'Llegó un día al pueblo un circo. En el circo había un domador de leones. Tenía la desgracia de llamarse Soto. La gente estaba asombrada, entonces empezaron a hablar de este Soto. A Soto, el cuchillero, le dio rabia porque hablaban de Soto, pero ese Soto era otro. Cuando el domador estaba una tarde en el despacho de bebidas, se le acercó Soto el cuchillero y le dijo: 'Yo quiero saber su gracia' (su nombre). El otro le respondió: 'Soto, para servirlo'. El cuchillero dijo: 'Aquí el único Soto soy yo, de modo que no se apure, elija su arma y yo lo espero fuera'. Nunca se peleaba bajo techo, porque era ofender la casa, aunque la casa fuese un prostíbulo. El domador no sabía qué hacer, pero alguien le dio un puñal. Entonces salieron a la calle y, como el domador no sabía manejar el cuchillo, Soto lo mató. Luego todos los testigos dijeron que el domador lo había provocado. Además, como éste era el héroe local y el otro un forastero, todo quedó como si nada hubiese pasado.
La historia del otro Soto la cuenta Borges en una entrevista con Reina Roffé. En ella, Borges evoca también su relato sobre dos teólogos que en vida se odian y se destripan, y cuando llegan frente a Dios constatan que Dios los confunde, que para él forman una sola persona.
El otro, teólogo o domador de leones, es un de los asuntos que ponían a trabajar al maestro, afán que resolvía con unos relatos espléndidos.
Durante unos años leí a René Girard y llegué a entender que la mímesis, la manera de encarar al otro y al equívoco que el otro obra en uno, es asunto central en toda vida humana. Girard elaboró su teoría mimética a partir de su trabajo como crítico literario, apoyándose en una lectura de los clásicos, la Biblia delante pero, curiosamente, que yo sepa, no parece haberse referido a Borges.
Borges consigue en este materia dar otra vuelta de tuerca enfrentando a Borges no ya con el otro exterior, sino con el otro sí mismo, que es de lo que trata El otro, el relato de su encuentro ya mayor consigo mismo cuando joven:
'Me le acerqué y le dije:
-Señor, ¿usted es oriental o argentino?
-Argentino, pero desde el catorce vivo en Ginebra -fue la contestación.
Hubo un silencio largo. Le pregunté:
-¿En el número diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa?
Me contestó que sí.
-En tal caso -le dije resueltamente- usted se llama Jorge Luis Borges. Yo también soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge.
-No -me respondió con mi propia voz un poco lejana.
Al cabo de un tiempo insistió:
-Yo estoy aquí en Ginebra, en un banco, a unos pasos del Ródano. Lo raro es que nos parecemos, pero usted es mucho mayor, con la cabeza gris.
Yo le contesté:
-Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un desconocido. En casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo de Perú nuestro bisabuelo. También hay una palangana de plata, que pendía del arzón. En el armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres volúmenes de Las mil y una noches ( ) y, escondido detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balcánicos'.
El viejo, conservador, no puede por menos que burlarse del joven que cree en la fraternidad de todos los hombres. Una manera como otra de contener la emoción.
'Noté que apenas me prestaba atención' prosigue el viejo. 'El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que apretaba entre las manos un libro. Le pregunté qué era'.
Era éste.