Mi tío Pepe corre a buscarme. Tiene decenas de mensajes en la
casilla. Spam. Los retiene un filtro, los hacemos desaparecer con un
golpe de click. Apenas desaparecen, reaparecen: al día siguiente ya
tiene otros tantos. Mi tío Pepe no es particularmente sociable y, sin
embargo, su casilla desborda… ¿Quién es esta gente que escribe tanto?
¿Quién es esta gente que escribe sin escribir, sin ser ella exactamente
el remitente ni nosotros propiamente el destinatario? Gente que escribe
en inglés, un inglés adocenado, que no es su lengua ni la nuestra,
gente que se llama con nombres que no se llaman, nombres que combinan
inglés y castellano: Gloria Gary, Luisa Tomkins, Elliot Zamora, Lee
Saenz, Olunwafunmilayo Cisneros (este último combina español y olunwa,
supongo, o funmilayo).
En fin, no sé si los patronímicos españoles serán una atención para
con mi tío Pepe, o bien si ya es una realidad la predicción de los
futurólogos en cuanto a que en el porvenir la humanidad musitará una
melcocha llamada spanglish. Próspero Reaves, Colby Castro, Santiago
Herrington, Joey Vásquez son, así, unos adelantados del mundo de
mañana. Esta gente variopinta le propone a mi tío Pepe que compre
viagra, cialis, valium, chicas húmedas, doctorados en un dos por tres,
programas informáticos a precio de huevo, que les salve la vida, que
abra una cuenta bancaria, que ya se encargarán ellos de llenarla de
cuarenta y cuatro millones de dólares y fracción. Fourty Four Millions
Five Hundred Thousand United States Dollars !!!!
Mi tío Pepe me pregunta qué mensaje puede dirigirles, no para
vengarse, dice, sólo para corresponder. Le propongo un curso de español
por correspondencia y le tiendo mi ejemplar del Vest Pocket Spanish.
La primera lección se llama Stranger in Town:
« ¿Hay alguien aquí que hable inglés? Me he perdido (‘may ay
payr-dee’doh’). ¿Me entiende usted? No, no entiendo. Por favor, hable
despacio. Por favor, repita. Soy norteamericano (‘sohee
nohr-tay-ah-may-ree-kah’noh’). Lléveme al consulado americano. He
dejado mi abrigo en el tren. He perdido mi paraguas (‘ay payr-dee’doh
mee pah-rah-gooahs’). No puedo hallar mi billetera. Me han robado.
Policía (‘poh-lee-see’ah!’). ¡Llame a la policía! ¿Dónde está la
estación de policía? Por allí. Auxilio (Socorro). ¡Fuego! ».
La segunda lección es también de gran utilidad. Se llama « Your Health Abroad »:
« No me siento bien. Necesito un doctor. Tengo calentura (‘tayn’goh
kah-layn-too’rha’). Aspirina. Yodo. Bromo Seltzer. Acido bórico.
Algodón absorbente. ¡Aire, por favor! ».
No sé si mi tío Pepe alcanzará a enviarles la tercera lección (Trata
de pesca y caza: « ¿Dónde podemos pescar barracuda? (‘dohn’day
poh-day-mohs pays-cahr’ bah-rah-koo’dah?’) ¿Dónde puedo comprar
cartuchos? ». Antes de eso, habrán respondido con un virus cototudo,
genocida, un verdadero cibertanax. El cartero (o como se llame ahora)
tendrá que tomar partido. Ellos o nosotros. Ellos empezaron.
La Nación de Santiago de Chile, 14 de julio de 2005