerse en el mar. El vino era regional, del valle del Maule, y lo habíamos comprado en un almacén del vecino pueblo de Putú.

En cuanto nos fuimos a dormir, comenzaron las deflagraciones. Serán cazadores, nos dijimos, esperando que se mantuvieran a distancia y nos dejaran dormir.

Pero nos despertaron. Sería la medianoche pasada. Acezaban pidiendo ayuda. Con frases entrecortadas relataron el accidente, el disparo fallido, el cazador moribundo. Había que llevarlo al hospital, suplicaban. Nos costó dar con el lugar, a pesar de la luz de la luna. Junto al cuerpo tendido había un niño llorando, el niño que había errado los tiros. El cazador estaba muerto en el suelo y el niño estaba muerto de miedo.

No se levanta un cadáver hasta que no dé la orden el Juez. Fuimos todos al pueblo a despertar a los carabineros. El niño de los disparos tendría unos trece años y el muerto era su tío, un hombre joven. El niño vivía en la ciudad, estaba pasando las vacaciones en la casa de sus abuelos. La escopeta era de su padre, el niño la había tomado sin su permiso y había convencido a su tío y a otros dos para salir esa noche a cazar conejos.

Los conejos, justamente, nunca habíamos visto tantos ni tan alborotados como cuando volvíamos del retén policial hasta la carpa. Parecía que celebraban el fin de la cacería, todos corriendo al borde del camino. Nos venció el cansancio al alba y a la mañana siguiente volvimos al pueblo para unirnos al tristísimo velorio. Antes de despedirnos, contribuimos a la colecta para pagar el ataúd que el carpintero había fiado.

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Óleo de Sandra Yagi

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dimanche 8 avril 2012

El barco

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 Foto de Martí Villardefrancos

La foto de estos niños emigrantes que perdieron el barco en el puerto de La Coruña, en 1960, me recuerda al obelisco de la plaza pueblo belga que se llama del Perro del equipaje. En los años de la hambruna por la peste de la patata marcharon muchos lugareños a Winsconsin. A uno de ellos, a la hora de embarcar se le escapó el perro y corrió a buscarlo. Lo encontró, pero entretanto el barco había zarpado llevándose su equipaje. El barco naufragó en la travesía, el lugareño volvió a su pueblo, de donde nunca más volvió a salir, y el obelisco está ahí para recordar la historia.

Esas historias se perpetúan porque a todos nos gusta confirmar el adagio ese que dice que no hay mal que por bien no venga, aunque sepamos que no siempre es así. Estos niños probablemente embarcaron en el navío siguiente y su vida transcurrirá como si hubiesen embarcado ese mismo día de la fotografía. Aunque la lleven en la cartera, y a veces la miren cuando nadie los ve.

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samedi 7 avril 2012

Yo, Carrère

C Que Una novela rusa no es una novela ni es tampoco enteramente rusa lo sospeché desde un principio, como decía el otro Roberto Bolaño. En las novelas modernas, en las buenas quiero decir, el protagonista suele ser el autor y los personajes secundarios sus novias y y sus parientes. Estos últimos no siempre quieren salir en la novela, pero así es la vida de los escritores.

El libro cuenta tres historias. La de un joven soldado húngaro, hecho prisionero por los rusos al final de la Guerra, perdido durante medio siglo en un sanatorio de una ciudad remota de la estepa. La segunda es la del abuelo materno del autor, que deja con su familia su Georgia natal tras la revolución bolchevique y se instala en Burdeos, donde colabora con el ejército alemán y es ejecutado por la resistencia. Y la tercera, la historia del propio Carrère contando ambas historias y su apego a la Rusia de su madre y a su lengua, que se le resiste, y su inevitable o evitable historia de amor durante esas idas y venidas y la consiguiente publicación de una nouvelle erótica en Le Monde, y la filmación de una película sobre todo lo anterior.

El libro se lee ávidamente porque Carrère escribe muy bien y consigue dar suspenso a un material que en manos de un escribidor torpón sería de una banalidad aplastante. Es lo que hace de él un autor que vende miles de ejemplares, que no millones, porque millones vende la ficción desatada, a lo Harry Potter. Los escritores que venden miles de ejemplares, como Carrère,  lo que suelen contar es su propia vida valiéndose de las técnicas de la ficción desatada, de manera que sus lectores se divierten mientras se enteran de asuntos interesantes.

Así, un libro sobre la vida de un escritor parisino la gente va y lo compra y lo devora incluso. Damiela Eltit* sostiene que este auge de la literatura del yo sería parte de un programa político antificcional para controlar el desborde de la imaginación y acaso prevenir el desorden. Yo creo que se va por la estepa rusa, porque hay un lazo querido y no necesariamente impuesto entre un autor y sus interesados lectores. Ese lazo, esa avidez por conocer una vida supuestamente trepidante y la gracia de saber contarla, (más aún si reina en ella la famosa trilogía sexo, poder y prestigio), funda en parte la literatura y pasa por ahora también por los libros.

*(en The Clinic 15 de diciembre 2011)

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vendredi 30 mars 2012

Entrevista con un jardinero

¿Por qué cultiva un jardín?

Porque viví muchos años cultivando plantas en macetas. Y cada vez que iba a la ciudad vecina me detenía a mirar un jardín con un árbol al centro. Una de las historias más conocidas de las Mil y una noches cuenta de un hombre que viaja del Cairo a Ispahán en busca de un tesoro. En Ispahán lo detiene la policía y un oficial se burla de él contándole la historia de un hombre que va de Ispahán al Cairo en busca de un tesoro, sin saber que lo que busca está en el jardín que ha dejado atrás. Vuelve entonces el hombre a su ciudad y encuentra el tesoro en su viejo jardín.

Otra vieja historia muy conocida es la del gigante egoísta, de Wilde. Cuando por fin llega la primavera, en el jardín del hombre necio permanece el invierno. Yo soy ese hombre necio. Tal vez el jardín sea una parcela del mundo. Dice Juan Ramón: « Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando. Y mi jardín permanecerá ». El suyo era un jardín andaluz, tan diferente del que yo cultivo.

¿No será mucha literatura para tan poco jardín...?

Seguro. Pero lo contrario sería peor. Según Borges, el jardín de los senderos que se bifurcan es una imagen incompleta pero no falsa del universo. A quien pasa su tiempo leyendo se le corre una teja, como a Alonso Quijano, y no le queda tiempo para dedicar al jardín. A quien pasa su tiempo en el jardín, le alcanza el tiempo para leer.

¿Aprende algo en el jardín?

Una lección cada día. La de hoy: las hormigas enseñan que no hay enemigo pequeño.

¿Ha llegado por fin la primavera?

Cuando puede decirse que una estación ha llegado, ya comienza a irse. Pero, bueno, no nos vamos a quejar.

¿Y qué trae de nuevo?

Ahora mismo están en flor las violetas. El domingo llega abril y florecerán las lilas, como decía Elliot: Abril es el mes más cruel, criando lilas de la tierra muerta, mezclando la memoria y el deseo, removiendo raíces turbias con lluvia de primavera.

¿Da trabajo el jardín, en esta época?

Poco. Las hormigas comienzan a instalar a los pulgones en los cogollos de los groselleros. Es un fastidio. Pruebo a detenerlas con un papel impregnado de goma, que pego en el tronco para impedirles subir. Pero son pertinaces. Algunas consiguen pasar y, las que no, se cambian de árbol. Ya le digo, no hay enemigo pequeño.

-Veo que insiste: cómo es eso de que no hay enemigo pequeño...

-Bueno, la hormiga más pequeña mide menos de un milímetro. Se ha trasladado del campo a la ciudad (es de origen etíope). Aprecia particularmente los hospitales. Se sospecha que se ha convertido en vector de infecciones nosocomiales.

-Caramba...

-Se escucha a los humanos quejarse de que muchas especies animales están en vías de extinción. En cuanto a las hormigas, no hay de eso ningún peligro, al contrario: hay centenares de especies aún por descubrir...

-El futuro para el que lo trabaje...

-Y el mañana es del que lo vio primero... Por más que la humanidad engorde, no conseguirá hacerle el peso a las hormigas. Si ponemos a los seis mil millones de humanos a un lado de la balanza y a las incontables hormigas del otro, ya se imaginará de qué lado se inclina. Y esto, sin contar con las termitas, que tienen alas.

 J

Le jardinier, óleo de Georges Seurat

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dimanche 25 mars 2012

Cerrado por duelo

En la noche del sábado al domingo, en pleno equinoccio, murieron tres personas queridas. 

En Gijón murió J, la menor de las hermanas de A, el bable más puro del pueblo. Un día en que ya nos habíamos dicho adiós (con lo que nos costaba despedirnos), nos volvimos a encontrar. No somos para despedirnos, me dijo.

En Lovaina murió E. Lo vi por un última vez hace dos o tres sábados. Era lacónico, pero ese día quería hablar y me tomé el tiempo de escucharlo. Me contó que, siendo un niño, tuvo que echarse al camino con toda su familia, huyendo del ejército alemán, hasta la frontera francesa donde los obligaron a dar marcha atrás. De vuelta a casa, extenuados, encontraron las camas maculadas por la mierda ajena. Preferiría no sufrir, me dijo, pero no tengo miedo de morir. 

En Lisboa murió Antonio Tabucchi. Sólo lo vi una vez, en Lovaina también, hará quince años. Me parece que fue hace nada pero ya sabemos que el tiempo envejece de prisa. Me acuerdo ahora de esto que dijo ese día, de estas palabras de su abuela: Sabes, Antonio, la vida pasa en un segundo pero, a veces, cuánto tarda en pasar un día domingo.

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